Domingo 22º durante el año – Ciclo B

2 de septiembre de 2018

Marcos 7, 1-8. 14-15. 21-23

1.- Dios no es enemigo de los hombres sino del error y del pecado. A Dios se lo honra en espíritu y en verdad. Cuando se desciende a un ritualismo sin auténtica referencia a Dios ocurre lo que a los fariseos y escribas que critican a Jesús. La severidad del Señor, al tildarlos de hipócritas, responde a su intención de reconducirlos a la verdad. Dios no es enemigo de los hombres sino del error y del crimen. Cristo dio su vida para que los hombres vuelvan a la verdad, no para destruir a los pecadores. El mensaje evangélico reclama una vida nueva que corresponda a Quien se constituye en modelo de todo hombre. Me refiero a Cristo: “El Hombre que Dios quiere de los hombres”. Así lo expresaba San Juan Pablo II, en un desarrollo doctrinal inspirado en la Verdad revelada, al publicar su primera Encíclica: “Redemptor hominis”. Es preciso recordar al hombre contemporáneo – varón y mujer, niño y anciano – la importancia de esa doctrina, de otra manera seguirá dando tumbos, desarmando lo que construye y, lo que es más grave, no contando con Dios en sus inútiles intentos de construirse a sí mismo. El Evangelio es la Palabra que se introduce en la historia humana, para reconstruir lo destruido por el mismo hombre, y reconducirla al original y auténtico proyecto divino. Me refiero al diseño creado por Dios. Debemos ser la concreción de la idea original de Dios, y no estamos delegados a modificarla. Si es respetada, el ideal – como logro de esa idea de Dios – nos conducirá a la perfección que anhelamos. De lo contrario, el caos y la destrucción se instalarán como efectos siniestros de nuestra irresponsabilidad.

2.- Preceptos inventados contra el mandamiento de Dios. Los hombres acostumbran inventar normas y preceptos, como lo hacía el pueblo de Israel, oponiendo su comportamiento cotidiano al mandamiento divino: “Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres”. De inmediato afirmaba: “Por mantenerse fieles a su tradición, ustedes descartan tranquilamente el mandamiento de Dios”. (Marcos 7, 8-9) La laicidad es entendida como una corriente que elabora leyes y preceptos prescindentes de Dios y de su proyecto revelado. Así lo entienden quienes enarbolan una nueva bandera de color naranja, que avanza sobre el color verde, confirmándolo. Justifican la legislación pro abortista promoviendo un “estado laico”, inspirado, no en la autonomía legítima de los laicos, posible en el campo de su exclusiva competencia, sino en el ateísmo más recalcitrante. A partir de esa concepción se conculcan todos los derechos y deberes, quitándoles la base de sustentación que garantiza su cumplimiento, y creando, en la misma sociedad, una situación selvática, primitiva e impenetrable, de muy difícil ordenamiento. Aquí cabe, como anillo al dedo, la respuesta de Jesús a sus arteros enemigos: “Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios”. (Mateo 22, 21) No los pone en contradicción sino en su lugar. Tenemos conocimiento de que, en base a los últimos acontecimientos, la izquierda extrema pretende agraviar a la Iglesia Católica, olvidando que la Iglesia no es una mera estructura de poder, está en el corazón del pueblo creyente, al modo de consuelo e inspiración. Como lo expresa su mismo significado, la Iglesia es “Asamblea” abierta a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. No es una empresa, ONG o secta.

3.- Condiciones necesarias para evangelizar. Su acción evangelizadora se opone al proselitismo político, ideológico o religioso. Por ello destaca la primacía del testimonio: “Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra”. (Hechos 1, 8) Son las condiciones necesarias para evangelizar al mundo: recepción del Espíritu Santo, que los santificará e ilustrará, para que den testimonio de Él, “hasta los confines de la tierra”. Cuando las incumplimos, la llamada “evangelización” deviene en campaña de difusión mediática o prolija organización administrativa. La Iglesia no ha sido fundada por Cristo para inscribirse entre las empresas más exitosas y económicamente poderosas. Si se la despoja de bienes de fortuna y de poder político, se la beneficia. Cuando la Revolución Francesa enajenó a la Iglesia de Francia de sus posesiones, incluyendo sus templos y palacios, la obligó a volver a la pobreza evangélica. En aquellas circunstancias, advirtió el famoso literato y filósofo anticlerical Voltaire, a los responsables del despojo: “Teman a una Iglesia donde sus Obispos escriben sus pastorales sobre mesas de pino”. Aquel hombre reconocía el poder formidable de una Iglesia pobre, como su Señor y Maestro. Las circunstancias actuales, en nuestra nación y en el mundo, nos desafían a convertirnos al Evangelio y a desconfiar de los recursos económicos que nos tiran, como migajas, los poderosos gestores de la política y de la economía. La conciencia y responsabilidad de la Iglesia no admite que se la cotice – o quiera comprar – económica o políticamente. La protagonista de una nueva evangelización debe ser “una Iglesia pobre, para los pobres” como soñó esperanzado el Papa Francisco.

4.- La transparencia. Finalmente. Es una constante, en la enseñanza de Jesús, el reclamo de transparencia. No basta aparentar honestidad, constituiría una burla insostenible, tan común en algunos sectores que influyen en las costumbres y nuevas culturas. Como siempre, el Señor es directo y ofrece – en su persona – un ejemplo conmovedor de lo que enseña: “Porque es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino. Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre”. (Marcos 7, 21-23) Sin la gracia de Dios el hombre contemporáneo manifiesta su propensión a la simulación y a la trampa. Cada uno, fuera y también dentro de la Iglesia, debe examinar asiduamente su propia conciencia y medir su transparencia. Es de lamentar que no ocurra así; los medios nos permiten ver que, con gran desfachatez, se presenta el error como verdad y se ataca la sana doctrina evangélica como si fuera un cúmulo de opiniones trasnochadas y descartables. Es el momento de la verdad, donde la verdad está. Para reconocerla se requiere honestidad intelectual. El Evangelio – la palabra y la persona de Jesús – en la convicción de los auténticos cristianos, es la Verdad que viene de Dios. La transparencia es la condición indispensable para que esa Verdad sea respetada por hombres y mujeres, iniciados en un oportuno y auténtico proceso interior que concluye en su saludable reconocimiento.