Domingo 33º durante el año – Ciclo B

18 de noviembre de 2018

Marcos 13, 24-32

1.- Los signos se están dando. Jesús anuncia la tribulación como presagio de su vuelta al mundo. Es una vuelta ya iniciada en la fe que logrará su apogeo en los últimos y predecibles tiempos. Lo expresa con claridad en la parábola de la higuera: “cuando sus ramas (de la higuera) se hacen flexibles y brotan las hojas, ustedes se dan cuenta de que se acerca el verano. Así también, cuando vean que suceden estas cosas, sepan que el fin está cerca, a la puerta.” (Marcos 13, 28-29). Los signos se están dando. Si observamos lo que está ocurriendo concluimos que, la respuesta a tanta contradicción y sufrimiento, es Cristo, siempre llegando a nosotros con el don de su Espíritu. No olvidemos su constante advertencia de mantenernos alertas, velando y dispuestos a darle hospedaje en nuestros corazones. Es un mal, desencadenante de otros males, vivir distraídos de su presencia y continua llegada. En ese lamentable estado se encuentra el mundo actual, a veces también los mismos bautizados y supuestos creyentes. El llamado de atención se difunde, increíblemente, en una sociedad distraída de Dios.

2.- En Cristo se produce la salud de la humanidad. La virtud es equilibrio, y el nuestro es un mundo poco virtuoso y, por ello, profundamente desequilibrado. No es intención de la Iglesia construir una sociedad estructuralmente religiosa – tipo teocrático – sino resituar a Dios en el lugar que le corresponde. La intención de Jesús es poner a sus seguidores en sintonía con su Padre: o “hacer la voluntad del Padre”. Es allí donde se produce la salud, de la que el mundo hoy carece. Pero, lo más grave de su insania es vivir en la inconciencia de su estado de enfermo terminal. Cristo vino “para los enfermos”, empeñando su vida y muerte para curarlos. La acción evangelizadora, que Cristo y su Iglesia llevan a cabo, tiene como propósito restablecer la salud de los enfermos – o pecadores – en un movimiento de conversión a Dios que los conduzca a su eje existencial y le devuelva el equilibrio perdido. El principal propósito de ese servicio al mundo, no se cumple con templos atiborrados de profesantes, sino, resituando a Dios en el centro de la vida, ofreciendo, a todos los hombres y mujeres, la oportunidad de restablecer la correspondiente relación con Él. Una Iglesia que busque exclusivamente prosélitos, descuidando su auténtica tarea evangelizadora, pierde su utilidad para el mundo. Cristo no la ha fundado para eso. De allí la poca importancia que otorga al número y su propósito de que sea semilla de mostaza, fermento, luz y sal.

3.- La predicación testimoniada por la santidad. Es el momento de causar el propio cambio, sin reclamarlo en una adopción falsa de superioridad espiritual, que, en definitiva, no resulta corresponder a la verdad. La Palabra, que los Apóstoles nos ofrecen, junto con la fracción del Pan, nos exige transparencia mediante la propia y continua conversión. El testimonio de la santidad asegura acreditar la predicación apostólica. Ausente esa acreditación, el ministerio evangelizador se debilita hasta caer en el descrédito. “Ser santos para hacer santos”, constituye el principio rector de toda la actividad pastoral en la Iglesia. Es lo que Jesús logra en los Doce, estableciéndolos como fundamento sólido de su Iglesia. La santidad no es la situación admirable de unos pocos, es la voluntad de Dios para todos los bautizados: “Sean santos porque Yo soy Santo”. La creación es obra de Dios, la santidad lo es de una manera más exclusiva y sorprendente. Mientras los poderosos se consideren creadores, y no creaturas, la sintonía con su Creador quedará peligrosamente trabada y pronta a la desaparición. Se ha divulgado, en forma caricaturesca, el inútil propósito de auto creación, otorgando a la cultura el poder de modificar – al antojo de los hombres – la creación de Dios. La ideología de género viene a pretender regir, contra toda evidencia científica, la condición propia de los seres humanos, desviando y deformando, en ellos, la naturaleza creada sabiamente por Dios.

4.- Cristo, el único acceso y causa. Aunque la palabra evangélica parezca una “predicación en el desierto,” revela el proyecto exclusivo de Dios para la salvación de los hombres, de ésta y de todas las generaciones. Es imprescindible, para que el mundo crea, que la predicación anuncie la Palabra y abra, para todos los hombres, el único acceso a su virtud transformadora. Cristo se constituye el único acceso y causa: “De este modo, él alcanzó la perfección y llegó a ser causa de salvación eterna para todos los que le obedecen”. (Hebreos 5, 9) Llegará el día en que los hombres reconozcan la imprescindibilidad de Cristo en sus vidas, por momentos sumergidas en el drama y la tragedia. Sería el peor de los fracasos que lleguen tarde y que la eternidad les cierre las puertas en las narices.