Domingo 20º durante el año – Ciclo B

19 de agosto de 2018

Juan 6, 51-59

1.- El pan que alimenta. El pan es para ser comido y transformarse en alimento de la vida de quien lo come. Cristo es el Pan que alimenta, por eso se refiere a su carne y a su sangre, como necesaria comida y bebida: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”. (Juan 6, 51). Quienes lo escucharon entonces – muchos de ellos – que no entendieron sus palabras, se escandalizaron y “dejaron de seguirlo”. También, en la actualidad, muchos de nosotros. Jesús habla con libertad y se detiene a explicar lo que enseña a los más pequeños: sus apóstoles. Ellos aceptan lo que dice, aunque no lo entiendan aún, porque lo aman. Debemos trasladar aquella escena de su magisterio a las actuales circunstancias. Nuestra sociedad tampoco lo entiende, y produce incalificables expresiones públicas que no condicen con la fe. Quizás no ha tenido la oportunidad de una relación directa con el Señor, para obtener su conocimiento y avanzar en el aprendizaje de su enseñanza. Los cristianos tenemos la misión de ser testigos de la presencia de Cristo y ofrecer la oportunidad – a nuestro mundo – de encontrarse con Él. Se lo debemos, porque Cristo es el Don más preciado que el Padre obsequia a todos los hombres: a nosotros mismos y, a través nuestro, a quienes estén dispuestos a escucharnos.

2.- El vaciamiento de la fe.Las diversas manifestaciones – algunas indicadoras de una enorme mediocridad – profusamente mediatizadas, revelan la necesidad existencial que padecen muchas personas. Me refiero a hombres y mujeres de diversas edades, particularmente jóvenes. Se ha producido en ellas un vacío imposible de llenar, tan alejados de Dios y de la fe. Aquí se presenta el mayor desafío para una Iglesia que, al margen de toda opción política, debe evangelizar a todos, sin discriminar a nadie. Antes de multiplicar los panes para la multitud que lo sigue, Jesús manda a sus discípulos: “Denles de comer ustedes mismos” (Lucas 9, 13) ¡Qué oportuno es ese mandato en un momento de tanta tensión y reclamo como el actual! La Iglesia, comenzando por sus pastores, debe suministrar el alimento adecuado a los carentes o a los tan débiles en la fe. Los últimos acontecimientos han reeditado la urgencia de proporcionar un alimento doctrinal sano para el pueblo cristiano (y no cristiano). Se producen algunos acontecimientos que exigen, a la Iglesia de Cristo, corregir expresiones, rectificar rumbos y volver continuamente, con gran docilidad, al Evangelio. Creo que en eso está empeñado el Papa Francisco. Por su causa debemos estar preparados a padecer todo tipo de inconvenientes, hasta la persecución desaforada y el martirio.

3.- Partícipes de la compasión de Cristo. No es suficiente reiterar que Cristo es el Dios que se hace pan para salvarnos de la debilidad y de la muerte. Debemos comprender a quienes aún no lo entienden. Es necesario que, para llegar a ese entendimiento, reciban la información apostólica debida: que Cristo está presente – para que lo capten como presente – y aprovechen el momento, que ya tiene dos mil años de existencia, y que el pecado y la muerte sean hoy vencidos. No corresponde que nos indignemos con quienes hacen alarde de su confusión – en manifestaciones y controversias – y que, sin duda, causan compasión a Jesús, porque andan “como ovejas sin pastor” (Mateo 9, 36). Si creemos en Él, debemos ser partícipes de su compasión y señalarlo como el Buen Pastor. Lo podemos hacer, principalmente, mediante el testimonio de nuestra vida, transformada por su gracia y la oración. De esa manera, el mundo actual abrirá su mente y corazón a Quien busca sin conocer. Así ha pasado siempre en la extensa historia de la Iglesia. En la actualidad aparecen síntomas clamorosos de la misma necesidad. La misión de la Iglesia, a través de las diversas comunidades eclesiales, asistidas por el ministerio necesario de sus pastores, consiste en ofrecer ese testimonio evangelizador. Es el gran desafío contemporáneo, al que hemos hecho referencia cuando se trató el proyecto de legalización del aborto, afortunadamente rechazado. Algunas intervenciones, de diputados y senadores pro vida, nos conmovieron por la idoneidad intelectual y valentía de sus expositores.

4.- La Eucaristía. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida” (Juan 6, 55). En la Última Cena queda aclarado el sentido de esa expresión. La Eucaristía, el Pan del cielo – comida y bebida -, se constituye en la celebración principal del culto cristiano. La vida cristiana depende de la Eucaristía, en la que Cristo se hace realmente presente para la Vida del mundo. San Juan Pablo II nos regaló una magnífica Encíclica sobre el tema: Ecclesia de Eucharistia. Suprimir ese sagrado alimento es correr el riesgo de desconectarse de la Verdad y de la Vida, que es Cristo. Como consecuencia, se produce una anemia espiritual que confluye en graves contradicciones entre la fe y la vida. Quiero referirme al hecho reciente de quienes pretenden conciliar la legalización del aborto y la fe cristiana. Es tan absurdo como intentar mezclar el agua y el aceite o congelar el fuego. Por eso la Iglesia está obligada a reevangelizar a una verdadera multitud de bautizados que distorsionan de esa manera la fe. Recuerdo la atinada pregunta de un pastor evangélico: “Bautizados ¿son ustedes todavía cristianos?”. Gracias a Dios muchos bautizados se mantienen fieles a la fe que dicen profesar, hasta formular sin miedo sus contenidos y celebrarla, con la solícita presidencia de sus Pastores. Todos nos debemos – como Iglesia – un honesto examen, y el propósito de ser coherentes con lo que decimos creer.