Domingo 27º durante el año – Ciclo B

7 de octubre de 2018

Marcos 10, 2-16

1.- La Verdad se hace carne y sangre. En este clima seudo intelectual y moralmente incalificable, Jesús hubiera sido catalogado entre los retrógrados y extemporáneos. ¿No es así considerada la Iglesia, y su magisterio, al exigirse y proponer absoluta fidelidad a las enseñanzas de Cristo? La verdad no es efecto de la invención humana, es, más bien, un don que debe ser acogido y formulado por los hombres. María, en un gesto de obediencia amorosa, le da su carne y su sangre al Verbo eterno, el Hijo de Dios. Gracias a ese don materno Dios se introduce – verdadero hombre – en la corriente vertiginosa de la historia humana. De esa manera insólita, el hombre es redimido por Dios. La maliciosa intención de poner a prueba al Señor vuelve, a aquellos expertos en leyes y religión, diestros esgrimas en la rígida casuística legal que los califica. Jesús es más hábil que ellos, ya que, con el Padre y el Espíritu, es Autor de toda la Ley y de su acertada interpretación profética: “¿Qué es lo que Moisés les ha ordenado? Ellos le dijeron: “Moisés permitió redactar una declaración de divorcio y separarse de ella”. Entonces Jesús les respondió: “Si Moisés les dio esta prescripción fue debido a la dureza del corazón de ustedes. Pero desde el principio de la creación, Dios los hizo varón y mujer. Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre, y los dos no serán sino una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido”. (Marcos 10, 4-9)

2.- La dureza del corazón. ¿Qué nos pasa en la actualidad? Me refiero a quienes, bautizados, se han criado en un ambiente cultural impregnado por la fe de la Iglesia Católica. En la mayoría esa impregnación está oculta por causa de una atávica ignorancia o por la deserción. Dicho fenómeno es observable en contacto con las expresiones de una sociedad plurifacética como la nuestra. Existe una denominada “apostasía” que, en algunos, pretende viralizarse como reacción contra la religión “oficial”; que – en este caso – resulta ser la Iglesia Católica. Jesús reafirma la verdad original y atribuye, su negación, al endurecimiento de los corazones. El alejamiento de las vertientes de la fe – Palabra de Dios, sacramentos y oración – produce la insensibilidad de la piedra en los corazones inicialmente ungidos por el Bautismo. La afirmación del Señor encuentra su dolorosa verificación, de forma explícita o implícita, en la reacción negativa de un gran porcentaje de bautizados. Evangelizar – o reevangelizar – es volver a Cristo, a su pensamiento y espíritu. Es la misión pastoral de una Iglesia viva y fiel a su Maestro.

3.- La importancia de los Santos. Éste es un momento, el más indicado, para asumir la responsabilidad derivada de una conciencia clara del Bautismo recibido. La crisis de la fe, que lamentamos, puede llegar a ser ocasión inigualable de crecimiento, y anticipo de una renovación efectiva de la vida creyente de los bautizados. Esa renovación se manifiesta en el testimonio de santidad de los cristianos y en la convincente invitación a la conversión de quienes no son creyentes o han dejado de serlo. Como consecuencia, los hombres y mujeres, con buena disposición para la verdad, hallarán la posibilidad de la fe en la persona de Cristo. Esa fe es encuentro eficaz con “el Cordero de Dios, que quita el pecado” y renueva el ser de cada uno, haciéndolo protagonista de una historia nueva. Toda la Iglesia, unida por la caridad, ha recibido esa única misión que Cristo recibió del Padre. Su renovación, en el Espíritu de Pentecostés, reviste hoy una urgencia innegable. El hambre existencial, que manifiesta padecer el mundo, procede de la gracia de Cristo vivo y presente, de Quien la Iglesia es signo visible y eficaz: “Como el sacramento de Cristo” (Vaticano II. Const. “Lumen Gentium”). Cada bautizado, particularmente quienes ejercen una especial responsabilidad pastoral, debiera repetir esta oración: “Que quien me mire te vea, y te ame, mi Señor Jesús”. Es en esta dirección por donde es preciso orientar la vida, la organización y la actividad de la Iglesia Católica. Lo entienden muy bien los santos, pero, no quienes no lo son, ni muestran el coraje y la disposición de serlo.

4.- Como Jesús, pobre y humilde. Los pobres de espíritu son los propietarios del Reino de Dios: “Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos”. (Mateo 5, 3) Esa pobreza es constituida, por el mismo Jesús, en rasgo identificatorio del Hombre nuevo. Pobreza es humildad, o no es pobreza. Los más graves y corrosivos errores provienen de la carencia de esa evangélica virtud. Lo comprobamos en la sociedad y dentro de la misma Iglesia. La base de la santidad es la humildad, virtud inconquistable si no es precedida por la decisión de morir a mezquinas ambiciones de poder. El Evangelio nos ofrece la oportunidad de sorber su espíritu y escribir entre líneas lo que nos corresponde aprender y vivir.