Quinto Domingo de Pascua – Ciclo B

29 de abril de 2018

Juan 15, 1-8

 

 

1.- La inserción en el Misterio de Cristo. El pensamiento evangélico de Juan se nutre de la experiencia reciente de la Resurrección. Cristo ha resucitado y, por tanto, se ha constituido en la causa actual de renovación para todos los hombres. No existe otra posibilidad de Vida nueva que la inserción en el Misterio de Cristo, que suministra, a los protagonistas de la historia contemporánea, su virtud santificadora. A partir de entonces el empeño apostólico de la Iglesia consistirá en que toda la humanidad, mediante la “pobreza” de la palabra humana o “la predicación”, tenga la posibilidad de esa vital inserción: “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer”. (Juan 15, 5) La predicación del Señor no disimula la gravedad del momento histórico y, por lo tanto, la necesidad de la gracia divina. Tampoco debe hacerlo su Iglesia, aún en condiciones muy adversas, como las actuales. El mundo, que parece rechazar su palabra, hasta con violencia, terminará acusándola ante el tribunal de Dios si, por timidez, o búsqueda de mezquinas seguridades, no le anuncia, “con ocasión o sin ella”, la Buena Noticia de la Salvación.

2.- Rostros actuales del Buen Pastor. Jesús busca rostros, en su Iglesia, que expresen, con la mayor fidelidad posible, su amor extremo de Pastor. Lo logra en muchos, en otros no. Hemos llorado de ternura y vergüenza sobre el fenómeno incomprensible de sacerdotes y religiosos pedófilos. Donde niños y niñas inocentes buscaban el rostro del Buen Pastor, encontraron lobos rapaces y miserables. Sin enjugarnos las lágrimas de ese dolor es oportuno que aceptemos el desafío de mostrar, mediante una vida santa, el rostro divino de Jesús, el Buen Pastor de todos los hombres. Él lo es hasta dar la vida, como la vid da su savia a los sarmientos: “Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí”. (Juan 15, 4) La Vida que ha perdido el mundo, por causa del pecado, es devuelta mediante el drama de la Cruz de Jesús. Es necesario ese misterioso suministro, de otra manera la vida – que creemos vida – no es más que una ficción, un verdadero y desconcertante engaño. El texto evangélico, ofrecido por el Apóstol Juan, no deja espacio para otra lectura que la del mismo evangelista: “Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor”. (Juan 15, 9)

3.- Es el momento de aprender a creer. Es admirable la percepción – que el Apóstol demuestra tener – del Misterio de Cristo. Recordemos que sobrevivió a los Doce, acompañó el desarrollo y consolidación de la Iglesia naciente – durante el primer siglo de su historia – y dejó plasmado su pensamiento en bellísimos escritos del Nuevo Testamento. Nuestro mundo necesita, con la sabiduría dimanada del anciano discípulo “al que Jesús amaba” (Juan 20, 2), encontrarse con Jesucristo y establecer con Él una verdadera inserción en su Misterio Pascual, como los sarmientos en la Vid. Una necesidad urgente, en la que se pone en juego toda la historia humana. Depende de la decisión de cada uno. Es el ejercicio de la fe, en el que los discípulos son iniciados por Jesús, particularmente durante sus diversas apariciones, ya resucitado. Cada uno deberá decir su “sí”, ejemplarizado por Tomás, el Apóstol que se negó aceptar el testimonio de sus hermanos. Es el momento de aprender a creer y lograr que, como sarmientos, nos insertemos en Cristo: Vid que ofrece su Vida. Es la perspectiva que nos permite comprender las afirmaciones misteriosas del Maestro resucitado: “Yo soy la verdadera Vid y mi Padre es el viñador. Él corta todos mis sarmientos, que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía”. (Juan 15, 1-2)

4.- Cristo entusiasma a los jóvenes. Sería perder el tiempo especular, como presupuesto previo, sobre la necesaria inserción en Cristo – “Vid verdadera” – sin concretarla de inmediato. Para que el mundo reciba esa Nueva Noticia, de manera eficaz, necesita que los sarmientos (nosotros) nos presentemos en sociedad, vivificados por la Vid. Ante el agradable espectáculo de muchos jóvenes, entusiasmados con la persona de Jesús, se despierta la esperanza de una evangelización explícita del mundo contemporáneo: sus culturas, hábitos y estructuras. Pero, a raíz de recientes manifestaciones clamorosas, a favor del aborto, protagonizadas por jóvenes y adolescentes – manipulados por adultos de muy diversas categorías ideológicas – se comprueba la carencia de una adecuada educación de sus conciencias. Es la hora de una evangelización más convincente por parte de los cristianos, junto a tantos otros que comparten similares convicciones.