Domingo 16º durante el año – Ciclo B

22 de julio de 2018

Marcos 6, 30-34

1.- Como ovejas sin pastor. Jesús se conmueve ante la muchedumbre, que lo busca sin reparar en las dificultades del camino que deba transitar. Su corazón de Pastor renuncia a las necesidades elementales: comida y descanso. El seguimiento incansable de aquella gente es la prueba inconfundible de su necesidad de Pastor: “Al desembarcar, vio un gran gentío y sintió lástima, porque eran como ovejas sin pastor”. (Marcos 6, 34) No sé si pensamos seriamente en la sensibilidad manifestada por Cristo ante la necesidad de Dios de los hombres. Se conmueve al encontrarse con la multitud que intuye su divinidad y lo sigue sin ocultar su deseo de verlo y escucharlo. Su respuesta es acudir a las necesidades de quienes lo buscan, mostrándoles que Él es el Dios que cura y redime del pecado: “Y se puso a enseñarles muchas cosas”. (Marcos 6, 34) La relación de Jesús con la gente es una respuesta de amor a tanto sufrimiento y desorientación – pobres ovejas sin pastor – que han ensayado infinidad de nuevos intentos, sin logros satisfactorios.

2.- Para nuevas estructuras: corazones nuevos. Jesús no pretende triunfar política, militar y económicamente. Viene a cambiar los corazones, y a iniciarlos en un comportamiento nuevo y renovador de estructuras. El ejemplo del vino y los odres expresa su pensamiento, y la esencia de la enseñanza evangélica. Para estructuras nuevas se requieren mentes nuevas. Sin un corazón renovado es imposible cambiar nada. Existe una resistencia manifiesta al cambio interior que garantice un verdadero cambio estructural. Vuelvo al tema abordado por Jesús: “No se echa vino nuevo en odres viejos, pues los odres se reventarían, el vino se derramaría y los odres se echarían a perder”. (Mateo 9, 17) Nuestra sociedad exhibe un incorregible cierre de fronteras y, de esa manera, se incapacita para el saludable cambio de sus viejas estructuras u odres viejos. Jesús vino a cambiar al hombre, a hacerlo nuevo para recibir el vino nuevo del Evangelio. Mientras el pecado siga adueñado del hombre llevará, todo proyecto – hasta revolucionario – al agotamiento. La parábola expuesta por Jesús deja sin palabras a quienes creen saberlo todo y disponer de la llave del futuro. El verdadero protagonista de la historia futura debe ser un ser redimido del pecado y reconciliado con Dios. La presencia de Jesús resucitado hace posible que el “hombre viejo” se convierta en un “hombre nuevo”, de quién es modelo y causa Jesucristo.

3.- El Mensaje evangélico es universal. En el comienzo del texto proclamado se nos ofrece la ocasión de conocer el método apostólico de Jesús: “Los apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado”. (Marcos 6, 30) El método no consiste en verificar si una campaña ha sido exitosa. La intención del Maestro es llevarlos “a un paraje despoblado, a descansar un rato”, para que la convivencia con Él los invite a un examen conveniente, en vista a la delicada misión que les encomendará. A tal propósito responde la permanente convivencia con los Doce. Tres años de ir siempre juntos forman el temple de cada uno de aquellos hombres y los capacita para la apostólica dispersión geográfica. El mensaje cristiano es universal y establece vínculos que permiten la comprensión y adopción – del mismo Evangelio – en los diversos pueblos y sus culturas. El envío misionero, expresado en Mateo 28, no respeta fronteras ni desecha a nadie. Así se ha universalizado la Iglesia, confirmada por el Espíritu de Pentecostés. La catolicidad aleja a la Iglesia, establecida por Cristo, de toda forma sectaria: “Por lo tanto, ustedes ya no son extranjeros ni huéspedes, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Ustedes están edificados sobre los apóstoles y los profetas, que son los cimientos, mientras que la piedra angular es el mismo Cristo”. (Efesios 2, 19-20)

4.- La ausencia de Cristo. Comprobamos que falta este mensaje en nuestra sociedad. Está depositado en la Iglesia que Cristo fundó sobre Él mismo, como piedra angular. Su misión, la misma de los apóstoles, no se apoya más que en la gracia de la Palabra. Los términos que indican el éxito o el fracaso no proceden de parámetros ideológicos y sectarios sino de Cristo. Es la respuesta de Dios a la confusión que cierra el paso al orden y a la paz. Estamos comprobando la ausencia de Cristo en la irreflexión de numerosos grupos que hoy se oponen a la vida, destruyéndola en su ámbito propio e irreemplazable, el seno materno de la mujer. Estamos padeciendo momentos de honda tribulación en nuestra amada Patria. Si se legislara a favor del aborto, las consecuencias trágicas no serían un castigo de Dios sino el dramático efecto de una decisión irresponsable de legisladores opuestos, no a la Iglesia sino a Dios. Es ésta la ocasión de intensificar la oración por la conversión de quienes parecen estar dispuestos a sesgar la vida misma de la Patria.