Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo – Ciclo B

25 de noviembre de 2018

Juan 18, 33b-37

1.- “Para dar testimonio de la verdad”. Jesús es Rey. Su declaración no podía ser más clara. En una situación, tan desfavorable para Él, su respuesta a Pilato suena a increíble. No dice que es rey de los judíos, como parece entenderlo el pagano gobernador: “¿Entonces tú eres rey? Jesús respondió: “Tú lo dices: yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz”. (Juan 18, 37) La coherencia, con la que manifiesta ser quien es, despierta, en Pilato, una sincera y dramática inquietud: “¿Qué es la verdad?” Es interesante comprobar que, por ser rey, está al servicio de la misión divina de ser testigo de la verdad. Para eso ha venido al mundo, que lo intenta condenar: para ser, más que testigo, la misma encarnación de la Verdad. Se auto califica como la Verdad: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. (Juan 14, 6) Su misión es recuperar al hombre – en todos los hombres – para reinsertarlo en el Reino de su Padre y suyo. Su autoridad real consiste en el amor-servicio, hasta el extremo de descender en búsqueda de la “oveja perdida”, entre los matorrales lejanos y siniestros del pecado. El amor que inspira a su misión no se arredra ante la sangrienta persecución y la muerte humillante de la Cruz.

2.- Su realeza no es de este mundo. Es preciso oponer, a nuestra vieja concepción de la autoridad, la contundente afirmación de Jesús: “Mi realeza no es de este mundo”. (Juan 18, 36) La impresionante exposición del Señor – maniatado, flagelado y coronado de espinas – dice a las claras que sí es un rey, pero, no de la macabra estirpe de quienes estaban dispuestos a crucificarlo. La Ley suprema del Reino, de su Padre y suyo, es el amor: identificación de la naturaleza divina, que lo une a su Padre, en el Espíritu, y se desborda en la Creación, coronada con el hombre. Ese “desborde” llega a un extremo impensable, en el don sangriento de su vida humana, con el propósito divino de regenerar a quienes mal usaron su libertad y están ahora sumergidos en la muerte. Al celebrar, en la Solemnidad de Cristo Rey del Universo, la conclusión del ciclo litúrgico del año 2018, guardamos un respetuoso silencio ante Quien agota su autoridad real, cargando sobre sus hombros a la oveja perdida, para devolverla al Padre y al Reino familiar de quienes se aman, como Él los ha amado. Si echamos una mirada-calendario hacia atrás, hallaremos momentos inolvidables de su Misterio celebrado, sobre todo en cada Eucaristía.

3.- Incomprensibles ataques contra la fe. Como testigo de la verdad, su palabra y su ejemplo abren el único sendero transitable hacia la verdad, que hace humanos a quienes la reciben con humilde sumisión. Rechazar su testimonio constituye una trágica desviación que conduce inevitablemente a la ruina. Son alarmantes las manifestaciones actuales de la incredulidad. Nuestra sociedad ha abierto irresponsablemente las puertas a feroces ataques contra la fe religiosa de sus ciudadanos. Un grupo de concejales de una amada provincia argentina – que lleva precisamente el nombre: “Santa Fe de la Vera Cruz” – ha decidido, mal interpretando al pueblo que dice representar, expulsar del ámbito público los signos que expresan la fe religiosa de la mayoría. Esos signos: a muchos identificaban y a nadie molestaba su histórica exposición pública. ¿Cuál es el sentido de tal disposición y despojo? ¿A qué responde? ¿A la intolerante decisión de unos pocos, de inspiración atea – al menos agnóstica – que se arrogan el derecho de imponer una orientación cultural contraria o prescindente de las creencias religiosas del mismo pueblo? Es un verdadero atropello a la razón, con la excusa de no incomodar a la minoría de presuntos no creyentes. A nadie se obliga a venerar signos que no expresen sus convicciones. Pero, también son dignos de respeto quienes componen un porcentaje tan elevado de pacíficos creyentes, que vienen expresando, desde los mismos orígenes de la República, sus hondas creencias patrióticas y religiosas.

4.- Se impone una pastoral vigorosa. Esta Solemnidad ofrece la ocasión de poner negro sobre blanco algunos valores olvidados que, no obstante, constituyen la base virtuosa de nuestro pueblo. Son los valores cristianos, contenidos en la predicación de la Iglesia Católica y en su magnífica liturgia devocional. Ante el embate recrudecido, con más virulencia en los últimos meses, se impone una pastoral vigorosa, capaz de poner al día sus métodos evangelizadores. Ello incluye establecer, con el mundo, relaciones cordiales y sinceras que garanticen la integridad del Mensaje cristiano y sus exigencias morales. Los responsables de la evangelización necesitarán renovar su testimonio de santidad, subsidiado por el estudio y la utilización del legítimo lenguaje cultural contemporáneo. Esta enorme tarea debe ser responsablemente emprendida y sostenida, con tenacidad y competencia, por la misma Iglesia.