Domingo 29º durante el año – Ciclo B

21 de octubre de 2018

Marcos 10, 35-45

1.- La autoridad es humildad y servicio. Para entender la enseñanza evangélica sobre la autoridad se requiere más que un esfuerzo habilidoso del entendimiento. Es preciso moldear el propio corazón en la práctica de la humildad y del servicio. Así lo enseña Jesús, constituyéndose en modelo a imitar. No nos queda más que contemplarlo, mediante la piadosa lectura del Evangelio, y obrar como Él. No es una apreciación ingenua, la nuestra, el mismo Señor quiere que lo imitemos: “Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, que soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio”. (Mateo 11, 29)Aquellos discípulos, que se convertirán, junto a Pedro, en columnas de la Iglesia naciente, manifiestan la debilidad de apetecer la mayor cercanía al poder central. Jesús cambia el sentido de tal ambición: “Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. (Marcos 10, 43-44)

2.- La política y el ejercicio de la autoridad. Existen vocaciones, a Dios gracias, para el servicio necesario e irremplazable de la comunidad. Entre ellas está la política, como ejercicio de una profesión de singular relación con el bien común de los ciudadanos. Debe regular – ordenar y conducir – el ejercicio mismo de la autoridad. Las normas, que propone Jesús a sus seguidores, son de una calidad insuperable. Por no observarlas, ¡qué mal nos ha ido y nos va! La conversión al Evangelio – a Cristo – promueve necesariamente los valores esenciales para la convivencia y el dominio humano sobre la creación. El espíritu transgresor, infundido hoy en el comportamiento social, se constituye en el más grave peligro: desordenador y destructor de las esencias mismas del ser humano. Lo comprobamos y padecemos a cada instante, no obstante, y afortunadamente, mucha buena gente neutraliza ese espíritu maligno con el ejercicio de las virtudes. Es de lamentar que no tenga cabida en la prensa, invadida, casi en su totalidad, por el escándalo de la corrupción y de la delincuencia. Será duro predicar en ese desierto de valores humanos y cristianos, pero, finalmente serán instalados, – dichos valores – como desafío continuo e instancia principal. No nos es lícito mirar para otro lado y eludir hoy, irresponsablemente, nuestra personal misión. Cristo reclama, de los cristianos, que nos enfrentemos con la escabrosa realidad y no temamos aplicarle la adecuada medicina de los valores evangélicos.

3.- El mal paralizante de la ambición del poder. Para ello, el Divino Maestro debió amonestar a aquellos hombres, fieles pero ambiciosos, y recordarles que es secundario el puesto que ocupen si no tienen el propósito de ser bautizados con su bautismo y de beber su cáliz. Estar con Él es correr su suerte temporal y su destino eterno. Es preciso renovar o iniciar la viva conciencia de nuestro fin trascendente. Con la muerte nadie desaparece, al contrario, inicia lo definitivo y sus opciones se perpetúan en el misterio de la eternidad. Jesús establece referencias continuas al Reino de los cielos, basta leer con simplicidad de espíritu cada tramo de los textos evangélicos. No existe más verdad que la encarnada por Él, y pedagógicamente expuesta en su predicación. Los Apóstoles asumen la responsabilidad de ofrecer su doctrina, “por la locura de la predicación” (1 Corintios 1, 21) hasta el fin de los tiempos. La mediación histórica, creada para ello, es la Iglesia: “como está en la Iglesia Católica” (Christus Dominus n° 11). La palabra de Cristo está al servicio de los hombres – en sus circunstancias – para ofrecerles la gracia que los conduzca a toda la Verdad y renueve, en ellos y por ellos, la sociedad que integran.

4.- El jefe es un pastor que da su vida. La autoridad es servicio o jamás podrá ser autoridad. La enseñanza de Cristo sobre la autoridad es corroborada, con asombrosa exactitud, por el ejemplo del mismo Señor: “El mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud”. (Marcos 10, 45) Es conveniente detenernos en los gestos modélicos de Jesús y, en ese marco, aprender su enseñanza. Él es la suprema autoridad: “Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra”. (Mateo 28, 18) La ejerce en una insólita e incomprensible situación: ofreciendo su vida en el humillante tormento de la Cruz. El mismo Maestro declara que el mundo maneja otros códigos, absolutamente contrarios a los del Evangelio. Quienes aprenden de Él reordenan sus vidas personales y la de sus pueblos. Esa virtuosa actividad encuentra una violenta oposición, con frecuencia potenciada por la acumulación mezquina del dinero y del poder político. No obstante, Cristo, por su camino de Cruz, restablece el orden con su poder divino, al servicio de la paz y del amor. Los pueblos necesitan que se les anuncie al Rey de la Paz y auténtico Reconciliador.