40 Aniversario de mi Ordenación Episcopal

29 de diciembre

1978 – 2018

1.- El magnificat que aprendí de María. Hace más de sesenta años los médicos diagnosticaron al padre Alberto Hurtado, hoy convertido en San Alberto Hurtado, un cáncer de páncreas e hígado. Su reacción inmediata me ha producido una santa admiración: “¡Cómo no estar agradecido con Dios! ¡Qué fino es!… me manda una larga enfermedad para que pueda prepararme… ¡Verdaderamente, Dios ha sido para mí un Padre cariñoso, el mejor de los padres!” Hoy,aprovechando la benevolencia de ustedes, quiero dar gracias a Dios -Padre Bueno – que me ha ofrecido una larga vida, en el ejercicio este sagrado ministerio, para encontrarme definitivamente con Él. Hoy entono el “magnificat” que aprendí de María en mi remota adolescencia. Muy joven e inmerecedor de las bondades y ternuras del Padre, fui sacado “de detrás del rebaño”,- como David – sin las cualidades de David. Ahora me sorprendo emocionado, celebrando cuarenta años de episcopado, en el recinto cálido de la Madre Iglesia, con este amado pueblo de Corrientes.Apenas cumplidos 23 años como presbítero, el Papa San Juan Pablo II, me designó para el ministerio episcopal. Constituye la etapa más prolongada y rica de mi vida sacerdotal. Mi querido pueblo de Corrientes: ¡gracias por acompañarme hoy a dar gracias a Dios!

2.- Urgido a vivir la caridad pastoral. Desde niño aprendí a no creerme más de lo que era. Ésta ha constituido una gracia inicial de fundamental importancia para mi vida. Ante la crítica de un sacerdote, algo despiadada, referida a la elección delos obispos, respondí recordándole la enseñanza de Jesús – y del lúcido Apóstol Pablo – de que Dios sigue eligiendo a quienes los hombres consideran poco importantes, hasta desechables, para hacerlos depositarios de sus misteriosos designios. Así me sentí cuando,hace 40 años, el Nuncio Apostólico me transmitió la decisión del Papa San Juan Pablo II, con apenas un mes de su asunción como Sumo Pontífice. Pura gracia, sin cualidades ni merecimientos destacables de mi parte. A partir de entonces las gracias se sucedieron sin interrupción. Por responder, con la mayor fidelidad posible, a lo que la Iglesia me encomendó entonces, debí enfrentar situaciones bastante complicadas. En todo momento me sentí urgido a vivir la“caridad pastoral”, de la que Jesús – el Obispo de nuestras almas – es modelo original. Supe, y sé, que el extremo de esa caridad pastoral es el don de la propia vida: “El buen Pastor da su vida por las ovejas”. (Juan 10, 11). Desde mi ordenación presbiteral (hace 63 años) tuve la convicción de que el ministerio iniciado obtendría su perfección en el don generoso de mi vida, entonces muy joven. Confieso que no siempre lo he logrado, como hubiera deseado, pero, lo intenté, y lo sigo intentando.

3.- Hoy es un día para el silencio agradecido. Tengo motivos para agradecer, muchos motivos. Lo único que recuerdo de mi respuesta homilética, al cabo de la Ordenación episcopal, en aquel lejano 29 de diciembre del año 1978, fue un enorme ¡gracias!a la Iglesia, en quienes entonces me acompañaban: el Arzobispo consagrante y Obispos, sacerdotes, mis familiares y muchos amigos.Pero, como hoy, la Santa Iglesia constituyó entonces la presencia de Jesús en mi vida. En la Iglesia soy Pastor y, gracias a ella,aprendí a amar a todos, incluso a quienes no me aman. Entiendo que mi ya larga vida va llegando a su término y vértice. Es hora de arribar a la Casa del Padre; me embarga un deseo enorme de ser abrazado por Él y celebrar una fiesta eterna con quienes me han precedido: La Virgen Madre, los santos, mis padres, mis hermanos obispos, sacerdotes y tantos amigos laicos a quienes tuve el privilegio de servir como sacerdote. Hoy es un día para el silencio agradecido y la súplica esperanzada de perdón. Les agradezco que me acompañen presididos por su Pastor y mi digno sucesor: Mons. Andrés Stanovnik.

4.- El mundo, mi ovejita perdida. Hoy celebramos la solemnidad de la Sagrada Familia de Nazaret. Hagamos como Jesús, el valiente adolescente de 12 años, e introduzcámonos dócilmente en el hogar de Nazaret confiados, como niños, a la protección materna de María y al cuidado paterno de José. Es así como nuestro crecimiento “en edad y gracia”estará asegurado. Aceptemos el desafío de ser testigos de Dios, en un mundo zarandeado por el pecado. Multitudes sin rumbo, “como ovejas sin pastor”, inconscientes aún deque Cristo ha muerto y resucitado por todos, también por quienes ahora y aquí se declaran sus enemigos. Los santos son los auténticos testigos que esta sociedad necesita, asediada por la incredulidad yel desamparo. En el transcurso de mis cuarenta años de Obispo aprendí a mirar al mundo no como a un enemigo – a quien combatir y destruir – sino como al hermanito perdido, pobre ovejita balando quejumbrosamente desde su soledad y nostalgia de Dios. Un mundo que necesita del encuentro con el hermano creyente que lo reconduzca al Padre, no de un juez implacable que le aplique la ley y lo condene,echando más sombras sobre sus sombras. Quise ser una humilde imagen del Buen Pastor – “que no ha venido a juzgar sino a salvar” – y, de esa manera,despertar, en todos, el deseo ardiente de un encuentro con Quien es el Camino que los orienta hacia Él mismo, como Verdad y Vida. Por ello, me inventé una jaculatoria que repito continuamente: “Señor Jesús, que quien me mire te vea y te ame”. Es mi sueño y mi anhelo de Pastor. Por favor ¡Ayúdenme a concretarlo hasta el fin!