Domingo 15º durante el año – Ciclo B

15 de julio de 2018

Marcos 6, 7-13

1.- Jueces injustos de sus Pastores. Las directivas de Jesús a sus misioneros se destacan por el rechazo a toda seguridad humana. Los envía sin más que la Palabra y el llamado a la conversión. Sin bastón, ni pan, ni dinero. La ambición desplaza a la humildad y a la sabiduría, incluso entre quienes se califican creyentes, y se constituyen en jueces de sus hermanos y pastores. Sorprende el bombardeo de mensajes confusos e irreflexivos, que un grupo de “bien intencionados cristianos” envía a todos sus Obispos; sin considerar que la mayoría de los cuales están jugando continuamente sus vidas por la grey que la Iglesia les ha encomendado. El tema del bochornoso proyecto pro abortista lastima a la mitad de nuestro país, que necesita aprender lo que la Iglesia jamás ha dejado de exponer, atrayendo la beligerancia ideológica de quienes niegan su enseñanza hasta el extremo de agredir con blasfemos grafitis los muros sagrados de sus Catedrales. La dureza de algunos “mensajes” constituye una cabalgadura sobre la pesada cruz que los pastores deben cargar, agravándola sin piedad. Este es el momento de unir las fuerzas, no de dispersarlas. Son bienvenidos los aportes de todos los fieles pero, la agresividad manifestada por algunos de ellos, provoca el cisma y lastima el Cuerpo Místico de Cristo.

2.- El celo apostólico de los Doce. Es preciso prestar toda nuestra adhesión a la persona de Cristo resucitado: “No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí”. (Juan 14, 1) El celo apostólico de aquellos humildes discípulos tiene su origen en la convicción que los impulsa a transmitir la Buena Nueva: ¡Cristo es el Dios encarnado, que ha padecido la muerte por amor a nosotros y que, resucitado, está en condiciones de redimirnos de nuestros pecados y ofrecernos la Vida eterna! No existe otro sendero de redención; los mejores proyectos, imaginados por geniales estadistas, no logran lo que se necesita para rumbear hacia la perfección intentada. Las condiciones en que se encuentra la sociedad reclaman un auxilio extra, cualitativamente superior. Cristo es ese auxilio, indispensable e irremplazable. Por eso acudimos a Él, sin pretenciosos reclamos, como un hijo – a su madre – que intuye instintivamente la eficacia de su filial súplica. Para lograrlo tendremos que adoptar la práctica de la humildad del niño. Cuando Jesús echa mano a la imagen del infante – que aún debe aprenderlo todo – traza un sendero exclusivo a la maduración humana y a la santidad. La autosuficiencia de quienes se creen grandes invierte los valores y cierra el paso a la Verdad, que debiera regir el comportamiento personal y social. La simplicidad del Evangelio incluye una pedagogía desechada por muchos de nuestros dirigentes.

3.- Mucha ignorancia y mucha maldad. Jesús no vino a pelearse con los hombres sino a salvarlos. Su severidad apunta a la hipocresía de los fariseos y no a la debilidad y miseria de los pecadores. Inspira orar por la conversión de los más extraviados; recordemos los mensajes de la Virgen Santa tanto en Lourdes como en Fátima. Es la ocasión de exponer la verdad absoluta sobre el respeto a la vida, desde la concepción, y de orar por la conversión de quienes militan contra ella. La súplica de Jesús agonizante no necesita más interpretación que sus simples y dramáticas palabras: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. (Lucas 23, 34) Su misericordia, hacia quienes están sumergidos en el error y en el pecado, manifiesta la ternura de su amor pero no cede al embuste de quienes pretenden desecharla o manipularla. Disimular su identidad significaría negarse a Sí mismo. Imposible pensarlo. La transparencia de su mensaje no se presta a los juegos dialécticos de quienes ocultan toda la basura debajo de la alfombra. Hay mucha ignorancia, pero también mucha maldad.

4.- Ni pusilanimidad ni estrategia destructiva. La humildad del ministerio, que Jesús encomienda a los Doce, no es pusilanimidad ni estrategia destructiva, es fidelidad a la Palabra. Aquellos hombres no callarán por miedo a quienes tienen poder para crucificarlos. Todos ellos son cruelmente asesinados por negarse a callar la verdad. Tampoco se valen de la espada o de incomprensibles excomuniones. Llaman a la conversión y, ante el rechazo, recuerdan que la última palabra la tiene Dios: “Si en un lugar no los reciben ni los escuchan, salgan de allí y sacudan el polvo de los pies como protesta contra ellos”. (Marcos 6, 11) Jesús les otorga un poder, aparentemente ineficaz, pero, capaz de cambiar los corazones y definir las situaciones más complicadas: “Llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos”. (Marcos 6, 7) Esos espíritus inmundos se filtran en las diversas manifestaciones de la vida contemporánea. No existe un proyecto válido que se oponga al que Cristo propone y ejecuta hoy, mediante quienes suceden legítimamente a los Doce. Parece que algunos aún no lo han entendido. No me refiero, únicamente, a los enemigos declarados de la Iglesia. Dentro de la misma Iglesia hay quienes se constituyen en los peores detractores de su misión evangelizadora. El Apóstol Juan así lo declara: “Salieron de nosotros, pero no eran de los nuestros”. (1 Juan 2, 19)