Domingo 6º durante el año – Ciclo C

17 de febrero de 2019

Lucas 6, 12-15. 17. 20-26

1.- La libertad al servicio del amor. Para elegir a sus principales discípulos – los Apóstoles – Jesús pasa la noche en oración. Su humanidad, por la que se hace partícipe de la nuestra, reclama estar con el Padre para elegir con tino. Desde el Padre, y unido a Él en el Espíritu, va al encuentro de una humanidad profundamente herida y necesitada de su acción salvadora. Elige hombres, no ángeles, y, por tanto, sabe que su labor enfrentará una tarea pedagógica ardua. Reconstituir libertades dañadas por el pecado incluye riesgos. El caso de Judas Iscariote suscita una natural inquietud: ¿Sabía o no que sería el traidor? Por el diálogo que mantiene con Juan, durante la última Cena, y en la oración de Getsemaní, no deja duda de que sí sabía. El amor como suprema vocación humana comprende un ejercicio sano de la libertad. Sin libertad el hombre no es hombre porque pierde su capacidad de amar. Todo tipo de tiranía niega al pueblo el don principal de la libertad. Las tiranías se incuban por acción de poderes omnímodos de procedencia política, económica e ideológica. Cristo vino a liberar al ser humano. San Pablo lo expresa de manera clara: “Esta es la libertad que nos ha dado Cristo”. (Gálatas 5, 1) “Ustedes, hermanos, han sido llamados para vivir en libertad, pero procuren que esta libertad no sea un pretexto para satisfacer los deseos carnales…” (Ibídem 5, 13)

2.- Los mandamientos y las bienaventuranzas. La libertad, como condición indispensable para el amor, debe ejercerse en el cumplimiento fiel de los mandamientos y en la observancia de las bienaventuranzas. Jesús presenta el ideal, y traza el camino para lograrlo. En el texto que la Liturgia de la Iglesia nos ofrece hoy están incluidas las bienaventuranzas. Una verdadera descripción del ser humano redimido, confrontado por un mundo atravesado por el pecado. El Señor presenta una valoración original de las virtudes que conforman al hombre nuevo, del que, Él mismo, es modelo logrado, pero – para nosotros – de imposible acceso sin el auxilio de su gracia. Jamás conseguiríamos extraer todo el contenido del texto evangélico leído en una primera lectura. Es preciso volver sobre él, de manera habitual. Sin duda, Jesús le atribuye una importancia muy grande, ya que describe el comportamiento moral del hombre nuevo, que contradice al inspirado por la situación de pecado en el que gran parte de la sociedad aún se encuentra. Son felices quienes el mundo, todavía no cristiano de verdad, considera desafortunados. Cuando el mundo proclama: ¡Felices los ricos y poderosos!, Cristo exclama: “¡Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece! Cuando el mundo dice, a todos los vientos: “Felices los saciados, hasta el hartazgo de buen pan y buen vino, como también de todo tipo de placeres y vanidades”, Jesús retruca: “¡Felices ustedes, los que ahora tienen hambre, porque serán saciados! ¡Felices ustedes, los que ahora lloran, porque reirán!” (Lucas 6, 20-21)

3.- La auténtica felicidad. Las bienaventuranzas no constituyen una entelequia de imposible realización. Cristo las muestra realizadas en Él. Por ello, la vivencia de esos valores, como discípulos que son, aquellos hombres y mujeres, establece necesaria referencia a Él, como Maestro y Señor: “¡Felices ustedes, cuando los hombres los odien, los excluyan, los insulten y los proscriban, considerándolos infames a causa del Hijo del hombre!” (Lucas 6, 22) Son quienes se adhieren a su persona y a su enseñanza los destinatarios de aquel pronóstico de vida e impactante doctrina. En ellos, también nosotros somos hoy sus discípulos. Se comprueba que, en las actitudes agresivas del mundo contemporáneo, cobran especial vigencia las bienaventuranzas. También las severas advertencias del Señor al mundo adverso: “Pero ¡ay de ustedes los ricos, porque ya tienen su consuelo! ¡Ay de ustedes, los que ahora están satisfechos, porque tendrán hambre! ¡Ay de ustedes, los que ahora ríen, porque conocerán la aflicción y las lágrimas! ¡Ay de ustedes cuando todos los elogien! ¡De la misma manera los padres de ellos trataban a los falsos profetas!” (Lucas 6, 24-26) Se teme a la llamada “apocalipsis”, indicadora de un fin catastrófico de la humanidad y el cosmos. Pero, también contiene la segunda venida de Cristo y el reemplazo de la actual imagen del mundo, por otra nueva y definitiva: “Todo esto no viene del Padre, sino del mundo; pero el mundo pasa, y con él, su concupiscencia. En cambio, el que cumple la voluntad de Dios permanece eternamente”. (1 Juan 2, 16-17)

4.- Espiritualidad salvadora. Existe una visión de la realidad, desde Cristo, que da consistencia a la vida de los creyentes. Se produce una distancia insalvable entre lo que el mundo pretende imponer y lo que Cristo propone a sus seguidores. Este texto de San Lucas deja sin aliento a quienes van en busca de una felicidad indescifrable y superficial, sin embargo inasible para los que se empeñan en conseguirla aquí. El fracaso – en la ansiosa búsqueda de la felicidad – inspira diversas formas de desesperadas adiciones. Personas, en su mayoría jóvenes, fluctúan entre la desilusión, rayana en la depresión y el suicidio, y la adopción de una espiritualidad salvadora, alentada por el Evangelio, predicado por los Apóstoles y la Iglesia. No existen otras alternativas.