Domingo 5º durante el año – Ciclo C

10 de febrero de 2019

Lucas 5, 1-11

1.- Pescadores de hombres. En el ejercicio de su ministerio mesiánico, Jesús aprovecha toda oportunidad para cumplir su misión única de enviado del Padre. Allí están quienes serán sus principales discípulos, pescadores de oficio, ocupados en recoger una buena y abundante pesca. Cuando no lo logran, no ocultan la tristeza de haber trabajado en vano. Ese fracaso laboral los pone en condiciones de entender la nueva misión, que los saca de sus intereses egoístas, y los proyecta como partícipes de la misión divina de Cristo. Para lograrlo necesitan conocer a Quien los llama y envía. El hecho de la pesca milagrosa constituye más que un prodigio, es signo de la identidad mesiánica de Jesús y destaca su capacidad para elegir a sus principales colaboradores: “Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús y le dijo: “Aléjate de mí, Señor, porque soy un pecador”. El temor se había apoderado de él y de los que lo acompañaban, por la cantidad de peces que habían recogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, compañeros de Simón. Pero Jesús dijo a Simón: “No temas, de ahora en adelante serás pescador de hombres”. Ellos atracaron las barcas a la orilla y abandonándolo todo, lo siguieron”. (Lucas 5, 8-11)

2.- La exigencia bautismal de la evangelización. Es inseparable el bautismo y la misión que se deriva de él. Los primeros cristianos, bautizados después de un esmerado catecumenado, basado en el desarrollo de la conversión personal a Cristo, no se dedican principalmente a preparar una celebración litúrgica, sino a cumplir sus exigencias durante toda la vida. La más importante de ellas es la evangelización del mundo. Grave deber, ineludible obligación, lamentablemente diluida en una inconciencia nociva y generalizada, entre los autocalificados “cristianos”. De otra manera el Evangelio, debidamente testimoniado, hubiera llegado a mucha más gente. Éste es un motivo de examen, en sano cotejo entre la fe y la vida. Se advierte poco empeño, y hasta expresa evasión, en ponerse a tono con los valores evangélicos. Es doloroso comprobar la poca sintonía existente entre el Evangelio y la vida de quienes dicen profesarlo, hasta jurar sobre él. El pedido constante de transparencia, por parte de Jesús, posee el aval incuestionable de su admirable e imitable comportamiento. Para seguirlo es preciso “renunciar y cargar la propia cruz”, que incluye dar sentido a la lucha y padecimientos de cada día. Así lo entienden los Apóstoles y todos los santos y santas.

3.- Forma de vivir y forma de pensar. Se deduce que la evangelización, tan necesaria al mundo, no puede ser restringida a una mera campaña publicitaria. Su virtud procede de la gracia de Cristo manifestada en quienes se constituyen en sus auténticos testigos: los santos. El Señor, que invita a seguirlo, ofrece una forma de vida, de la que Él es modelo; de ninguna manera, una ideología o “forma de pensar”. La vida, en la forma que Él ha elegido, y compartido con sus más cercanos discípulos, también se expresa mediante el pensamiento – como es obvio – y en sus diversos métodos del razonamiento dialéctico. Acabamos de celebrar (el 28 de enero) la fiesta de Santo Tomás de Aquino, santo y monumental hombre de la ciencia teológica. En la santidad está el secreto de su sabiduría, que sabe expresar en un peculiar lenguaje científico. Todos los santos son sabios, y muestran en sus vidas todo el contenido de la Verdad que poseen, aunque sean analfabetos. El mundo necesita que los santos, sean grandes doctores o humildes labriegos, lo evangelicen. No así “doctores” no santos, o “analfabetos” no santos. Los santos son hombres y mujeres de su tiempo, a cargo de un compromiso vivo con la historia y cultura de sus propios pueblos. Al vivir la fe en Cristo la transmiten, sin pretender imponerla a la fuerza.

4.- De discípulo humillado a colaborador de su Maestro y Señor. Simón Pedro, arrodillado ante Jesús, es la imagen viva del reconocimiento de la indignidad causada por el pecado. El Señor mira complacido al discípulo postrado. A ese hombre vino a buscar como a un pecador, a quien entonces elige como colaborador principal en su obra de redención de sus hermanos: “Te haré pescador de hombres” y activo buscador de quienes boyan en la vorágine del pecado, de la que sale el mismo y compungido Pedro. La humillación emotiva le otorga autoridad para “pescar a sus semejantes”, sintiéndose uno de ellos, necesitado del Buen Pastor, de quien es y será un testigo autorizado.