Domingo 31º durante el año – Ciclo B

4 de noviembre de 2018

Marcos 12, 28b-34

1.- El primer mandamiento. Un escriba pregunta a Jesús, con intención de ponerlo a prueba: “¿Cuál es el primero de los mandamientos?” (Marcos 12, 28). La respuesta directa del Señor – a una pregunta directa – expresa su infinita paciencia de Maestro. Expone lo que el escriba conoce de sobra, en un marco distinto del habitual. Jesús, como bien lo declara a sus detractores, no ha venido a abolir la ley sino a darle cumplimiento. El primer mandamiento se refiere a la ley fundamental del amor a Dios y al prójimo: “Escucha Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. (Marcos 12, 21-31). El Señor termina concluyendo que los dos mandamientos resultan ser uno por su evidente inseparabilidad: “No hay otro mandamiento más grande que estos”. (Ibídem) Los principios exigen encarnarse en las vidas de quienes los sostienen como teoría. El amor es compromiso con la persona amada. Un verdadero empeño por hacerla feliz, incluso dando la vida por ella.

2.- Que la ley del amor rija la vida. Convertir la Ley del amor en norma de vida personal y social es una deuda pendiente. Aunque se vaya cumpliendo, en un esfuerzo de ascenso a toda su verdad, siempre será una deuda, ya que las generaciones se renuevan y, con ellas, amanece sin cesar un nuevo día histórico, necesitado de nuevas opciones responsables. Es preciso reafirmar la continuidad en la historia de la humanidad. La soberbia inspira romper con el pasado e interrumpir la tarea iniciada por otros – quizás mucho antes – que debiera ser continuada en la actualidad. Por algo la historia es denominada: “Magistra vitae” – Maestra de vida. No es fácil reconocer las buenas realizaciones de los anteriores a nosotros y disponernos a continuarlas, corrigiendo los errores del pasado y respetando los aciertos. Lo mismo debieran hacer nuestros sucesores en la misión que les retransmitamos. Es preciso que lo aprendido por unos sea imprescindible enseñanza para otros. Algunas frenadas bruscas y contra marchas han detenido el crecimiento normal de los pueblos. Sin duda, la soberbia, no superada por la virtud de la humildad, es la principal causante del retroceso interminable que hoy, también nosotros, estamos padeciendo.

3.- Paciente diálogo con el mundo. Jesús dialoga pacientemente con interlocutores, quizás, y en el mejor de los casos, trabados espiritual e intelectualmente por viejos prejuicios de casta. Aquel perito, un inteligente escriba, manifiesta su plena adhesión a la respuesta del Nazareno. Su disposición interior lo acerca a recibir la nueva del Reino esperado. De allí la conclusión a la que arriba Jesús: “Jesús, al ver que había respondido tan acertadamente, le dijo: Tú no estás lejos del Reino de Dios. Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas”. (Marcos 12, 34) No siempre el objetor es un enemigo. Aquel hombre respondía más a sus ancestros escribas que a ese joven profeta, proveniente de un entorno familiar y social tan humilde, como era Nazaret. Manifestó, no obstante, una marcada cercanía a la prédica de Jesús. Debemos estar atentos a hombres y mujeres que, pensando de distinta manera, expresan una honestidad intelectual que los acerca a la Verdad, a la que se rendirán cuando les sea presentada en base al testimonio de vida de sus exponentes. Ya lo hemos mencionado en otros momentos: la evangelización, que se inicia por moción del Espíritu de Pentecostés, va acompañada por el testimonio de santidad de los Apóstoles: “Pero Dios lo resucitó de entre los hombres, de lo cual somos testigos”. (Hechos 3, 15) Dar testimonio incluye, además del conocimiento directo y presencial de la Resurrección, el cambio que la gracia de Cristo ha causado en las vidas de aquellos hombres. Han pasado de la modorra y mediocridad a la santidad. ¡Qué significativa es la escena de Getsemaní!

4.- “La Iglesia se hace coloquio” (San Pablo VI) El amor es un término vapuleado en el caprichoso comportamiento de muchos hombres y mujeres; descalificado en el cine y en un lenguaje mediático, intencionalmente transgresor. Es un gran desafío poner las cosas en su lugar cuando se ha generalizado el desorden y la confusión moral. La Iglesia debe aceptar ese desafío ya que el Evangelio la urge y la realidad aparece enferma y necesitada de Cristo como médico. En el diálogo Iglesia-mundo, que el Concilio Vaticano II ha impulsado hace más de cincuenta años, se presenta una ocasión providencial, imposible de soslayar. Ya el Papa San Pablo VI lo hace objeto de su Magisterio, al iniciarlo (1964) con su primera Encíclica: Ecclesiam Suam. En ella expresa, con su estilo sencillo y profundo: “La Iglesia debe ir hacia el diálogo con el mundo en que le toca vivir. La Iglesia se hace palabra; la Iglesia se hace mensaje; la Iglesia se hace coloquio”. (N° 34) Por ahí va la evangelización, que el mundo requiere hoy de la Iglesia. El mismo Santo Pontífice lo afirma, en una Exhortación Apostólica destacada del siglo XX (1975): “No sería exagerado hablar de un poderoso y trágico llamamiento (del mundo a la Iglesia) a ser evangelizado”. (EN n° 55)