La Santísima Trinidad

27 de mayo de 2018

Mateo 28, 16-20

 

 

1.- Dios es la Santísima Trinidad. A Dios no lo podemos imaginar, es como Jesús nos enseña que es: “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo…” (Mateo 28, 19) Dios es la Trinidad Santísima y únicamente en su nombre todo es creado y redimido. Hoy, después de haber celebrado a las Personas divinas del Padre, del Hijo encarnado y del Espíritu Santo, podemos entender sus relaciones y comprobar, en la unidad perfecta de las mismas, la imagen que debemos reproducir: “Y Dios creó al ser humano a su imagen; los creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer”. (Génesis 1, 27) Dios, Uno y Tres, es el ideal a lograr por todo hombre (varón y mujer). No es una fábula, inventada ingenuamente para explicar el hecho de la aparición del hombre en el Universo material. Es el acontecimiento, científicamente comprobado, del ser humano como síntesis de la creación visible. Ya lo expone el Magisterio del Concilio Vaticano II, en una fórmula original: “En la unidad de cuerpo y alma, el hombre, por su misma condición corporal, es una síntesis del universo material, el cual alcanza por medio del hombre su más alta cima y alza la voz para la libre alabanza del Creador”. (Gaudium et Spes, n° 14)

2.- La ingestión del fruto prohibido. Se deduce la vinculación que existe entre la Trinidad Santísima con su creación, particularmente con el hombre. El pecado consiste en el obstáculo, provocado por el mismo hombre, interpuesto en el cumplimiento de la unidad, de la que la Trinidad es modelo ejemplar. Si el hombre aparece como reproducción creada de Dios – Uno y Trino – el pecado es su contradicción. Por lo tanto, el pecado no se agota en una simple transgresión de la ley, es una situación existencial que pone al hombre en camino a su perfección o a su mortal fracaso. Conocemos su dramática historia y la respuesta misericordiosa de Dios. El libro del Génesis relata el pecado con simples y vivas expresiones (cap. 3). Avergonzarse ante Dios indica que el pecado trasciende la ingestión irresponsable del fruto prohibido para constituirse en una trágica desobediencia al Creador. La vergüenza es consecuencia de la traición perpetrada contra su Padre y Señor. La desnudez es la espantosa soledad causada por el pecado. Es la situación en que se encuentran muchas personas, no logrando superar estados profundos de tristeza y depresión. La liberación del pecado constituye la recuperación de la auténtica alegría de vivir. Cristo es “el Cordero que quita el pecado del mundo” y el transmisor de la paz: “Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo”. (Juan 14, 27) Así entendida, la paz es consecuencia de la liberación del pecado.

3.- La pérdida del sentido del pecado. Nos circunda un mundo carente de paz. Es un mundo que se nos mete dentro en la medida en que nos hacemos cómplices de su incapacidad de lograr la paz: a causa de los pecados ocultos y públicos. La desnudez, que avergüenza a Eva y a Adán, es la estremecedora tristeza derivada del pecado cometido. Cuando la primera pareja se esconde de Dios: – “Oí tus pasos por el jardín (respondió Adán) y tuve miedo porque estaba desnudo. Por eso me escondí”. (Génesis 3, 10) – advierte que la traición los hace sentir – a ambos – despojados de su primitiva dignidad e inocencia. Al mantener el sentido de su pecado Adán y Eva se disponen a un reencuentro restaurador con su Creador. Hace muchos años, el recordado y Venerable Papa Pio XII declaró que el mundo “ha perdido el sentido del pecado”. Lo mismo afirmarán sus sucesores: Benedicto XVI y Francisco. Algunos espectáculos de la farándula, proyectados en nuestras playas y calles, evidencian esa lastimosa carencia de sentido. Algunas manifestaciones mal llamadas reivindicativas de la mujer – o feministas – asombran hasta el espanto.

4.- Volver al conocimiento de Dios. En otras oportunidades hemos afirmado que el mundo necesita volverse a Dios. Para ello, necesita recibir noticias ciertas, emitidas por Quien viene del Padre y es enviado a comunicar su conocimiento auténtico: “Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mateo 11, 27). No hemos hecho más que referirnos a Él, durante los Tiempos fuertes de Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua. Toda la historia humana coincide con el Tiempo fuerte de la Redención. Es lamentable verlo pasar sin involucrarse en él. La Iglesia – todos los bautizados – ha sido responsabilizada para testimoniar el conocimiento del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, en una sociedad donde sus integrantes continúan, a tientas, en la densa oscuridad de su propia ignorancia y consecuente orfandad.