Domingo 10º durante el año – Ciclo B

10 de junio de 2018

Marcos 3, 20-35

 

1.- El “parentesco” de la fidelidad a Dios. Nos parece normal que, hasta la Resurrección, aquellos hombres y mujeres, no identificaran a Jesús y, al contrario, lo confundieran con un exaltado, poseído por el demonio y digno de ser alejado de la gente. ¡Qué despistados estaban! Algunos esgrimían ciertos derechos de parentesco para apropiarse de Él, con la buena intención de protegerlo. ¡Con qué firmeza responde a tales reclamos! Califiquemos con delicada comprensión a quienes, por amor, reclamaban su atención: “Tu madre y tus hermanos te buscan ahí fuera”…”Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”. (Marcos 3, 32-35) La consanguinidad es sublimada por la fidelidad a Dios. Lección difícil de aprender desde de un amor más apropiador que dadivoso. Los Padres y Pastores de la Iglesia advierten que María es modelo excelente del amor a su Hijo divino. Es más la Madre de Jesús por su fidelidad a Dios que por el proceso biológico de su maternidad. Dios garantiza y estimula nuestra fidelidad para que nuestra filiación – y nuestra fraternidad – sean efectivas.

2.- Conocer a Jesús mediante el testimonio apostólico. Con frecuencia me sorprendo pensando qué sería de mí si no conociera a Jesús; si los Apóstoles – hoy su Iglesia – no me lo hubieran presentado, perfectamente identificado como hombre y Dios. A pesar de los veinte siglos transcurridos, grandes multitudes aún no lo conocen o lo conocen mal. Ello significa estar privados del gozo de saberse redimidos por Él y, en consecuencia, de desconocer la Verdad y la Vida que conducen a la felicidad, ya en esta etapa espacial y temporal. No nos sorprenden las confusiones de un mundo sin este correspondiente conocimiento. La mayor de ellas aparece poniendo en duda el derecho a la vida de todo ser humano, desde la concepción hasta su fin biológico. Hemos escuchado las argumentaciones en pro y en contra de la legalización del crimen del aborto. ¡Qué degradantes e irresponsables las bases de quienes propician el aborto! ¡Qué bien fundados científica y filosóficamente los que se oponen a su despenalización o legalización! Es inevitable que una campaña mediática despiadada haya creado un clima emotivo asfixiante, sobre todo entre la mujeres jóvenes, capaz de ahogar por completo el respeto a la vida de los seres más inocentes e indefensos. El aborto no es solución a la múltiple casuística que parece presentarlo como única opción. La única opción es la vida del hijo y de la madre, constituyéndose, además de las convicciones morales que la sustenten, en un llamado urgente y cuestionador a los científicos y a las autoridades que deben asistirla y protegerla.

3.- Sólo la gracia de Cristo cambia los corazones. La presencia de Cristo alcanza una dimensión de particular relevancia cuando, en los conflictos gravísimos de la actualidad, se intenta impedir todo proyecto superador de sus falencias. Se cumple declaración del Ángel de la Anunciación: “porque no hay nada imposible para Dios” (Lucas 1, 37) Cristo es Dios, que en su calidad de hombre no podría lograr resolver tales conflictos; ciertamente lo puede como Dios. No deja de ser hombre, pero manifiesta su divinidad en el hecho incuestionable de la Resurrección. Es cuando causa lo que los hombres – sin su gracia – no pueden lograr: “Y si Cristo no resucitó, es vana nuestra predicación y vana también la fe de ustedes”. (1 Corintios 15, 14) Porque, por medio de la Resurrección, Cristo se convierte en “causa de salvación eterna para todos los que le obedecen” (Hebreos 5, 9). De esa manera – el Dios verdadero – hace posible lo que para los hombres es imposible. La imposibilidad humana no cesa de manifestarse en cada acontecimiento e intentos de llegar a un éxito que encuentra insalvables obstáculos. Para salvar esos impedimentos se requiere que la gracia de Cristo cambie los corazones de sus responsables.

4.- Amarlo y testimoniarlo con autoridad. Refiriéndome a los comienzos del texto evangélico, celebrado hoy, acentúo el núcleo de su contenido. Como entonces, también hoy, Cristo es desconocido, incluso por quienes declaran conocerlo. Como lo expresé en otras ocasiones: sólo conocen a Cristo quienes lo aman. Recordemos el diálogo con Pedro, cuando le confiere toda la autoridad pastoral: “Apacienta a mis ovejas”. Sus discípulos deben amarlo para testimoniarlo con autoridad. Particularmente Pedro, a quien pone a la cabeza de los Doce. De allí la triple y sorpresiva pregunta: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?” (Juan 21, 15). Hoy, con cierta mayor urgencia, el mundo necesita que los creyentes amen a Cristo, como Pedro, y se dispongan a apacentar sus ovejas, vale decir, a quienes, sin exclusión, alcanza la virtud salvadora de la Cruz. Para ello, será preciso “hacer la voluntad de Dios”, expresada en la palabra y el ejemplo de Jesucristo.