Domingo 11º durante el año – Ciclo B

17 de junio de 2018

Marcos 4, 26-34

 

1.- El Reino y la semilla diminuta. Quizás pueda sorprendernos la utilización de parábolas para explicar el tema principal de las enseñanzas del Señor. Me refiero al Reino de Dios, al que deben integrarse los hombres para salvarse. La necesidad de que todos puedan acceder a su conocimiento inspira el método de las parábolas: “También decía: ¿Con qué podríamos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola nos servirá para representarlo? Se parece a un grano de mostaza”. (Marcos 4, 30) Es el lenguaje apropiado que hace inteligible la Verdad que Jesús viene a exponer y a testimoniar. Lo aprenden los humildes y les resulta de difícil comprensión a los soberbios. Al iniciar su ministerio lo anuncia sin complicarlo con la terminología intrincada de los “sabios y prudentes” de este mundo: “A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar: Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca”. (Mateo 4, 17) Pero, ¿qué es el Reino de los Cielos, que Jesús ofrece a sus oyentes para la conversión? No encuentro diccionarios teológicos que lo aclaren como corresponde. Se identifica a la persona de Cristo, su profeta y constructor.

2.- El valor de la humildad. No es de este mundo. El Rey es Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Su dominio real es el amor que profesa a sus súbditos. La expresión temporal del mismo contradice el prestigio humano y escoge la semilla, para representarlo, la más humilde. Su fruto – el Reino de Dios – exige la humildad y el despojo generoso de todo lo aparente, destinado inexorablemente a desaparecer. Al hombre rico, que desea obtener la Vida eterna, Jesús lo invita a despojarse de su cuantiosa fortuna – para lograrla – darla a los pobres y seguirlo. Es un reino efímero el de este mundo repleto de bienes materiales, frágiles y transitorios. El poder de sus magnates procede del frívolo posesionamiento de fortunas destinadas a la catástrofe y a la tristeza de sus dueños. Eso siempre y cuando no sea dedicado al bien común y a resolver los desequilibrios causados por la injusticia y la mezquindad. No parece predominar esta valoración trascendente en el ordenamiento y construcción de las modernas sociedades. Me refiero a valores que se oponen a aquellos otros que constituyen las bases de proyectos políticos y económicos dispuestos a imponer sus condiciones. Son los que predica Jesús como contenido de su misión, decidida por el Padre, de Quien se sabe enviado.

3.- Evitar el mal y construir en la verdad. La ignorancia y su consecuente desequilibrio humano hacen estragos en todo intento de construir una sociedad regulada por el orden y la justicia. La fatiga y el desaliento crean conflictos entre las personas y los pueblos, hasta promover guerras, aberrantes delitos e irrevocables tragedias. No nos es lícito mirar para otro lado cuando, con enorme desfachatez, los grandes de este mundo dicen y deciden lo que pone en peligro la estabilidad y el bien principal del pueblo. Todos tienen algo que aportar para evitar el mal y construir una nueva convivencia en la verdad. Cristo no vino a proponer una opción, entre otras, para cerrar grietas irresponsablemente abiertas y profundizadas por quienes creen tener la razón y constituirse en la mágica solución que esperan los ilusos e insensatos. Cristo es la Palabra de Dios, imposible de ser inventada por quienes, poderosos económica y políticamente, dinamitan todos los puentes para el diálogo y la búsqueda del bien y de la verdad. Cristo es el Autor de la unidad. Se constituye en tal en el momento humanamente menos propicio: su muerte en Cruz. “Autoridad” es resultado de dos términos que convergen en la Persona de Jesús: autor o creador de la unidad. No lo entienden así los que la ejercen ocasionalmente. Basta recordar lo que enseña el mismo Señor a sus discípulos: “Ustedes saben que los jefes de las naciones dominan sobre ellas y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no deben suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo: como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud”. (Mateo 20, 25-28)

4.- Vivir el Evangelio. Es el momento de tomar en serio el Evangelio. Supone, en primer término, no arrinconarlo y mantenerlo herméticamente cerrado. La lectura del Evangelio exige ser encarnado por quienes lo leen. El Papa Francisco acaba de reconocer canónicamente el Martirio de Mons. Angelelli y compañeros – dos sacerdotes: Carlos Murias, Gabriel Longueville y el laico Wuenceslao Pedernera – que abre el camino a la beatificación, sin necesidad de milagros. Mons. Angelelli ha sido un Pastor que encarnó el Evangelio para su pueblo, durante los graves acontecimientos de la pasada dictadura. Sin duda el Evangelio es la suprema norma de vida del cristiano. Su lectura habitual constituye el fuerte reclamo de la Palabra de Dios, expuesta en la Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo. Está destinado a alimentar nuestra fe y a comprometer nuestra vida.