Domingo 18º durante el año – Ciclo B

5 de agosto de 2018

Juan 6, 24-35

1.- El alimento imperecedero. Jesús señala que la reciente multiplicación de los panes trasciende el “alimento perecedero” – el que ha distribuido entre ellos – poco tiempo atrás. La muchedumbre saciada con los cinco panes de cebada y los dos pescados, cae en la cuenta de que Jesús dispone de otro alimento, más importante y eficaz: “Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello”. (Juan 6, 27) Se despierta, en aquellos hombres y mujeres, el deseo de ese otro alimento y lo expresan sin vacilar: “Ellos le dijeron: “Señor, danos siempre de ese pan”. Jesús les respondió: “Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed”. (Juan 6, 34-35) Saciados con todo lo apetecible en nuestra sociedad, queda un hambre y una sed instaladas en ella, para las que Cristo brinda adecuada comida y bebida. El desconocimiento de su existencia produce un estado innegable de incredulidad y exacerbado materialismo.

2.- Cristo sacia el hambre de verdad. Algunas exposiciones mediáticas confirman esta impresión. No hay tanta maldad como ignorancia. La maldad degenera en ignorancia y estupidez. La necesidad de Dios se asemeja al hambre y a su consecuente debilitamiento personal. Como lo venimos diciendo desde los comienzos de nuestras reflexiones, Cristo vino a saciar nuestra hambre de Dios y, por lo mismo, de los valores principales, cuya ausencia constituye la mayor tragedia contemporánea. A raíz de lo que escuchamos y observamos, en las actuales manifestaciones sociales y culturales, llegamos a la conclusión del alto grado de insania espiritual e intelectual de muchísima gente. Incluso de hombres y mujeres profesional y científicamente exitosos. No nos equivoquemos deslumbrados por lo que parece ser y no es. En un mundo de apariencias, como el nuestro, fácilmente confundimos los valores, presentamos el mal como bien y el error como verdad. Caemos en esas redes y nos dejamos atrapar como insectos deslumbrados por la más pobre de las candilejas. Cuando observo la defensa irracional del llamado “derecho” al aborto “libre y gratuito” no me quedan dudas de la confusión generalizada, cerniéndose especialmente sobre una juventud – hasta adolescencia – atrapada por adultos sumidos, ellos mismos, en el error y muy hábiles para la venta de su nefasto producto “intelectual”.

3.- No hemos hecho lo suficiente. Como Iglesia de Cristo nos queda el resabio amargo de no haber hecho lo suficiente para nutrir la fe de nuestro pueblo. Como lo recordamos en reflexiones anteriores, la inmensa mayoría de quienes sostienen el proyecto abortista está bautizada en la Iglesia católica y se autocalifica – por tradición – profesante de la misma. ¿Qué nos queda, se apruebe o no dicho proyecto? Intensificar la acción evangelizadora y alentar la coherencia – en todos los cristianos – entre la fe y la vida. Cuando se ilustran y fortalecen las conciencias, mediante la predicación y la catequesis, las leyes que contradicen los valores cristianos caen en desuso y son oportunamente desechadas. Tales leyes constituyen un gran desafío – más que un agravio – para la misión evangelizadora de la Iglesia. Así habrá que considerarlo y obrar en consecuencia. Debemos cuidar que nuestras expresiones manifiesten, con evangélica mansedumbre, el contenido de verdad de la fe católica, en su integridad. De otra manera ofreceremos flancos débiles a la interpretación de quienes niegan sistemáticamente las enseñanzas de la Iglesia. De todos modos reconozcamos nuestra debilidad a la hora de llevar a su perfección las virtudes cristianas. Los mejores evangelizadores son los santos, en la actualidad perseguidos por los modernos fariseos.

4.- La fidelidad a Cristo. He escuchado a excelentes profesionales pro vida del derecho y de la ciencia médica. Constituyen el ejemplo valeroso de la exposición de la verdad, en un clima políticamente desfavorable. Actúan sin el apoyo logístico de los medios y de sus principales gestores. La presión de la extrema izquierda acobarda a los mejores y les impone un silencio inexplicable. La extensa lista de mártires presenta el comportamiento heroico, inspirado en el Evangelio, adoptado por innumerables Santos. La fidelidad a Cristo, como Verdad incuestionable, no es una simple defensa de formulaciones teológicas y dogmáticas; va mucho más allá, incluye la fe en la persona del divino Maestro. El “¡Viva Cristo Rey!” de los mártires españoles y mexicanos es la profesión de fe en la Persona divina del Señor Jesús. Por lo mismo, el conflicto con quienes se oponen al contenido de la fe católica no se resuelve en un combate dialéctico y político sino en la aportación del testimonio de santidad de quienes se autocalifican “cristianos”. Los grandes e irrefutables apologetas, de todos los tiempos, son los Santos.