Cuarto Domingo de Pascua – Ciclo B

22 de abril de 2018

Juan 10, 11-18

 

 

1.- El Pastor ofrece su vida. No es posible dejar, para el marco de una estampa religiosa, la bondadosa y dulce imagen de Jesús cargando sobre sus hombros a la oveja recuperada. Al identificarse como Buen Pastor, se declara el seguidor incansable de los pecadores. Esa es su identidad, no lo entendemos de otra manera. Su bondad llega al extremo de ofrecer su vida por el peor de los pecadores: “Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas”. (Juan 10, 11) Un mundo tan egoísta, donde la amistad ha perdido su dimensión profunda, no entiende como ideal llevar el amor hasta ese extremo. Amar hasta el don de la propia vida en favor de otro, aparece como excepcional e insólita manifestación de amor. Sólo Dios puede llevar su amor hasta ese extremo, y constituirlo en paradigma del verdadero amor entre las personas. Dependen, de su aceptación, la justicia y la paz anheladas. El bien de la humanidad misma depende de ello. No existen alternativas igualmente válidas. El texto evangélico de Juan – que corresponde a este cuarto domingo de Pascua – no parece tolerar sustituciones.

2.- Cristo es el Dios Pastor. Jesús es el Dios Pastor porque revela en su relación con sus “ovejas” la dimensión del amor que lo asiste en el cuidado y búsqueda de sus hijos más alejados y perdidos. En Cristo Dios revela su auténtica identidad. Si el Apóstol teólogo no titubea en definir a Dios con un simple término: “porque Dios es amor”, Jesús, que es su personificación, lo muestra como tal en el ejercicio constante de la misericordia. En sus gestos y docencia el Maestro divino no diluye esa principal enseñanza; encuentra para ella las expresiones más simples y conmovedoras. Recordemos las escenas de María Magdalena, que llora a sus pies, y de la pobre mujer adúltera. Viene a buscar al que está más perdido y encara, con mucho valor, la inflexibilidad de sus contendientes; de sus leyes intocables y de sus rígidas tradiciones humanas. La parábola del “hijo pródigo” es una respuesta espontánea a la crítica de los escribas y fariseos, que objetan su familiaridad con los tildados “pecadores”. De esta manera recuerda el valor que – para Dios – mantiene la dignidad de todo ser humano, incluyendo la de quienes que, por sus delitos personales, merecen ser severamente sancionados.

3.- Es el prototipo del verdadero gobernante o dirigente. La imagen del Buen Pastor, que da su vida por quienes debe pastorear, está destinada a gobernar el Universo. Sin ella es imposible el orden, la justicia y la auténtica construcción del bien común. Jesús mismo, cuando se refiere al ejercicio de la autoridad, lo explicita sin subterfugios: “Jesús los llamó y les dijo: “Ustedes saben que aquellos a quienes se considera gobernantes, dominan las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así”. “Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud”. (Marcos 10, 42- 43. 10, 45) El pecado del mundo consiste en la pretensión de algunos hombres que intentan adueñarse de quienes debieran servir, mediante el humilde ejercicio de la autoridad. Se dan excepciones alentadoras, pero, son excepciones. Hace algunos años fallecía el rey Balduino de Bélgica. El Cardenal Daneels, pronunció una homilía exequial de hondo significado: “Algunos reyes, más que reyes son pastores”, afirmó entonces. Una inspiración de lo Alto también pone en condiciones de concretar el ejercicio de la autoridad como servicio humilde. La fe en Cristo constituye la garantía de ese urgente y necesario intento. En pueblos, semejantes al nuestro, debiera ser común su práctica, ya que su juramento constitucional adopta el Nombre de Dios, y los textos sagrados del Evangelio, como suprema referencia. Ya no es obligatorio, porque un buen funcionario podría no compartir la fe religiosa de la mayoría. De todos modos, la referencia al Supremo Hacedor, posee otras formas expresivas de idéntico valor para avalar tan graves compromisos.

4.- El don intocable de la vida. El texto, que hoy hemos proclamado, es la misma palabra de Cristo que lo presenta como modelo de comportamiento entre los hombres. Si la fe de los autocalificados cristianos se alimentara asiduamente de su palabra y de sus sacramentos ¡qué otra sería la vida en esta sociedad! Si fuéramos tan cristianos, como decimos ser, no ocurrirían las confusiones inexplicables que se producen entre los favorecedores y los contrarios a la legalización del aborto. Al debatir sobre el tema principal del derecho a la vida se comprueba un desubique espantoso, y un insostenible conflicto de derechos, produciéndose cierto hermetismo irracional de pétrea contextura. La exposición de la doctrina católica no se niega a escuchar los graves inconvenientes de la hora actual, pero, para resolverlos mantiene absoluta coherencia con los valores fundamentales, incluido, principalmente, el derecho a la vida.