Domingo 25º durante el año – Ciclo B

23 de septiembre de 2018

Marcos 9, 30-37

1.- El fecundo silencio de la santidad. Las lecciones que imparte Jesús a sus discípulos más íntimos – los Apóstoles – proyectan, con claridad, una asombrosa imagen de lo que acontecerá. Su propósito de guardar silencio, sobre su próximo y doloroso destino en la tierra, posee una intencionalidad que requiere de la elocuencia del silencio y de la oración. El Papa Francisco así lo ha entendido, como buen discípulo del divino Maestro. Desde una perspectiva cristiana de la historia, el fracaso humano se convierte en victoria y la muerte en Vida. En consecuencia, el bien derrota definitivamente al mal, el amor al odio, la paz a la violencia y la verdad al error. En el lenguaje docente de Cristo se producen estas formas, que manifiestan su evidente y luminosa contraposición. No obstante, son demasiado claras como para encajarlas en abstractas confusiones filosóficas, de corte vulgar, con la intención siniestra de infiltrarlas en la construcción política y social contemporánea. En este texto evangélico aparece Jesús aclarando las cosas y descubriendo, sin ambages, un futuro próximo que provocará cierta crisis de fidelidad entre sus más cercanos discípulos. No obstante la cruda revelación de su muerte – que desemboca en la resurrección – aquellos hombres no acaban de entender y se ponen a discutir quién, entre ellos, será el más grande en el Reino anunciado por su Maestro. La reacción de Jesús es sorprendente: “El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos”. (Marcos 9, 35) Para ello, extrae un modelo de la misma sociedad que ellos componen: “Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: “El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado”. (Marcos 9, 36-37)

2.- La necesidad del Magisterio de Jesús. Las lecciones de Jesús lo presentan como Maestro único, acreditado por el Padre en el Jordán y en el Tabor. No es un docente exclusivo para creyentes, sino el irremplazable transmisor de toda verdad – ya que Él es la Verdad – para todos los hombres. En una coyuntura como la actual, necesitamos de su divino magisterio, plenamente activo en el magisterio de su Iglesia. Los cuestionamientos difundidos sin recato, en recientes acontecimientos, hasta con inusitada virulencia, evidencian el rechazo ex profeso, incentivado por las nuevas tendencias de la ultra izquierda. La Iglesia de Cristo ha transitado andariveles riesgosos en su extensa historia. El actual afecta a los Pastores, particularmente, y con especial saña, al Papa Francisco. Algunos prelados presentan una historia personal enturbiada por graves errores de su pasado o de su presente; en su investigación y sanción está empeñada la Iglesia. La guerra inclemente contra el Papa actual tiene el aspecto de una intencionada campaña de desprestigio, en reacción a la firme oposición de la Iglesia Católica a la legalización del aborto, a la ideología de género y a otras yerbas. Su propósito – tan reclamado en el interior mismo de la Iglesia – de prudente, aunque urgente renovación de sus vetustas estructuras, es resistido por quienes no hacen más que confundir lo que es esencial con lo contingente, lo que es absoluto con lo relativo. El Papa ha sido literalmente maltratado por católicos, entre los que se cuenta un número significativo de cardenales, obispos y sacerdotes, que pretendiendo salvaguardar la ortodoxia, la congelan e inmovilizan. Gracias a Dios la mayoría de los obispos y presbíteros, junto a sus comunidades, han expresado públicamente su solidaridad con el Santo Padre Francisco. Es oportuno recordar las controversias de Jesús con los fariseos, escribas y jerarquía sacerdotal de su tiempo. Fueron quienes tramaron el juicio inicuo y la condena del Señor.

3.- La riqueza de la pobreza evangélica. El valor de los cristianos, en defensa de la verdad, no está reñido con la humildad y el servicio a los más desamparados y marginados de la sociedad. Al contrario. ¡Qué fortaleza guarda la pobreza evangélica! Insobornable frente a quienes todo lo compran, hasta las conciencias de los más deshonestos y de los que, quizá sin malicia, boyan sin rumbo en nuestra complicada sociedad. La advertencia de Voltaire, consignada en una reflexión anterior, mantiene su actualidad. Los grandes misioneros adoptaban, en su ministerio evangelizador, una ejemplar forma de vida, caracterizada por la pobreza y la sencillez. El ropaje existencial de la Palabra de Dios es la pobreza. Una Iglesia pobre, en el ejercicio de su servicio evangelizador, engendra pobres, incluso en quienes deben administrar grandes bienes de fortuna. Una Iglesia “pobre para los pobres” (Papa Francisco) indica que su misión es promover la pobreza de espíritu entre los pobres y los ricos. Es un proyecto ordenador de los valores humanos y evangélicos: dedicar los bienes, que son comunes por naturaleza, al bien de todos. El escándalo social de una enorme masa de excluidos clama al cielo, y el cielo ha respondido mediante la Encarnación del Hijo de Dios. Cristo, se hace un excluido en la sociedad de los injustos. Debe llamarlos a la conversión, como hizo con Mateo y Zaqueo, convirtiéndolos en buenos administradores de los bienes de fortuna, renunciando a su acumulación enfermiza e insolidaria. Es un tema muy resistido por este mundo, desgarrado por la división y anquilosado en sus mezquinos esquemas de poder, tanto políticos como económicos. Cristo libera de ese mal paralizante, mediante el perdón de los pecados y la vida nueva de la gracia.

4.- El valor de la pequeñez y la humildad. Dios se identifica con los pequeños y humildes. El más pequeño y humilde es su propio Hijo encarnado. Según San Pablo: “El que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, de anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres”. (Filipenses 2, 6-7) Mensaje esencial e indigerible para la “cultura del descarte” y de la primacía de lo frívolo e intrascendente. De allí la impopularidad de un Iglesia – especialmente la Católica – que expone, como es su misión, las enseñanzas evangélicas desnudas y sin extrañas glosas que las desvirtúen. Para entenderlas es preciso hacerse “pequeño y humilde” como un niño. Sin adoptar, como es obvio, la natural inmadurez de la edad infantil, si ya se ha traspasado esa idílica edad del hombre. Significa la práctica de la humildad, como virtud base de todo comportamiento humano, rigiendo las relaciones entre las personas y con el universo visible. Jesús acude a los modelos que le presenta la realidad: acontecimientos y personas. Es conmovedora la última escena del texto evangélico hoy proclamado y que hemos recordado antes: “Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: “El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado”. (Marcos 9, 36-37). El maltrato y cualquier abuso contra los niños, afecta directamente a Dios. También se incluye a quienes pueden ser identificados como “pequeños”, a causa de irreparables minusvalías congénitas o desniveles culturales.