Domingo 21º durante el año – Ciclo B

26 de agosto de 2018

Juan 6, 60-69

1.- “Dejaron de acompañarlo”. Jesús lleva la fe de sus discípulos al más exigente de los aprendizajes. En el discurso del Pan de Vida incluye la promesa de la Eucaristía con un realismo que reclama a quienes lo escuchan un perfecto acto de fe. La seguridad de su enseñanza, que otros tildan de intransigencia o “duro discurso”, es el ejemplo valiente para afrontar la incredulidad de aquel pueblo. Lo aprendieron los Apóstoles, lo aprende la Iglesia en el transcurso de su excepcional y prolongada historia. Jesús no es entendido y, en consecuencia, abandonado por muchos de sus discípulos: “Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo”. (Juan 6, 66) La fidelidad de Jesús a la Verdad respalda su impresionante y desafiante actitud. No afloja ni recurre a algún oportuno paliativo: “Jesús preguntó entonces a los Doce: “¿También ustedes quieren irse?” (Juan 6, 67). La personalidad virtuosa y testimonial del Maestro, deja a todos sin palabra, excepto a Pedro que asume la representación de los Doce: “Simón Pedro le respondió: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios”. (Juan 6, 68-69) Enfrentamos situaciones límites en las que los cristianos debemos optar por Cristo, como Pedro. También ahora, que se produce el denominado “escándalo farisaico” en muchos de los que se confiesan creyentes. Entre un extremo y otro del tablero social, se desarrolla la vida contemporánea. Es preciso dejarse inspirar por el Padre y no temer que el mundo se escandalice por confesar la divinidad de Cristo y estar dispuestos a seguirlo.

2.- La razón de ser de la Iglesia. El déficit espiritual que nos agobia se debe a una exagerada concentración en sí mismo y al olvido de Cristo en los otros. Mientras la Iglesia no actualice su testimonio evangelizador, los hombres y mujeres que habitan la tierra no lograrán reconocer a su Salvador. La razón de ser de la Iglesia es que el mundo se encuentre con Cristo y produzca cambios saludables en su complicada historia. Para ello, será preciso que los testigos oficiales ofrezcan – en la práctica diaria – testimonio de santidad. Parece de Perogrullo afirmar, con San Juan Pablo II, que necesitamos Santos. Es oportuno repetirlo y constituirlo en la meta principal de nuestra vida y actividad como cristianos. Para ello es oportuno desechar el viejo concepto de que únicamente los consagrados – sacerdotes y religiosos/as – deben y pueden acceder a la santidad. Es suponer que hay cristianos de primera y de segunda, una especie de aristocracia evangélicamente insostenible. La santidad es el destino obligado de todo bautizado, sea cual fuere su situación en la Iglesia, como lo es la misión evangelizadora encomendada por Jesús resucitado a sus discípulos el día de la Ascensión (Mateo 28). Más aún, la condición indispensable para cumplir esa misión es ofrecer el testimonio de la santidad. Es lo que espera el mundo de los cristianos, afirmaba simple y claramente el Santo Papa Juan Pablo II. La necesidad que tiene hoy la sociedad no se refiere, principalmente, a lo que los hombres y mujeres contemporáneos consideran imprescindible para sus vidas. Allí se mezclan las urgencias consumistas y artificiales con la necesidad de aquellos valores espirituales que han sido irresponsablemente desalojados de la familia, de la escuela, de la legislatura y de la cultura.

3.- Combate entre la verdad y el error. Jesucristo expone esos valores en su propia vida entre los hombres, sobre todo en el hecho estremecedor de su muerte en Cruz. La salvación de la humanidad no está en su progreso técnico y científico sino en el amor auténtico: filial (a Dios) y fraterno. Ya el Magisterio del Concilio Vaticano II identificaba – en todo conflicto entre los hombres y los pueblos – un combate dramático de fondo entre la luz y las tinieblas, entre la verdad y el error y entre el amor y el odio. Cristo se presenta revelando el amor del Padre a los hombres, adoptando la Encarnación y estableciendo un Signo que lo haga visible hasta el fin de los tiempos. Me refiero a la Iglesia, fundada en los Doce, Él mismo constituido en su indestructible piedra angular: “Él (Cristo) es la piedra que ustedes, los constructores, han rechazado, y ha llegado a ser la piedra angular. Porque no existe bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres, por el cual podamos alcanzar la salvación”. (Hechos 4, 11-12). Los cristianos no podemos callar esta verdad. De lo contrario ponemos en peligro a la misma humanidad, hoy al borde de su autodestrucción. La Palabra, que Cristo nos ha confiado para ofrecerla a quienes andan “como ovejas sin pastor”, debe resonar en todos los ámbitos de la sociedad. Para ello es urgente que, nosotros mismos, la sepamos obedecer mediante una vida virtuosa. Se han producido escándalos, en los espacios más selectos de la Institución eclesial, que han descalificado moralmente a numerosos y destacados responsables del ministerio sagrado.

4.- ¿Apostasía masiva? El Papa Francisco formula un llamado a la santidad, a todos los bautizados, para que “la luz ilumine a todos los de la casa”. No existe otro camino. Cualquier esfuerzo que lo intente chocará contra obstáculos humanamente insuperables. La presencia de Cristo es el antídoto a tanto mal y a tanto error. El testimonio de santidad de los cristianos es garante de la presencia de Jesús Redentor, internado en la urdimbre farragosa del mundo y de muchos bautizados, en la Iglesia Católica, que viven en las antípodas de la fe y que están promoviendo una masiva apostasía formal – y pública – de católicos en desacuerdo con el rechazo a la legalización del aborto. Me refiero a quienes se identifican con sus pañuelos verdes. No hay que rasgarse las vestiduras, ni considerar el hecho escandaloso como una tragedia, a no ser en quienes lo deciden y promueven. La renuncia formal a la fe, llamada correctamente “apostasía”, viene precedida por un práctico abandono – o ausencia desde siempre – de la fe católica y de la Iglesia. Es urgente orar por esos hermanos.