Quinto Domingo de cuaresma – Ciclo B

18 de marzo de 2018

Juan 12, 20-33

 

 

1.- Morir es dejar de ser semilla. La vida, que Dios ha otorgado a los hombres, es como la semilla que sólo “muriendo” – o dejando de ser semilla – podrá perpetuarse; de otra manera, corre el riesgo de perderse en su infecunda soledad: “Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto”. (Juan 12, 24). La vida trasciende sus propios límites temporales cuando se la “pierde” para recuperarla plena y definitiva. Su origen y causa están en la Muerte y Resurrección de Jesucristo. El texto relatado por Juan es por demás significativo: “El que ama su vida la perderá, y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna”. (Juan 12, 25). Existe un rechazo indisimulado a la inmolación por amor. En el mes de octubre del presente año, el Papa Francisco canonizará al Beato Oscar Arnulfo Romero, Arzobispo de San Salvador. Le fue arrebatada la vida, de manera cruenta, por “odio a la fe” en el año 1980. Un Pastor que, por su posición en favor de su pueblo oprimido, comprometió, hasta la muerte, su vida. Con su beatificación, el mismo Papa latinoamericano reconoció oficialmente su martirio.

2.- El Evangelio prioriza el verdadero bien común. Mientras no se entienda el amor como don de la propia vida, la búsqueda exclusiva de satisfacciones sin relación libre y generosa, seguirá impidiendo el valor de la amistad y del matrimonio y la familia, y, en consecuencia, será imposible la construcción de una sociedad ordenada, justa y fraterna. Ante el descalabro causado por cierto ejercicio del poder, que favorece a unos y margina a otros, la sucesión en su desempeño, dispuesta por las leyes constitucionales, será un continuo vaivén donde se reformulan y agravan los errores. Trae consigo la infelicidad del pueblo, frenado en su capacidad de auténtico progreso y bienestar. Cuando el interés egoísta sea reemplazado por el amor, los problemas más graves de la actualidad estarán en vía de resolverse. No existe otro camino; nuestra naturaleza reclama recorrerlo. Jesús arriesga su seguridad personal al presentar el plan de Dios, en oposición frontal con los diversos intentos de construir un mundo monstruoso, producto de proyectos espurios o, en el mejor de los casos, extremadamente débiles e insustanciales. El Evangelio inspira priorizar el verdadero bien de todos, opuesto a mezquinos intereses individuales. El “verdadero bien” se entiende como cosa de Dios y no de los hombres; está inscrito en la naturaleza humana y, para los creyentes en Cristo, Dios lo revela mediante el acontecimiento de la Encarnación de su Hijo.

3.- El empeño de hacer conocer a Dios. La evangelización es el empeño por hacer conocer, a todos los hombres, el Misterio de Dios revelado en Cristo. El cometido de esa revelación consiste en que todo el mundo acceda al encuentro de su Salvador. De esa manera se produce el cambio sustancial requerido por la actual situación de caos moral que está padeciendo la sociedad. Sus graves desequilibrios claman por la salud que solo Dios puede ofrecerle. El enfermo necesita al médico, el pecador a su Redentor. Hace más de dos mil años “nos ha nacido el Redentor”, que es Cristo. Es lamentable que muchos hombres y mujeres – verdaderas multitudes – aún no hayan recibido esa “Buena Noticia”, a pesar de los formidables avances tecnológicos de la comunicación social. Jesucristo, al encomendar a sus Apóstoles la evangelización no deja lugar a dudas: “Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo”. (Mateo 28, 19-20) Quienes creen en Cristo no pueden eludir este solemne mandato misionero. Ha habido – y hay – graves inconvenientes, hasta sangrientas persecuciones, proyectadas para invalidar este encargo supremo, acreditado por la permanente y segura asistencia del mismo Señor. No deben sorprendernos, y menos alarmarnos, las trabas que el mundo moderno interpone en el ejercicio de este necesario ministerio.

4.- Imperiosa necesidad de evangelizar. El desafío es grande. El mundo tiene derecho a recibir el don de Dios. Quienes tienen la responsabilidad de mediar, para que lo reciba, debieran repetir la exclamación de San Pablo: “Si anuncio el Evangelio, no lo hago para gloriarme; al contrario, es para mí una necesidad imperiosa. ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!(1 Corintios 9. 16). ¡Impresionante introspección del gran Apóstol! A medida que el cristiano hace, de su conocimiento de Cristo, un encuentro más profundo y transformador, halla la misma imperiosa necesidad que experimenta el Apóstol. El mundo, éste del que somos ciudadanos, reclama el anuncio que en cada uno de nosotros ha suscitado la fe: “para la Vida eterna”.