Domingo 23º durante el año – Ciclo B

9 de septiembre de 2018

Marcos 7, 31-37

1.- Un mundo sordo y mudo. El nuestro es un mundo hablador y bullicioso y, sin embargo, para la Verdad que Jesús encarna, está sordo y mudo. El Señor resucitado está entre nosotros, al invocarlo, con fe, producirá el milagro de otorgarnos la capacidad de oír y de hablar la “verdad”, me refiero a la que necesitamos para vivir honestamente y alejarnos de toda mentira y simulación. Las mínimas escenas del Evangelio representan, cada una de ellas, la realidad “consistente” cubierta por el velo de lo visible y tangible. Es un pensamiento del Beato Cardenal Newmann. Es preciso escuchar a los santos porque saben aprender de Cristo lo que deben enseñar a quienes buscan sinceramente la verdad. Todos, aún los más frívolos, experimentan la angustia de esa búsqueda. Lo importante es despertar la conciencia de que la Verdad ambicionada es Dios mismo, presente en Cristo resucitado. Para ello será preciso involucrarse en su obra de salvación de los hombres, mediante la práctica personal de las virtudes cristianas. El Espíritu Paráclito es el artífice de la santidad, o transparencia de Dios, entre los hombres y a través de los hombres. A la santidad se accede por la muerte en la cruz que corresponde a cada uno. Es lamentable que se haya perdido el sentido redentor de las personales e ineludibles tribulaciones, en seguimiento de Cristo: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue su cruz y me siga”. (Marcos 8, 34) Lo pienso observando el interior actual de la misma Iglesia. El discurso no alcanza si no es acompañado por el testimonio de una vida santa. La santidad es la respuesta de los cristianos al odio y beligerancia, a que su Iglesia está continuamente sometida.

2.- Es imprescindible conocer a Cristo. El hombre debe recuperar la capacidad original de escuchar a su Creador y de mantener con Él un renovado diálogo, inaugurado ejemplarmente por Jesús a lo largo de su vida misionera. El conocimiento de Cristo es imprescindible para entender cómo el hombre contemporáneo debe comportarse para vivir en la verdad. Es elogiable la decisión de mantener relaciones muy respetuosas con quienes piensan de otra manera, aunque se los considere en el error, pero, ello no exime a la Iglesia de ofrecerles el Evangelio; éste sigue constituyendo la auténtica norma de vida para el hombre creado por Dios. El ataque a los símbolos cristianos y el empeño por desprestigiar al Papa y a la Iglesia que preside, constituyen signos alarmantes del rechazo a Dios mismo, mediante la apostasía formal, viralizada y escandalosa. La historia despliega un abanico de siniestros intentos por destruir la imagen de Dios. Acabo de leer un artículo donde se reflexiona, ante la barca de la Iglesia Católica, azotada por las peores tormentas, el valor de la oración. Un texto evangélico relata que los Apóstoles acuden muy angustiados al Maestro, durante una tormentosa travesía marítima.La respuesta de Jesús es una amonestación y mensaje que cobra renovada vigencia en la actualidad: “¡Sálvanos, Señor, nos hundimos!”. Él les respondió: ¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?” (Mateo 8, 25-26). El poder de su gracia alimenta la fe de los creyentes. Siempre ha sido así. Cristo asume nuestra carne sufriente y se mezcla en nuestras batallas, recibiendo las heridas que recibimos, curando las nuestras con las suyas y enfrentando, junto a nosotros, las peores persecuciones. La Iglesia donde no sólo hay pecadores, sino muchos y grandes santos, es la barca de Pedro amenazada por la destrucción – pero indestructible – siempre dispuesta a recoger a los malheridos náufragos de un mundo que los excluye sin piedad, sean estos: pobres, migrantes, enfermos y pecadores.

3.- Falsificación de la auténtica libertad. Para que esta sociedad pueda escuchar a su Redentor necesita que la Palabra sea anunciada con claridad. Corresponde a los cristianos ese anuncio, ya que les fue encomendado por el mismo Cristo el día de la Ascensión: “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo”. (Mateo 28, 19-20) Es muy difícil compatibilizar este mandato del Señor con la concepción amoral y relativista de cierta cultura contemporánea. Es verdad que a nadie se le debe obligar a creer. La respuesta al don de la fe es un acto de libertad, el más genuino. En el texto de una carta de San Pablo, este concepto encuentra su mejor formulación: “Esta es la libertad que nos ha dado Cristo. Manténganse firmes para no caer de nuevo bajo el yugo de la esclavitud”. (Gálatas 5, 1) En nuestros ambientes se difunde una equivocada idea de la libertad. Tal concepción de la misma no hace más que suprimirla o falsificarla. No hay libertad sin verdad, no hay verdad sin justicia y no hay justicia sin disposición a pedir y a ofrecer el perdón. Es difícil la concatenación de estos valores sin la decisión libre de respetarlos siempre y en toda circunstancia. ¡Qué lejos estamos del equilibrio personal y social que logre ponerlos en vigencia! La violencia y la intolerancia, expuestas en la Argentina y en el mundo, son los oscuros gestores del caos que, ciertamente, amenazan y empujan a la humanidad hacia el abismo. No son estas conclusiones, con teñido apocalíptico, motivo para infundir temor, sino la cruda e inocultable realidad.

4.- Todo el mundo tiene acceso a la gracia de Cristo. Es preciso dejarse curar por Jesús – para que nos otorgue la capacidad de escuchar y entender la Palabra de Dios – y pronunciarla, con la vida, mediante la fe en Él. Siendo nuestro Salvador, la adhesión a su enseñanza nos permitirá acceder a la perfección de una vida auténticamente humana. Aunque no todos acepten, de manera explícita, a su Iglesia, los hombres y mujeres de buena voluntad, vale decir: radicalmente honestos, tendrán la ocasión de beneficiarse de la gracia que Cristo derrama, sobre todo el mundo, en forma abundante y constante. Viviendo se aprende a vivir. Es lamentable que no sepamos descubrir las grandes lecciones durante el lapso temporal de nuestra vida. Muchos hombres y mujeres no aprenden a vivir porque carecen de la humildad de escuchar y recibir la verdad de parte de los más pequeños y pobres. Jesús dirige nuestra atención a los niños, “de ellos es el Reino de los cielos”, único destino que vale y al que Cristo nos orienta. La muerte – fin temporal de todos – reduce a la carencia absoluta los enormes bienes de fortuna a unos, los ricos, y demuestra su inutilidad a otros, los que carecen de ellos. Entenderlo es fruto de la sabiduría y nos permite vivir en la verdad.