El Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo – Ciclo B

3 de junio de 2018

Marcos 14, 12-16. 22-26

 

 

1.- La presencia real de Jesucristo. Cada año hacemos memoria del singular acontecimiento de la presencia real de Jesucristo, al celebrar la Eucaristía. “Es Él”, lo señalan los santos con entrañable piedad. En la biografía del Santo Cura de Ars, se lo sorprende declarando a sus feligreses: “Allí está (en el Sagrario que señala respetuosamente) porque nos ama”. Corrientes ha tenido el privilegio de celebrar el X Congreso Eucarístico Nacional, en el año 2004, y mostrar, a nuestros conciudadanos, al mismo Señor sacramentado por amor. San Ignacio de Antioquía afirmó: “Mi Amor está crucificado”. Se me ocurrió copiar su expresión de esta otra manera: “Mi Amor está sacramentado”. Compruebo con agrado, en un número creciente de fieles cristianos, la práctica de la adoración eucarística. Sin duda, el Espíritu Santo los anima y, de esa manera, renueva en ellos el ardor de Pentecostés. El deplorable estado moral del mundo necesita al Espíritu que Cristo resucitado – y sacramentado – ofrece a quienes quieran recibirlo. La acción evangelizadora de la Iglesia intenta manifestar la necesidad “casi angustiosa” del mundo (Evangelii Nuntiandi – Beato Pablo VI) de ser evangelizado.

2.- La impronta de la devoción eucarística. La Eucaristía es el mismo Cristo, realmente presente gracias al Sacramento, tan al alcance de todos, que corre el riesgo estremecedor de ser maltratado por sus mismos creyentes. Es el Signo que el Señor ha elegido para que – por la fe – establezcamos con Él la más tierna de las relaciones. La ignorancia y la insensibilidad espiritual lo desplazan al rincón más oscuro de la vida contemporánea. No obstante, mediante celebraciones como la del Corpus, se mantiene viva su memoria. La devoción eucarística causa una fuerte impronta en los cristianos más conscientes de su vida bautismal. Se populariza, en la medida de la frecuente celebración del misterio eucarístico y del fervoroso culto de la adoración. Tal misteriosa atracción procede del hecho de la presencia real de Cristo vivo e inmolado por amor a los hombres. Para llegar a Él se requiere la fe. La incredulidad, explícita o práctica, enturbia el clima social hasta rechazar la fe litúrgicamente profesada o ignorada.

3.- Cristo: lo único necesario. Esta perspectiva abre infinidad de cuestionamientos que denuncian el mismo y simple origen. El ateísmo y el agnosticismo – con su perspectiva materialista – a Dios gracias no demasiado propalados, exhiben espacios notables en las culturas y medios modernos de comunicación. Su influjo rige algunas expresiones del lenguaje común y del comportamiento de muchos hombres y mujeres de la actualidad. Lo “único necesario” que descubrió María de Betania, mantiene su necesidad para los hombres y mujeres de nuestra moderna sociedad. Me refiero a Cristo, más presente que entonces, en virtud de su estado de resucitado y, por lo mismo, única causa de salvación para el mundo. La Eucaristía, anunciada por Jesús e incomprendida por muchos de sus seguidores (Juan 6, 51-58), se constituye en la única respuesta a esa innegable y lacerante necesidad humana. La Iglesia, evangelizadora y misionera, mantiene inconmovible la misión retransmitida por su Maestro, a veces velada, por obra de los poderosos e irresponsables señores de la actual generación. La solemnidad del Corpus trasciende el homenaje y atrae la respuesta de Dios a la angustiosa búsqueda del mundo, en el lenguaje de los signos escogidos por el mismo Señor resucitado. Para identificarse y hacerse entender requiere nuestra fe. Es oportuno reiterar que su máxima contraindicación es la incredulidad, y su parienta: la ignorancia. La fe es don gratuito de Dios, y, el conocimiento intelectual, es fruto espontáneo del estudio y de la conveniente catequesis. Es fácil comprobarlo, aunque el fenómeno de la incredulidad se camufla, con frecuencia, en una brillante e ilustrada exposición mediática.

4.- Hasta el fin de los tiempos. En un mundo de la imagen y de lo tangible, como el nuestro, la fe, que constituye lo contrario, encuentra un obstáculo de difícil resolución. Sin embargo la realidad “consistente” (según el Beato Newmann) sólo es perceptible por la fe. La incredulidad – ateísmo-agnosticismo – es una ceguera científicamente incurable. La gracia de Dios logra la visión para percibir la Verdad trascendente. Es preciso predisponerse a recibirla con humildad. Virtud poco común, en lo que se dice y se hace, y, no obstante, imprescindible en la aprehensión de la Verdad. El homenaje piadoso, a la presencia eucarística, reclama la aceptación humilde de la enseñanza de Cristo. Cuando se convierte en el Pan celestial prometido, – última Cena – para alimento sustancial de la vida de los creyentes, realiza lo que dice: “Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: Tomen y coman, esto es mi Cuerpo”. (Mateo 26, 26) Al mandar a sus Apóstoles a reiterarlo en su Nombre, les confiere el poder de hacer lo mismo y transmitirlo a otros, hasta el fin de los tiempos.