Domingo de la Divina Misericordia – Ciclo B

8 de abril de 2018

Juan 20, 19-31

 

 

1.- Cristo vino a cambiar el corazón del hombre. La Resurrección nos abre la perspectiva, tan ansiada, del perdón. Sin la Muerte y la Resurrección de Cristo estaríamos inmersos en el pecado, y en sus derivados de muerte y de violencia. A diario estamos comprobando la presencia del mal y, sin perspectiva de fe, nos declaramos vencidos por la depresión y el miedo a la violencia sin aparente freno. Cristo vino a cambiar el corazón del hombre y hacerlo capaz de protagonizar una historia nueva. Su sacrificio no es en vano, aunque los hombres se empeñen en banalizarlo todo, como niños que se entretienen pretendiendo convertir sus fantasías en realidad. Lo humanamente increíble es la mayor de las verdades: “Cristo ha muerto y ha resucitado”. Allí radica nuestra esperanza y, gracias a Él, se nos ofrece participar de su Resurrección cuando llegue la hora de nuestra muerte. Su promesa tiene la solidez y firmeza de la verdad que procede de Dios. La soberbia, consecuencia del pecado, obnubila la mente hasta negar la existencia de Dios, Verdad sobre toda verdad y su innegable origen.

2.- El hombre no tiene otro Redentor que Cristo. Gracias a la Resurrección de Cristo somos liberados de todo mal. Particularmente de su causa: el pecado. Que no nos acobarden los violentos y logren silenciar en nosotros la verdad que ellos mismos necesitan para ser redimidos. La historia muestra facetas múltiples pero, exhibe un común denominador: la desventura causada por un mal uso de la libertad, llamado: “pecado”. El libertinaje, que asciende, desde ínfimas transgresiones hasta crímenes aberrantes, no tiene otro Redentor que Cristo muerto y resucitado. Lo hemos reconocido al celebrar la Vigilia Pascual. San Pablo afirma con indecible sabiduría: “Y si Cristo no resucitó, la fe de ustedes es inútil y sus pecados no han sido perdonados”. “Pero no, Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos”. (1 Corintios 15, 17. 20) En Él el Padre es convierte en Padre de nuestra vida y de su recuperación. El Tiempo Pascual es el más fuerte del Año litúrgico porque traspasa a la vida el Misterio anunciado y celebrado: “Éste es el día en que actuó el Señor: sea él nuestra alegría y nuestro gozo. Aleluya.” (Antífona de Laudes). Supone que la celebración pascual se hace vida del creyente y cambia sustancialmente el entorno que le es propio.

3.- La Pascua es un replanteo histórico. Las diversas experiencias de los discípulos de Jesús, a partir de la madrugada del domingo aquel, inician una vida nueva, hasta entonces esbozada como una promesa remota. Todo ha cambiado, como posibilidad cierta de cambio, al comprobar qué ha ocurrido en el Cuerpo glorificado de Cristo, sellado con los estigmas de la Cruz. Basta dejarse conducir por Él, y atravesar – de su mano llagada – el mismo sendero, que convierte el dolor de la propia cruz en instrumento de salvación: “Entonces Jesús dijo a sus discípulos: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”. (Mateo 16, 24). Es un verdadero replanteo histórico. Habiendo Él asumido nuestras penas y padecimiento, sin haber contraído el pecado que los causó, su presencia no nos exceptúa de “nuestra propia cruz” sino que nos otorga la capacidad de transformarla en redención “siguiéndolo”, y siendo con Él, hijos de su Padre: “a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios”. (Juan 1, 12) Aquí se expresa el valor transformador de la Pascua que estamos celebrando. Cristo, el Hijo de Dios encarnado, vino a establecerse entre los hombres para cambiar su triste y deplorable situación.

4.- Cristo nos hace sentir amados por Dios. El gozo de sabernos amados por Dios, hasta el don de su Unigénito, y de conocer que la Muerte y Resurrección de Cristo constituyen la expresión más conmovedora de ese amor, y ofrece la única ocasión de arriesgar exitosamente el paso (pascua) definitivo del pecado a la gracia, del odio al amor, de la violencia a la paz, de la soberbia a la humildad y del egoísmo a la auténtica solidaridad. Es preciso lograr que la celebración anual de la Pascua recobre su original sentido religioso. Quedan algunos resabios, muy tenues y poco destacados entre las Fiestas de nuestro calendario nacional. En gran parte de nuestros conciudadanos cristianos, la Semana Santa y otras celebraciones religiosas, se prestan a mini vacaciones sin referencia alguna a las mismas. ¡Gran desafío para la reevangelización de muchos hijos de la Iglesia Católica!