Domingo 24º durante el año – Ciclo B

16 de septiembre de 2018

Marcos 8, 27-35

1.- Una encuesta básica. Estamos en tiempos de encuestas, a las que se les atribuye irresponsablemente una exagerada autoridad. Los políticos y, con frecuencia, los mismos dirigentes de la Iglesia, caen en su trampa sutil. Jesús utiliza muy discretamente esta metodología. Está muy lejos de su espíritu buscar la ponderación de los hombres. Su consulta se dirige a ofrecer a sus principales discípulos la ocasión de hallar, en la identificación de la naturaleza, que le es propia, el perfecto conocimiento de su persona y de su misión: “¿Quién dice la gente que soy yo? Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros Elías; y otros alguno de los profetas. Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo? Pedro respondió: Tú eres el Mesías”. (Marcos 8, 27-29) Uno de los grandes males del mundo “occidental y cristiano” es que muchos de sus componentes humanos ya no saben quién es Cristo. Como aquellos discípulos, excepto Pedro, atribuirán a Jesús identidades extrañas o contrarias a la suya. Hoy no dirán que es Juan Bautista o alguno de los profetas, revenidos a la actualidad. Dirán que fue – sobre todo “que fue” – un revolucionario, cuestionador de los poderes constituidos, expositor de una filosofía novedosa y, especialmente, de un comportamiento moral y ético conculcador de la preceptiva farisaica. ¡Qué equivocados andan! Quienes eso afirman, y otras cosas más alejadas de la verdad, son cristianos sin catequesis, desnutridos espiritualmente por carencia del pan de la Palabra y de los sacramentos. No debemos alarmarnos de que su deterioro llegue a la apostasía formal. Sobre todo cuando la ideología de género y el desprecio a la vida, desde su concepción, han ocupado el espacio de la fe católica que, quizás, por descuido familiar y eclesial, siempre estuvo vacío en sus vidas.

2.- Pedro y sus hermanos Apóstoles, garantes de la fe. Este es un momento histórico en el que estamos especialmente invitados a adherirnos a la confesión de Pedro: “Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. (Versión tomada de Mateo, 16, 16) Cristo es el Dios encarnado, ocupado de los hombres hasta el extremo de la Encarnación. El principal Apóstol capta, con sorprendente precisión, la identidad de su Maestro. A partir de la Ascensión, particularmente desde Pentecostés, Pedro confirmará a sus hermanos en la fe. Lo harán sus sucesores (los Papas), y la Iglesia toda lo reconocerá desde la animación del Espíritu Santo. Lamentablemente algunos pocos, como los actuales detractores del Papa Francisco, se marginarán de esta fe común. Muchos podrán sentirse contrariados por el estilo del Pontífice, pero, a nadie le es lícito negar la autenticidad de su Ministerio petrino. Es de lamentar que muchos lo hagan, explícita o implícitamente. Para que el mundo actual reciba auténticamente el testimonio apostólico de que Cristo es Dios, se requiere apretar filas en comunión con el Papa Francisco. Esa comunión es la concreción del mandamiento nuevo del amor. De otra manera cualquier movimiento llamado “evangelizador” será una falsificación de la auténtica evangelización. La comunión – o el amor – en la Iglesia de Cristo, es el signo distintivo de la autenticidad de su misión evangelizadora. Recordemos las mismas palabras de Jesús: “En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros”. (Juan 13, 35) Ciertas actitudes, de quienes han sido constituidos en autoridad en la Iglesia, de mayor o menor nivel, han escandalizado recientemente a los creyentes y dado pábulo a las incriminaciones de sus tradicionales enemigos. El amor – la comunión – es primordial en la vida de los cristianos. San Pablo lo afirma, con especial y poético énfasis en su primera carta a los cristianos de Corinto capítulo 13, versículos del 1 al 13: “Aunque tuviera el don de profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada”. (v. 2)

3.- Pedro se equivoca y aprende de sus errores. Es difícil ponerse en lugar de Jesús y soportar, con Él, la torpeza intelectual de aquellos hombres, especialmente de Pedro, al pasar vertiginosamente de una profesión de fe – en su mesianidad – lúcida y valiente, al intento de pretender disuadirlo de la misión encomendada por el Padre, que concluye en la muerte en Cruz. Mirar desde la fe los acontecimientos de la era moderna, constituye un desafío para los cristianos. Corremos el riesgo de juzgar y condenar, como ocurre en el complejo social en el que transita hoy la vida humana. Esa difundida actitud, promovida por los medios de comunicación, desemboca, con frecuencia, en la calumnia y en la injusticia. El Evangelio, como “poder de Dios que salva al que cree” (Romanos) ofrece, en un gesto de humilde transmisión, esa gracia necesaria. Por la gracia de Dios, podemos vivir cristianamente, es decir: podemos comportarnos de acuerdo a los mandamientos y a los valores evangélicos. El mismo San Pablo confesaba: “Por la gracia de Dios soy lo que soy” (1 Corintios 15, 10). Es urgente aprender, de aquellos primeros creyentes, a confiar en la gracia y, en consecuencia, a disipar todo temor ante la inseguridad provocada por el tempestuoso movimiento que agita nuestro mundo. La amoralidad, que invade a casi todas las expresiones de la cultura contemporánea, ejerce su siniestra pedagogía, sobre todo en los niños y en los jóvenes. Así se produce un desafío ineludible para la sana constitución de la familia. Despojar a la familia de su misión educadora es condenar a la destrucción cualquier proyecto de sociedad futura.

4.- La fe produce un cambio cultural. El texto evangélico de este domingo abre una perspectiva de vida mucho más amplia. El seguimiento de Cristo incluye la renuncia a todo lo que lo contradice como Verdad. Es absurda la vida sin Dios, o al menos, se presenta falta de su principal referencia. Tal carencia deja un sabor amargo, manifestado en la desabrida mediocridad dominante. La fe produce un cambio sustancial o cultural en la persona; la pone sobre el recto sendero y le permite descubrir el lado más auténtico y bello de su vida. Es lo que la mayoría busca, a veces con cierto dejo de desilusión al no lograrlo. Nuestro mundo es un mundo en búsqueda. Pero, no sabe qué busca y dónde buscarlo. En cada página del Evangelio, custodiado y proclamado por la Iglesia, se nos ofrece ese “qué” y ese necesario “dónde”. Lo importante es disponerse interiormente a recibirlo y escucharlo. Es allí donde se presenta el mayor obstáculo. El clima espiritual del mundo ha perdido la capacidad de reconocer valores y trascender la mediocridad antes mencionada. Para ello debiéramos boicotear, desde propósitos muy firmes, algunas entregas mediáticas de baja calidad intelectual y espiritual. No es fácil. Estamos colonizados por orangutanes; hablamos su lenguaje primitivo y abandonamos el cultivo de nuestra mente y sensibilidad. El Evangelio nos ofrece volver a ser hombres, presentándonos su modelo excelente: Jesucristo.