Ascensión del Señor – Ciclo B

13 de mayo de 2018

Mateo 28, 16-20

 

 

1.- El aprendizaje de la fe. Con frecuencia me he preguntado por qué, viéndolo resucitado, algunos dudaron de Él: “Al verlo, se postraron delante de él, sin embargo, algunos todavía dudaron”. (Mateo 28, 17) ¿En qué consistía aquella inexplicable duda? ¿No será acaso el persistente rechazo a iniciar el aprendizaje de la fe, que supieron completar los Apóstoles? El Papa Benedicto XVI ha dedicado buena parte de su magisterio a explicar la importancia esencial de la fe en el desarrollo de la vida cristiana. Creer en Cristo es el principal empeño de quienes se proponen responder al don de la fe, haciendo de toda su vida una respuesta creyente. Hoy celebramos la Ascensión del Señor, momento culminante del reconocimiento de la Resurrección de Jesús. Si algunos discípulos “aún dudaban”, se imponía aclarar la comprensión integral de la fe en la historia del pueblo creyente. La fe en Cristo resucitado desecha toda fabulación, a la que ceden fácilmente muchos de nuestros contemporáneos. El Hecho de la Resurrección, que acabamos de celebrar, es real: único e inconfundible.

2.- Jesús no se va. El “hecho” de la Ascensión cobra un significado particularmente actual. Jesús no se va. Está junto al Padre y – gracias a la Resurrección – permanece en el mundo con su capacidad redentora en plena actividad. La Carta a los hebreos lo identifica en su condición de hombre verdadero y Dios verdadero: “Él dirigió durante su vida terrena súplicas y plegarias, con fuertes gritos y lágrimas, a aquel que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su humilde sumisión”. “De este modo, él alcanzó la perfección y llegó a ser causa de salvación eterna para todos los que le obedecen…” (Hebreos 5, 7-9) Su presencia redentora es un hecho que, por serlo, reviste la innegabilidad de toda realidad. Podrá no convenir a la cosmovisión de algún sector de la sociedad, pero, está allí, independiente de lo que intentan quienes creen ser los dueños interesados de la verdad. La Iglesia no se cree dueña de esa Verdad, sino su necesaria transmisora. La recibe como legado, con el fin de difundirla fielmente. La Ascensión del Señor es el momento culminante del Misterio Pascual y, por lo mismo, debe ser anunciada inseparable de la Resurrección. La Iglesia, fundada en los Apóstoles, al testimoniar – mediante la predicación – el hecho de la Resurrección, confiesa la divinidad de Cristo. Así está presente, con todo el poder de la Resurrección, entre nosotros, como lo está junto al Padre: “Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra”. (Mateo 28, 18)

3.- El inocultable mandato misionero. La Ascensión es, también, el momento del envío misionero de toda la Iglesia: “Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo”. (Mateo 28, 19-20) Es entonces cuando se inicia la evangelización del mundo, sin otra preparación que la de aquellos pobres hombres, dispuestos a cumplir la riesgosa misión que el Maestro les encomienda. No confían en sus dotes naturales sino en el poder del Espíritu del Señor resucitado. El mundo, tanto judío como pagano, no los entenderá, no obstante, si quiere salvarse, deberá escucharlos. El coraje que manifiestan no corresponde a espíritus aparentemente fuertes y aguerridos sino a la gracia de Cristo. No temen porque han afincado sus vidas y ministerio en Jesús: “la piedra angular, desechada por los arquitectos de este mundo” (Salmo 18, 22). Así los observamos moverse sin temor: entre templos y sinagogas, ante los poderosos jefes de su pueblo y los temibles romanos. Valor que les viene de la gracia, que los asiste siempre, “hasta el fin del mundo” (Mateo 28, 20).

4.- La autoridad moral del Evangelio. La celebración de la Ascensión nos recuerda la vigencia actual del acontecimiento. La misión encomendada a la Iglesia y la presencia viva de Cristo resucitado constituyen el “hecho” innegable. Su acción se hace más apremiante en circunstancias como las actuales, en las que las transgresiones morales se publicitan con un descaro sin precedentes. Basta observar, sin prejuicios ideológicos, lo que proponen con suma liviandad algunos medios de comunicación. Detrás de esas diversas y escandalosas transgresiones se percibe la pérdida del sentido moral, del respeto a la vida, a la mujer, a la niñez y a la ancianidad. El Evangelio, predicado por sus auténticos ministros, posee la autoridad moral adecuada para llamar a la conversión e inspirar un estilo de vida absolutamente nuevo. La Ascensión de Jesús no es más que la confirmación de la actual presencia de Cristo resucitado en el mundo.