Domingo de Pascua de Resurrección – Ciclo B

1 de abril de 2018

Juan 20, 1-9

 

 

1.- Sin fe no entendemos lo que celebramos. Desde el alba de la Resurrección los discípulos y discípulas deben leer el novedoso acontecimiento en los signos de la fe. María aún no entiende que el Señor ha resucitado, por ello cree que su cadáver ha sido robado. Lo mismo ocurre con Pedro y Juan. Las últimas líneas del texto bíblico que hoy se impone a nuestra consideración lo consigna claramente: “Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos”. (Juan 20, 9). Su entrega generosa posee dos términos que se corresponden hasta identificarse: “consagrarse-santificarse”. La versión latina del Evangelio de San Juan utiliza el término “santificar”. Al leer al texto mencionado, no puedo menos que sentirme personalmente interpelado: “Por ellos me consagro (santifico), para que también ellos sean consagrados (santificados) en la verdad”. (Juan 17, 19) Conversando con colegas míos, y al comentar los últimos ataques a la Iglesia Católica, se me ocurrió pensar que, en lugar de deprimirnos, debemos cobrar nuevos bríos y considerar las agresiones como nuevos y previsibles desafíos a nuestro ministerio evangelizador. Constituyen resultados de intrigas maléficas, pero, sobre todo, consecuencias inevitables del desconocimiento de la doctrina de la fe.

2.- La necesaria vertiente de la fe. La Pascua que celebramos es la reactivación del acontecimiento más importante de la historia humana. Nos recuerda que, desde hace más de dos mil años, Cristo resucitado está en plena actividad salvadora, oponiendo su gracia (o su poder divino) a los manotazos demoledores del pecado. La espectacularidad de esos “manotazos” deslumbra negativamente a esta sociedad, y, la falta de suficiente difusión de la doctrina evangélica, desorienta y confunde a muchos de los que se profesan católicos. La celebración de la Pascua cristiana incluye una creciente concientización de sus exigencias morales. Son los cristianos quienes deben encarnar, de manera viva, el anuncio de Cristo resucitado y la integridad de su enseñanza. Pero todos ellos, sin excepción, necesitan el servicio del ministerio apostólico, ejercido legítimamente por el Papa, los obispos, los presbíteros y los diáconos. A través del ministerio sagrado es predicada la Palabra y son celebrados los Sacramentos de la fe. Por lo mismo, la fe, no adecuadamente alimentada por la Palabra y los sacramentos, se entibia hasta desaparecer. Algunas manifestaciones, de quienes se auto califican: “cristianos”, indican un decaimiento de los contenidos de la fe que dicen profesar. Falta, sin duda, el suministro de la gracia, ya que sus medios – Palabra y Sacramentos – han dejado de ponerse en práctica como es debido.

3.- Soy católico pero no práctico. La causa de tal confusión responde más a la ignorancia que a la maldad. Muy sueltos de cuerpo numerosos contemporáneos, declarándose católicos, reconocen su alejamiento de la práctica religiosa. Sin relación respetuosa y orante con la Palabra de Dios la fe se reduce a una formalidad que deforma el mismo sentido de pertenencia a la Iglesia. En consecuencia se presentan algunos “católicos” que se oponen a las enseñanzas de la Iglesia, a la que afirman pertenecer, y rechazan la legítima conducción de sus Pastores exhibiendo un fundamentalismo a ultranza, tanto de izquierda como de derecha. Es un hecho que salta a la vista, de manera incontrovertible. Debiéramos retomar la enseñanza del gran Apóstol Pablo, cuyas cartas son parte de la Sagrada Escritura. En el sostenimiento de la Palabra, que debía predicar, se jugó la vida, como también lo hicieron los Doce. Es una Palabra que el mundo desprecia por inoportuna, por el grado de confrontación que posee. Pero está viva en sus testigos autorizados e invendibles. Lo estará siempre. El Espíritu los anima – en la Iglesia – para que sepan campear las agresiones de sus enemigos tradicionales.

4.- No hay Pascua sin Cristo. No hay Pascua sin Dios y, en nuestro caso, sin Cristo. La costumbre de celebrar estas fiestas, sin referencia a la fe religiosa, ahonda más la incoherencia y la contradicción que ensombrecen nuestro panorama cultural y social. Nos deseamos: ¡Felices Pascuas! y no sabemos cuál es la Pascua que avala nuestro saludo festivo. ¿No es así, queridos conciudadanos? Consumimos roscas y huevos de Pascua e ignoramos que la Pascua es el “Pan bajado del Cielo”, celebrado en la Eucaristía. La coherencia que Cristo resucitado reclama de cada uno de nosotros, bautizados, es que lo reconozcamos presente en la Palabra y en La Eucaristía. La inmensa mayoría de los pobladores de esta amada Patria Argentina, está bautizada en la Iglesia Católica. Celebrar la Pascua es volver a sus orígenes y decidir que sus exigencias rijan nuestra vida personal y social. Con estos sentimientos deseémonos las tradicionales, ¡Felices Pascuas de Resurrección!