Domingo 13º durante el año – Ciclo B

1 de julio de 2018

Marcos 5, 21-43

1.- Si creemos en Cristo seremos escuchados. Dios escucha a quien lo invoca. Somos tan pragmáticos que olvidamos, casi por completo, los consejos de Jesús que nos insta a orar con absoluta confianza. Si creemos en Él, con viva y consciente convicción, nuestra oración será escuchada sin demora. El texto que hemos escuchado no puede ser más explícito: “Tu hija ya murió; ¿para qué vas a seguir molestando al Maestro? Pero Jesús, sin tener en cuenta esas palabras, dijo al jefe de la sinagoga: ‘No temas, basta que creas”. (Marcos 5, 35-36) No podemos dudar que el Señor atiende nuestra más humilde plegaria. Al cabo de ella podemos decirle, con las mismas palabras de Jesús ante la tumba de Lázaro: “Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes…” (Juan 11, 41-42) Constituye el acto de fe que el Señor pide a quienes acuden a Él. Quizás no nos hemos detenido lo necesario en vivenciar la fe que debe aclimatar nuestra existencia cristiana. Nos basta volver al Evangelio para cubrir esa ausencia o corregir su distorsión. En la mencionada relación con el jefe de la sinagoga queda afirmada la enseñanza del Maestro divino.

2.- Sin fe no hay salud que valga. ¿Qué nos ocurre cuando pasamos a la clandestinidad lo que para Cristo es indispensable? Cedemos a una concepción de vida que ha dejado de lado la palabra de Jesús y contamina o elimina la fe. Creemos ser creyentes y nos comportamos según los dictámenes del mundo incrédulo que nos circunda. Vivir de la fe es obedecer lo que sorprende nuestra atención al leer piadosamente el Evangelio. De esa manera es considerado norma de vida y auténtica ilustración para la mente. Llega al espanto lo que declara un buen número de autocalificados “cristianos”. Dejan de manifiesto que no creen lo que, de labios para fuera, aseguran creer. La insistencia de Jesús en suscitar la fe de sus seguidores indica que es allí donde se juega lo más importante – o necesario – de la vida. En cierta oportunidad la voz del Señor se quebró: “Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?” (Lucas 18, 8). Depende de cada uno la respuesta afirmativa a tan dramática pregunta. Sin fe no hay salud que valga. Todo empeño queda reducido a un intento estéril por lograr la verdad y el bien apetecido. El ser personal encuentra en la fe la puerta de acceso al logro de la propia y esencial vocación al amor. El ateísmo, y sus adláteres, causan un sinsabor inútilmente negado por quienes persisten en el rechazo de la Palabra de Dios.

3.- La fe es escuchar a Cristo. Hoy, más que nunca, parece más urgente que la Palabra de Dios sea anunciada. Para los Santos Apóstoles la Palabra es el mismo Cristo resucitado. El mandato misionero, expresado el día de la Ascensión, responde a la urgente necesidad del mundo, siempre de dolorosa actualidad. Reclama que la Palabra resuene siempre, trascendiendo épocas y circunstancias. La batalla contra el mal no admite tregua alguna. Los Santos son testigos y protagonistas oportunos en esa lucha – sin cuartel – y deciden vencer el mal en ellos mismos. Precisamente se produce allí la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. Pero, exige actualizarse en cada persona, conduciéndola, por la conversión, hacia la santidad. El mundo actual se mofa, sin misericordia, de la virtud cristiana y de los valores que el Evangelio propone como forma de vida. Los enemigos de la fe son “sagaces” en el arte de poner trampas en el único sendero que cada persona debe recorrer. Es lamentable presenciar la muerte de tanta gente que ha pasado su vida sin orientarla a Dios. Un inconsciente y formal ritual religioso no suple esa necesaria referencia. La Santa Unción puede constituir, en algunos casos, la última oportunidad, bien aprovechada como la del buen ladrón. Responde a la misericordia infinita del Buen Dios, no a un gesto mágico que intenta disimular la verdad y anular las sanciones al error.

4.- La Verdad juzgará nuestra vida. Es preciso que los hombres enfoquen sus vidas a Dios. Es la referencia esencial, sin la cual se producen tumbos peligrosos, hasta trágicos. Esa actitud es desechada en la sociedad contemporánea; declarada “agua fiesta”, hasta nociva para su falso concepto de la libertad. Es muy grave que se naturalice lo que contradice la verdad y se opone al bien. Ocurre a la vista de todos, valiéndose de medios sofisticados y económicamente muy rentables. Se requiere volver a la verdad, negada a ser un invento de moda, que desvirtúa el concepto mismo de la historia humana. Me preocupa tanta gente que muere sin pensar en Dios y sin referir su comportamiento a la voluntad del Padre. El juicio se viene, no a la manera de los juicios humanos. Es la Verdad, que confronta la vida de quienes hicieron lo que quisieron con ella. Cristo es el juez, porque es la Verdad que cuestiona la vida de sus únicos responsables: “Ustedes juzgan según la carne; yo no juzgo a nadie, y si lo hago, mi juicio vale porque no soy yo solo el que juzga, sino yo y el Padre que me envió”. (Juan 8, 15-16) Su identificación con el Padre lo constituye en la Verdad que examina a los hombres. Por ello, es designado Juez universal.