Tercer Domingo de Adviento – Ciclo C

16 de diciembre de 2018

Lucas 3, 2b-3. 10-18

1.- El profeta del Adviento. Juan Bautista es el profeta del Adviento. Sin su conducción no podremos recorrer este camino de preparación y penitencia. “…Dios dirigió su palabra a Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto. Este comenzó entonces a recorrer toda la región del río Jordán, anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados…” (Lucas 3, 2-3) Es perfecto el perfil de este singular profeta. Isaías lo había anunciado como el último de quienes anunciaron la llegada del Mesías. Voz de la Palabra definitiva, la que ofrece el Camino que conduce a la Verdad y a la Vida. Cumplirá su misión sin estridencias, con la riesgosa posibilidad de ser perseguido a muerte al reclamar, de parte de Dios, un nuevo comportamiento moral a quienes lo escuchan. Cuando sus atentos penitentes le solicitan normas de conducta, Juan responde sin rodeos: “La gente le preguntaba: “¿Qué debemos hacer entonces?” Él les respondía: “El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene; y el que tenga qué comer, haga otro tanto”. (Lucas 3, 10-11) La predicación del Bautista no se queda en meras denuncias, aunque las incluye, sino que, al cuestionar, inspira un ajustado cambio de vida.

2.- Coherencia entre fe y vida. En nuestra sociedad se producen dicotomías morales y éticas, admitidas como naturales e inamovibles. Por ejemplo la honestidad reconocida como virtud destacable y, por ello, abiertamente expuesta en todo medio disponible de comunicación; y, como contrapartida, la deshonestidad tolerada e inexplicablemente naturalizada en la conducta personal y social de los ciudadanos y sus dirigentes. La fe religiosa importa una moral y su correspondiente gravitación en la vida social de quienes se adhieren a ella. La coherencia entre fe y vida excluye de la sociedad cualquier tipo de contradicción. Sin embargo, ¡cuánta mentira e hipocresía se instalan en muchos grupos e instituciones! La Palabra de Dios exige transparencia de vida. Jesús es modelo de la misma. Le atrajo muchos inconvenientes, hasta la persecución, el inicuo juicio y la crucifixión. Su absoluta honestidad neutraliza cualquier tipo de engaño y contradicción. Jesús es enteramente fiel a la verdad que personifica como nadie; se auto califica señalándola como más que propia. No dice: “Yo poseo la verdad” sino: Yo soy la Verdad”. Él es la Verdad que el mundo necesita para orientarse y construir una historia auténticamente humana. Aún mucha gente camina a tientas sin atinar con el sendero que la conduzca a esa Verdad. Cristo es el Camino único que lleva a la Verdad, que es Él mismo.

3.- El Camino a la Verdad: Cristo. El Adviento está orientado a que el mundo encuentre a Cristo como Camino a la Verdad. De esa manera la Navidad no será la mera ocasión de cordiales encuentros familiares, o de amigos, sino el estrecho abrazo con el pequeño Niño Dios. En ese abrazo está la salud esperada, porque en él se produce la Vida eterna, recién nacida en el tiempo. ¡Qué lejos estamos, como sociedad, de ese feliz e imprescindible encuentro! De parte de Dios el abrazo está ofrecido pero, no de parte de un número muy considerable de seres humanos. El Anuncio aún no ha resonado para muchos. Requiere anunciadores legítimos, dispuestos a testimoniarlo con la santidad de sus vidas. Este es el desafío que debe aceptar cada cristiano, acorralado por el pecado y fortalecido por la gracia de Cristo que lo convertirá, con su Señor, en “vencedor del pecado y de la muerte”. Durante este Tiempo se abre un espacio de oración y penitencia para reiniciar, decididamente, el sendero que conduce – a todo creyente – hacia Quien es el Camino. Será preciso cuidar ese espacio y abonarlo con la predicación de la Palabra y la celebración de los sacramentos. En eso está la Iglesia y quienes se responsabilizan de su conducción.

4.- La primera exigencia de la conversión. El último párrafo del texto evangélico, propuesto hoy a la comunidad litúrgica, es una paciente aclaración de las responsabilidades dimanadas de la sincera conversión. Ante la consulta de los penitentes: “¿Qué debemos hacer entonces?” Juan es concreto y directo: “El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene; y el que tenga qué comer, haga otro tanto”. (Lucas 3, 10-11) La primera exigencia de una sincera conversión consiste en compartir la propia vida y propiedades con los necesitados. ¡Qué bien se anticipa Juan, el perfecto precursor del Señor, al empeñarse en despertar la conciencia de los pecadores e inspirar así el propósito de una auténtica conversión! Cristo recorrerá ese camino, allanado por Juan. Calificará al Bautista como “más que un profeta” y, de inmediato exclamará: “les aseguro que no hay ningún hombre más grande que Juan…” (Lucas 7, 26-28). De esa manera, Jesús desvela la mente divina, que escoge a los humildes y los hace depositarios de sus secretos y principales misiones.