Cuarto Domingo de Adviento

22 de diciembre de 2018

1.- El Niño de Belén es la Verdad. El texto evangélico según San Mateo, que la Iglesia nos ofrece en estos días previos a la Navidad, trasunta simplicidad y conmovedora verdad.Constituye una invitación a hacer simple nuestra vida para, de esa manera, lograr una comprensión exacta del mayor acontecimiento de la historia humana. Me refiero al Misterio de la Encarnación que colma su eficaz presencia en la Muerte y Resurrección de Cristo Jesús. La Navidad constituye la manifestación histórica del Misterio de la Encarnación de Dios. Ese pequeño y humilde Niño es el Emanuel -“Dios con nosotros”- y la salvación para un mundo sumido en el pecado. Es único: la definitiva Palabra y la última instancia para los hombres y mujeres,enloquecidos en pos de un fantasma de verdad que no es la Verdad.Cristo es la Verdad que el mundo busca y anhela, a veces de muy extrañas maneras. El evangelista nos muestra el drama de una mujer y un hombre, intachables en su virtud, que necesitaron avanzar por el sendero de la absoluta confianza en Dios. Ni uno y ni otro reclamaron ciertos derechos, aparentemente ignorados por una decisión divina que los superaba.

2.- El silencio de María y la obediencia de José. El silencio de María expresa un sereno abandono en manos de Quien la eligió y preparó para ser la Madre de su divino Hijo. Nadie, como ella, supo qué pretendía Dios con su misterioso saludo y revelación. No obstante es la joven más silenciosa en la misteriosa urdimbre de sus pocos años de vida. Otra es la situación de José, su virtuoso esposo. Él está emparentado con el Misterio, no tan en el centro como María. Debía introducirse humilde y generosamente en el mismo, al compás admirable de su obediencia a Dios, de cuya voluntad sería notificado siempre y a su debido tiempo. Su decisión de abandonar a María no procede de un resentimiento machista sino del amor abnegado que le profesa. Su justicia supera la ley de Moisés y la lleva a su cumplimiento en el amor: “José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto”. (Mateo 1, 19) Pero Dios intervino oportunamente, mientras José reposaba en su inconmensurable dolor e incertidumbre: “José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo”. “Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado…” (Mateo 1, 20. 24)

3.- El proyecto divino de la familia. La conmovedora armonía de esos “silencios” aclimata el tiempo fuerte del Adviento y la Fiesta de la Navidad. En la juerga bulliciosa de la peligrosa cohetería y del exceso de la comida y del alcohol, transcurre – con frecuencia – la fecha tradicional, impidiendo, de ese modo, el ingreso en el auténtico Misterio navideño que decimos e intentamos celebrar. Una alarmante mayoría de quienes dicen compartir la fe cristiana, se queda al margen y adopta un estilo festivo sin ninguna referencia religiosa. Durante el Adviento, por la Palabra de Dios y por la práctica de la penitencia, la Iglesia sigue ofreciendo la gracia del Señor a quienes se disponen a vivir una santa Navidad. Debe seguir haciéndolo, aun cuando, corrientes ideológicas contrarias a la fe intenten dominar el espacio cultural y la moral privada y pública de los ciudadanos. El ejemplo virtuoso de María y José constituye el principal antídoto para neutralizar el mal. La verdad se infunde a través de quienes viven adhiriéndose a ella. En las contiendas, que hoy fragmentan a la sociedad, se impone saludablemente el testimonio de la santidad sobre el discurso mediático y el poder político. María y José constituyen, con el Niño Dios por nacer, la familia como cuna de la vida y la célula fundamental de la sociedad.

4.- La naturaleza reacciona y se defiende. A pesar del propósito de destruir la familia, y más allá de los obstáculos que intencionalmente hoy la ponen a prueba, constituye – la misma – el proyecto divino que supera a toda extraña redefinición de tipo cultural, como pretenden los cultores de la “ideología de género”. Es lamentable la promoción que intentan establecer los poderes económicos y políticos de los grandes monopolios internacionales. La naturaleza, creada por Dios, sabe defenderse y eliminar los siniestros planes, pergeñados en base a destructivos propósitos. La Palabra de Dios y su celebración mantienen una callada – aunque firme – estabilidad entre las vicisitudes provocadas por la soberbia de los poderosos y frágiles señores/as que intentan negarlas y desecharlas. Por fin quedarán de manifiesto la verdad y la mentira; el fraude ideológico y los intentos manipuladores sufrirán una derrota esperada y conceptualmente ineludible. Toda la historia así lo ha revelado en el transcurso de sus diversas épocas, por más incomprensibles y dolorosas que hubieran sido.