Domingo de Ramos – Ciclo B

25 de marzo de 2018

Pasión del Señor: Marcos 15. 1-39

1.- El clima doloroso de la Semana Santa. En dos momentos de la Liturgia de Semana Santa la comunidad cristiana se sumerge en la contemplación de la Pasión de Jesús. Hoy de la mano de San Marcos. Desde la fe en su divinidad no podemos evitar el estremecimiento que experimentó el centurión romano ante los fenómenos telúricos que rodearon la muerte del Señor: “El velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo. Al verlo expirar así, el centurión que estaba frente a él, exclamó: “Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios”. (Marcos 15, 38-39) Acaba de morir Stephen Hawking, gran científico británico que se declaraba ateo. Deseo que haya descubierto la Verdad que – en su vida terrestre – había reemplazado por el espacio, si no infinito al menos inabarcable. El conocimiento del Dios personal es fruto de la fe, de la que lamentablemente no disponía el genial hombre de ciencia. El Dios misericordioso, en el que creemos, echa mano a diversas formas para que, personas tan calificadas, logren prestarle atención y encontrarse con Él: “Fuente de toda verdad”.

2.- La Verdad que el mundo necesita aprender. Para ello será preciso disipar la niebla que opaca la percepción de la Verdad, encarnada en la humanidad de Cristo. La genialidad no habilita para su descubrimiento e íntimo conocimiento. Así lo ha expresado el Apóstol Pablo: “Por mi parte, hermanos, cuando los visité para anunciarles el testimonio de Dios, no llegué con el prestigio de la elocuencia o de la sabiduría. Al contrario, no quise saber nada, fuera de Jesucristo, y Jesucristo crucificado”. (1 Corintios 2, 1-2) Bien nos viene hoy, ante el espectáculo sobrecogedor de la Pasión, actualizar la enseñanza ofrecida entonces por el gran Apóstol. La Verdad, expresada en el drama doloroso que hemos proclamado, es el amor de Dios que crea el Universo y redime al mundo del pecado. Al adoptar la actitud de Pablo ante el Señor crucificado nos topamos con el extremo del amor divino, que insólitamente elije esa forma de manifestarse. Es preciso dejarse enternecer por la crucifixión que contemplamos en esta Liturgia. El ingreso de Jesús a Jerusalén, aclamado por el pueblo, sirve de marco inexplicable al drama del Viernes Santo, que anticipamos hoy con la lectura orante de la Pasión. Los grandes místicos profesaban una particular devoción al Señor crucificado. San Pablo lo descubrió como única Verdad a aprender y a enseñar. Imagino que pasaría largas horas “estando con Él” en la oración.

3.- Un espacio para estar con Él y recibir su palabra. El espacio creado por esta Semana Santa es propicio para reflexionar sobre Él, para estar con Él y testimoniarlo ante un mundo que lo necesita, aunque se resista a escucharlo. El Apóstol San Pablo, en los consejos dirigidos a sus discípulos obispos – Timoteo y Tito – exhorta a predicar la Palabra: “con ocasión o sin ella”. Corremos el riesgo de ceder a la presión de los “prudentes”, enmudecidos por el miedo, que consideran inoportuno hablar de Cristo y exponer sus enseñanzas. La controversia sobre el aborto ha dejado al descubierto quién es quién, a pesar de la bien fundada argumentación de eminentes pensadores y científicos que se oponen a su despenalización o legalización. La agitación callejera, apoyada por algunos políticos y periodistas, aparece como la expansión de una eclosión amoral ensordecedora. La respuesta a tales manifestaciones, que la Iglesia ofrece, no está en la presión política a legisladores sino en el anuncio de Cristo y en la clara exposición de su doctrina. Es interesante volver a la enseñanza del Apóstol de las gentes, que parece proyectar su luz sobre las actuales circunstancias: “Porque llegará el tiempo en que los hombres no soportarán más la sana doctrina; por el contrario, llevados por sus inclinaciones, se procurarán una multitud de maestros que les alaguen los oídos, y se apartarán de la verdad para escuchar cosas fantasiosas”. (2 Timoteo 4, 3-5)

4.- La ciencia de la Cruz. ¡Qué coincidencia! Hoy celebramos una doble entrada del Hijo de Dios en la vida del mundo: la Encarnación y la entrada solemne en Jerusalén. Ambas significan el interés personal de Dios en la Salvación de los hombres. La Pasión, que acabamos de recordar, es el momento culminante de ese acto de amor divino. Contemplándolo en la Cruz, como lo hacían los santos, podremos dimensionar, con exactitud, el grado infinito del amor que nos tiene: “Así podrán comprender, con todos los santos, cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, en una palabra, ustedes podrán conoce el amor de Cristo, que supera todo conocimiento, para ser colmados por la plenitud de Dios”. (Efesios 3, 18-19) Esta es la realidad, el hecho innegable propuesto a la mirada intelectual honesta de cada persona. Recuperar la “honestidad”, para reconocer la Verdad, debe ser la meta de la educación, de la ciencia y de la justicia. ¡Qué lejos, de este intento, se muestran algunos litigadores mediáticos de la actualidad!