Domingo 7º durante el año – Ciclo C

24 de febrero de 2019

Lucas 6, 27-38

1.- Perdonar a los enemigos. Son incomprensibles para el mundo el discurso y la pedagogía de Jesús. Se ha producido una incapacidad espiritual y cultural para la nueva perspectiva presentada por el Maestro. Perdonar a los enemigos, no arrepentidos aún, no parece ser lo acertado en el comportamiento social del común de la gente. Dios no espera el arrepentimiento para ofrecer el perdón. La resistencia a arrepentirse incapacita al culpable para que el perdón ofrecido logre su intento de cambio y recuperación. Por lo tanto, la mayor dificultad no proviene de la severidad de un “Dios castigador” – es evangélicamente insostenible – sino de un hombre empeñado en no bajarse de su ficticio encumbramiento, al no asumir, por la humildad, un auténtico reconocimiento de los propios errores y pecados. Es casi común la rígida actitud de no arrepentirse, por carencia de un sincero autoexamen, y por el empecinamiento en el aberrante propósito de convertir el error en virtud y la injusticia en justicia “legítima”. El Evangelio presenta otra perspectiva, diametralmente opuesta a la del mundo. Ya hemos reflexionado sobre la carta magna de las bienaventuranzas ahora, gracias a las precisiones pedagógicas de Jesús, podemos introducirnos en un panorama más claro y exigente.

2.- Sean misericordiosos como el Padre. De la capacidad de ofrecer el perdón, se deriva el rasgo más definitorio del amor divino: la misericordia. Jesús pasa de una preceptiva novedosa, e incomprensible para el mundo, a la consoladora revelación de Dios. Así lo expresa: “Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso”. (Lucas 6, 36) Siempre aparece el Padre Celestial como modelo del hombre. La virtud a modelar, en cada ser humano, es el amor misericordioso de Dios, con su amplio abanico de virtudes, necesariamente enlazadas entre ellas: “No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados”. (Lucas 6, 37) Nuestro mundo, signado por veinte siglos de evangelización, manifiesta la confusión de un campo en el que crecen juntos el trigo y la cizaña. Es el momento de subrayar los términos esenciales de la moral evangélica, en el comportamiento íntimo y social de los cristianos. El texto de San Lucas manifiesta, de forma simple y directa, las exigencias de la enseñanza de Jesús. Basta leerlo cuidadosamente para hallar la profundidad y extensión de su contenido. En la práctica de un examen sincero de la propia vida, iluminada por la Palabra del Señor, está el secreto de la santidad. Sin duda, la influencia del mal, como la cizaña en el campo sembrado de buen trigo, se produce una colisión, a veces desbastadora, de la que es preciso resguardarse o recomponer la vida, sobre los destrozos causados.

3.- El combate de las virtudes. Es el gran desafío que enfrentan los cristianos que anhelan ser fieles a su identidad y vocación. El mal se opone al bien, el error a la verdad y el pecado a la gracia de Cristo. Un combate ineludible para el que se requiere una esforzada preparación. Los santos son ejemplares combatientes y, en consecuencia, entrenados hábilmente en la práctica de las virtudes cristianas. El espacio y núcleo de ese entrenamiento es la oración y la piadosa liturgia de los sacramentos. La Eucaristía, sacramento de la presencia real de Cristo entre los hombres, se destaca como cumbre y fundamento de la vida cristiana. La urgencia por llegar a ella constituye la dinámica de la Palabra, iniciada en la atenta escucha y en la lectura serena, hasta lograr su perfección en la celebración sacramental. Cristo – el Dios encarnado – es la Palabra eficaz del Padre que obtiene su plena expresión temporal en el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. La misión de la Iglesia es que Cristo sea perfectamente identificado por el mundo. De esa manera podrá recorrer el sendero que lo conduzca a la Verdad, que sane su libertad y así logre su auténtico Bien.

4.- ¡Trátense bien! Concluye el texto de Lucas con una exhortación a un trato considerado entre las personas. El mal trato – juicio y condenación – hallará una réplica implacable: “No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados. Den, y se les dará. Les volcarán sobre el regazo una buena medida, apretada, sacudida y desbordante. Porque la medida con que ustedes midan también se usará para ustedes”. (Lucas 6, 37-38) Es conveniente que, al menos los cristianos, comprendan exactamente el sentido de estas palabras sagradas. Por lo que se ve, en sociedades tradicionalmente evangelizadas por la Iglesia Católica, se constata una peligrosa inconciencia de estas sabias recomendaciones de Jesús. ¿Por ignorancia? ¿Por rechazo formal? Es una extraña mezcla que inhibe el examen sincero y, en consecuencia, los oportunos cambios y las equilibradas rectificaciones, tanto prácticas como teóricas. Recuerdo que el Papa Francisco, como haciéndose eco de este texto, exhortó a los argentinos que celebraban su elección al Supremo Pontificado: “¡Trátense bien!”