Domingo 4º durante el año – Ciclo C

3 de febrero de 2019

Lucas 4, 21-30

1.- “Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron”. Jesús no cede a los halagos de un pueblo que, herido por la curiosidad, termina dudando de Él. Comprueba que aquel no es un pueblo creyente, pero sí presuntuoso, a causa de una idea exagerada de su condición de elegido. Por ello, bien al estilo del Bautista, acusa de incrédulos a quienes, por un lado ponderan sus cualidades y, por otro, rechazan su enseñanza: “Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra”. (Lucas 4, 24) Así confirma, con hechos históricos irrefutables, que Dios prefiere a los humildes extranjeros y desecha a los engreídos miembros del pueblo “elegido”: “Yo les aseguro que había muchas viudas en Israel en tiempos de Elías, cuando durante tres años y seis meses no hubo lluvia del cielo y el hambre azotó a todo el país. Sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el país de Sidón”. (Lucas 4, 25-26) Las abiertas contradicciones al orden moral – tanto natural como positivo – honestamente denunciadas por el Maestro, resuenan como un latigazo para quienes pretenden que se los respete precisamente por ellas, como si fueran adquisiciones virtuosas. Jamás lo hará Quien es la Verdad. Este mundo, del que somos parte, en aquellos que se creen propietarios de la razón y de la verdad, pretende una adhesión deshonesta a sus mayores crímenes y errores. A Jesús intentan asesinarlo: “Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo”. (Lucas 4, 28-29)

2.- No hay crímenes impunes. La mentira, la calumnia y otras formas de agresión moral se constituyen en métodos igualmente aberrantes de tortura y muerte. Los crímenes, ejecutados con tan diversas formas de crueldad, nunca quedan impunes. Es saludable que la justicia humana logre el equilibrio, mientras el tiempo ofrezca la posibilidad de remisión y cambio, de otra manera será Dios quien, necesariamente, tendrá que imponerlo. La gente simple y sabia, con un dejo de cansancio y esperanza, al no hallar respuesta a sus demandas de justicia, recurre a la fe y deposita su absoluta confianza en la “justicia divina”. ¡Qué sorpresa causará la intervención de Dios, restaurando la justicia dañada personal y socialmente, en la tarde del juicio! Sobre todo en quienes se burlan aquí de la justicia, y transgreden la ley y el honesto comportamiento, sin escrúpulo alguno. ¡Cuántos enfrentan su muerte con la mochila cargada de crímenes, sin la mínima expresión de arrepentimiento! Esto trasciende toda religión y cabe también a quienes no profesan ninguna o se auto califican ateos o agnósticos. Como nadie puede eludir la muerte, nadie logrará zafar del juicio a que será sometido por sus cuentas no saldadas. No existe la impunidad. Tarde o temprano se debe responder por todo aquello que no se hubiere ajustado a la verdad y al bien, ya concluido el ciclo temporal de la propia vida.

3.- Cristo está alojado en nuestra barca. No nos es lícito desalentarnos, aunque la tormenta arrecie durante las situaciones más críticas, por las que deba transitar nuestra vida personal y social. Cristo se aloja en la frágil barca de la existencia humana. Él sabe reprochar nuestros temores y vacilaciones, como lo hizo con sus principales discípulos, garantizando la calma y el arribo a buen puerto. Es preciso confiar en Él, como el niño en su padre, y movernos con el propósito de llevar a término su plan creador y redentor. Basta de temores. El amor, que se activa con la fe, excluye todo temor. Aún quienes hoy parecen más desenfadados no disimulan sus miedos. Cuando falta el amor es el temor su siniestro reemplazante. Tal situación provoca un sinnúmero de escollos en el cumplimiento del destino de las personas y de los pueblos. Sólo auténticas relaciones solidarias lograrán cambios legítimos y la tan ansiada paz social. Las mismas son efectos de corazones pacificados, gracias a un estilo preciso de vida virtuosa, y por la eliminación progresiva de todo egoísmo. Para ello, se cuenta con la gracia de la Redención. Jesús ha ofrecido su vida en la cruz dolorosa y humillante, ideada por la soberbia e irresponsabilidad humanas.

4.- Los valores de la democracia. Concluyamos expresando nuestra adhesión religiosa a la persona de Cristo. Incluye la obediencia a sus preceptos y la participación de su Santo Espíritu. La civilización de muerte, que parece rubricar tantas realizaciones actuales, se opone a la Vida eterna que nos ofrece Quien es “la Vida”. Cuando se desestima el don de la vida – hasta el aborto y la eutanasia – pasando por la carencia de respeto a las personas “y a sus circunstancias”, como ocurre en las actitudes antisociales de gran número de nuestros contemporáneos, ¡qué difícil es avanzar hacia una auténtica democratización!Los valores de la libertad y la responsabilidad no se avienen con la delincuencia, de bajo o alto nivel.