El nacimiento de san Juan Bautista

24 de junio de 2018

Lucas 1, 57-66. 80

 

1.- El hombre Santo. Juan Bautista es un hombre de excepcional estatura religiosa. La adopción del innegable carácter religioso de todo ser humano hace más “hombre” al hombre. No lo entiende así el mundo que ha mezclado lo auténticamente religioso con elementos de superstición y fraude. Un racionalismo a ultranza excluye apriorísticamente la fe religiosa. Es una actitud intelectual poco “razonable”. Jesús considera a Juan como un gran hombre: “Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan Bautista;” (Mateo 11, 11). La identidad humana depende de su fidelidad a Dios. Juan Bautista es un modelo humano, propuesto por Jesús mismo, a causa de su fidelidad a la misión que Dios le ha encomendado. La auténtica evangelización promueve un humanismo revelado en Cristo y concretado en el Bautista y en los santos. ¡Qué oportuna es hoy la contundente afirmación del Señor! El Santo Precursor cerró su camino de fidelidad oponiéndose al frívolo y embustero Herodes, aun sabiendo que de esa manera arriesgaba su vida. No temió al odio de Herodías, tampoco a la cárcel injusta y a su cruenta decapitación.

2.- Un desafío a la evangelización de la Iglesia. Juan es un hombre de Dios, que sabe decir a los hombres lo que necesitan escuchar. Como le acontece en el cumplimiento de su misión de Precursor, también Jesús padecerá la persecución y la muerte, por parte de quienes no soportan ni soportarán la verdad. Lo que ha ocurrido recientemente en la Cámara de Diputados expone a las claras que nuestro pueblo argentino reclama “angustiosamente” ser evangelizado por su Iglesia, como afirmaba – de todo el mundo – el Beato Pablo VI, próximo a ser canonizado. No nos es lícito enfadarnos frente a quienes, erróneamente, piensan que su propuesta es la verdad. Nuestro deber como Iglesia es ofrecer a Cristo: “Verdad y Vida”, por los medios que Él mismo nos ha facilitado para ello. El alejamiento escandaloso, de un 80% de nuestros bautizados, de los medios imprescindibles para mantener vivo el Bautismo, constituye la causa del abandono de la fe de muchos. Quienes militaban, con sus pañuelos verdes, por la legalización del aborto, en su mayoría bautizados – hasta católicos confesos – manifestaron una inexplicable contradicción. La Iglesia no es una institución con fines de lucro ideológico o monetario. Es lo que ella dice de sí misma, mediante el Magisterio que Cristo le ha confiado: “Y porque la Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano…”. (Lumen Gentium n° 1)

3.- Dios, el Padre de nuestra vida. La Iglesia es necesaria al mundo, como el oxígeno a los pulmones. La responsabilidad de sus dirigentes consiste en velar para que los cristianos respondan al espíritu y a la voluntad de Cristo, su Fundador y Cabeza. A nadie debe sorprender o escandalizar que la Iglesia lo empeñe todo: su popularidad y la vida de sus hijos – Pastores y laicos – por mantenerse fiel a la verdad que debe encarnar, y le urge exponer ante los lobos hambrientos de la actualidad: “Yo los envío como a ovejas en medio de lobos: sean entonces astutos como serpientes y sencillos como palomas”. (Mateo 10, 16) Su intervención toca puntos neurálgicos de la cultura y sociedad contemporáneas. Por ello es injustamente tironeada por quienes pretenden usarla a su favor, intentando que ceda, doctrinal y moralmente, al caprichoso balanceo ideológico de las contradicciones que los enferma hoy. Su oposición a la legalización del aborto responde a la Verdad revelada, no a una concepción optable, como tantas otras. Los mejores expositores en defensa de la vida no han dejado de destacarlo. La vida no es el don del hombre y de la mujer; no pueden disponer de él como si fueran sus creadores y absolutos dueños. Han sido concebidos para que, en ellos, Dios deposite el don de la vida. El Beato Pablo VI dijo, con gran ternura: “Dios es el Padre de nuestra vida”.

4.- La libertad y los derechos. La consecuencia de convertir el deber en un falso derecho constituye un fraude a la verdad. Por ejemplo: “Soy dueña de mi cuerpo y hago lo que quiero con él”. San Juan Bautista jamás ha cedido a la tentación de arrogarse derechos que no le correspondían. Hizo lo suyo: proclamar la verdad y aceptar sus riesgos; señalar la presencia del Mesías y ponerse a un costado para que la verdad otorgara auténtica libertad a quienes se diponían a seguirlo. Jesús lo confirma: “Si ustedes permanecen fieles a mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos: conocerán la verdad y la verdad los hará libres”. (Juan 8, 31-32) En estos días hemos sido espectadores de un verdadero mal uso de la libertad. La soberanía de un pueblo se logra cuando son respetados los derechos de los ciudadanos, sobre todo el principal derecho a la vida desde que aparece hasta que se extingue biológicamente. La media sanción decidida por la Cámara de Diputados hace añicos ese principal derecho humano y condena a muerte a sus más inocentes acreedores.