Domingo 28º durante el año – Ciclo B

14 de octubre de 2018

Marcos 10, 17-30

1.- Heredar la Vida eterna. Los mandamientos constituyen la expresión de la voluntad de Dios. Para apreciarlos, hasta obedecerlos en su integridad, se requiere disponer de una imagen de Dios que aleje la concepción distante y avasallante, que poseen los poderosos de este mundo, e intentan imponer como un inevitable componente del progreso cultural. Para que la vida humana llegue a su plenitud debe lograr el destino que le corresponde: la Vida eterna. De otra manera el principal anhelo de vida, anidado en el corazón de cada ser humano, quedaría trunco, como un árbol muerto e inútilmente de pié. Aquel hombre, supuestamente joven, pone en evidencia su deseo sustancial de Vida eterna. Por eso acude a Jesús, en quien reconoce al “Maestro bueno”, para que le indique el sendero que deba recorrer para “heredar la Vida eterna”. La respuesta es directa e inmediata: “Tú conoces los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no perjudicarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre”. (Marcos 10, 19) La actualidad de esta respuesta presenta características por demás innegables y de urgente reconocimiento. El estado evolutivo de la cultura contemporánea ha derribado todos los límites que, en otros tiempos, contenían y ordenaban el comportamiento moral y ético de los ciudadanos.

2.- El magisterio de Cristo – y de la Iglesia – al servicio del hombre. El magisterio de Jesús no va en contra del crecimiento o desarrollo de la persona humana, y de la sociedad que integra. Lo que sí rechaza es la desnaturalización del hombre, y las conocidas e inconfesables prácticas que destruyen – o lo intentan – los valores originales, recuperados por la acción redentora del Salvador. El contenido del Evangelio, incluye una concepción del hombre, y su ubicación en el cosmos, cuya negación conduce a la destrucción de la humanidad. Existen pruebas dolorosas y trágicas en los conflictos armados – pasados y actuales – y sus sofisticados instrumentos nucleares de combate, que ponen al borde de su destrucción, a nuestro bello hábitat: el planeta tierra. Como se puede comprobar el Evangelio, que Jesús personaliza a la perfección, trasciende toda forma religiosa, para constituirse en la Palabra, como afirma el más joven de los Apóstoles: “Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios”. (Juan 1, 1) Cristo es la Palabra y es de vital importancia, para todo hombre y mujer, establecer una relación transformadora con Él. Gracias a Dios surgen muchos Santos, a pesar de las situaciones desfavorables, causadas hoy por el pecado. En el Sínodo Episcopal, dedicado a los jóvenes, reunido durante este mes en Roma, se han seleccionado varios Santos jóvenes, como Patronos para la Asamblea episcopal; algunos están canonizados y otros, muy contemporáneos, en vía de estarlo. Constituyen la obra de la gracia de Cristo.

3.- El mundo es “el hijo pródigo”. En esos testimonios se expresa la esperanza de transformar el mundo actual, quebrantado y harapiento como el “hijo pródigo”, y, no obstante, invitado a regresar a los brazos del Padre. La referencia a la clásica parábola de Jesús posee una riqueza hermenéutica insuperable. Tiene vigencia innegable, aunque, los habituales simuladores de la verdad, mantengan el propósito de negarla. La creación es como Dios la pensó y puso en existencia. Su criatura cumbre y síntesis del Universo creado – el hombre, – no está autorizado a recrearla, oponiendo su proyecto, al de Dios Creador. Cuando la ambición alocada lo impulsa a ejecutar algún plan de su torpe invención, provoca una situación caótica de trágicas consecuencias. Es el que causa más bulla en el cruce entre las diversas y hasta contrarias opiniones. La verdad siempre es silenciosa y, al contrario, el tono altisonante y confrontativo hace de alfombra, debajo de la cual se oculta la mugre de la ambición, de la mentira y de la corrupción. Necesitamos la Palabra, para que su pureza elimine nuestras inmundicias y rectifique nuestros enrevesados senderos. Los creyentes deben testimoniarla humildemente. El error y el pecado no soportan el embate de la gracia producida por la Palabra. Cristo – la Palabra – ha vencido “al pecado y a la muerte”.

4.- La idolatría del dinero. El diálogo con aquel buen hombre no logra el efecto deseado por Jesús. Ante la invitación a seguirlo, se acobarda. La condición para su seguimiento es indigerible para un ser apegado a los bienes de fortuna: “Jesús lo miró con amor y le dijo: Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme. Él, al oír estas palabras, se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes”. (Marcos 10, 21-22) Al quedar solo con sus discípulos Jesús denuncia la malignidad del apego idolátrico a los bienes materiales: “¡Qué difícil será para los ricos entrar en el Reino de Dios!” “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios”. “Entonces ¿quién podrá salvarse? (Se preguntaron sus discípulos)” “Jesús fijando en ellos su mirada, les dijo: Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para él todo es posible”. (Marcos 10, 23-27) Las palabras del Señor se explican a sí mismas, con absoluta claridad.