Cuarto Domingo de Cuaresma – Ciclo B

11 de marzo de 2018

Juan 3, 14-21

 

 

1.- Dios ama al mundo. ¡Qué claro es el discernimiento del evangelista Juan! La verdad que transmite es conmovedora y consoladora a la vez. Es luz que disipa las tinieblas y deja al descubierto “las obras malas”. Toda verdad se fundamenta en aquella que las comprende a todas: “Si, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que crea en él no muera, sino que tenga Vida eterna”. (Juan 3, 16) La enseñanza de Cristo a Nicodemo, ignorada por la sociedad, cambiaría la vida de los ciudadanos. El amor, que Dios manifiesta a todos los hombres, requiere una respuesta convertida en comportamientos responsables, capaces de producir un viraje de 180° en la vida personal y social. Los cambios tardan en llegar, a causa de las reacciones humanas no correctamente motivadas, o desacertadas. La ética, o el propósito moralizador, no logra los resultados intentados sin referencia a Dios. Cristo viene a revelar la identidad de Dios – que es “el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo” – para que los hombres y los pueblos se orienten a Él. Cuando se comprueba una débil o nula referencia a Dios, el relativismo y la incredulidad ponen al mundo en un declive peligroso hacia el abismo.

2.- El mal como presencia innegable. La visión de la realidad que ofrecemos no es producto de cierto pesimismo fundamentalista. Es tan verdad como el frio y el calor, es preciso aceptarla como un excitante desafío. Cristo considera la eliminación del pecado como su mayor e inevitable desafío. La salvación de los hombres consiste en la gracia que elimina el pecado: único causante de todos los males. De allí la urgencia de proporcionarla, para resolver los males que agobian a las personas, en el seno mismo de la sociedad que componen. En otras oportunidades hemos expresado el anhelo de que el comando político y económico de la sociedad esté en manos de dirigentes virtuosos, tanto hombres como mujeres. La virtud es más que la ausencia de comportamientos delictivos: es equilibrio y sensatez, generadores de justicia y de paz. Únicamente Cristo puede llevar a la perfección dicho equilibrio. La centralidad de su presencia en la vida de cada persona y de sus comunidades, logrará el equilibrio necesario para los grandes cambios, que necesitan ser regulados por la Verdad (“Él mismo”) que en la conflictiva situación del mundo debe ser inmediatamente conocida y aplicada.

3.- El realismo del Evangelio de Juan. El realismo expresado por el Apóstol Juan no deja margen a la ingenuidad: “…los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas”. (Juan 3, 19-20) Esa visión, de casi veinte siglos de antigüedad, conserva hoy su vigencia. El mal, causado por el pecado, actualiza su siniestro poder mediante formas nuevas y más escandalosas. El generador de ese mal es el mismo hombre que mal usa el don inapreciable de su libertad. La Iglesia, integrada por todos los bautizados, no deja de denunciarlo y, sobre todo, de constituirlo en el principal contenido de su constante examen de conciencia. Cuando deja de hacerlo, su aprovechamiento de la gracia se manifiesta débil y pone su estructura al borde de la destrucción. La fidelidad a la gracia de Cristo imprime vigor y eficacia a la acción evangelizadora. Es lo que el mundo actual necesita de los cristianos, en comunión con sus Pastores: el Papa Francisco, los Obispos y presbíteros. Cuando la soberbia enfrenta a unos en contra de otros, incluso en el seno de las comunidades más sólidas, los enemigos de la fe están de parabienes y lo celebran ruidosamente.

4.- Una laicidad sin Dios. Una sociedad que avanza hacia una laicidad sin Dios, trastoca los valores que fueron – hasta el momento – el sostén de sus bases constitutivas. La exclusión de toda referencia a Dios, con el pretexto de no adoptar un proyecto excesivamente influido por lo eclesiástico – o clerical – desciende inevitablemente a un ateísmo beligerante y negador de toda trascendencia. Dios desborda la religión y gravita en toda estructura social. Los valores esenciales, aunque también sean sustentados por respetables Religiones, tienen su origen en el Dios Creador y Padre de la Vida. La Iglesia Católica defiende el valor de la vida humana, desde la concepción en el seno materno hasta su natural extinción biológica, pero rehúsa que se la considere defensora de un patrimonio “sectario”. Por motivos antropológicos y científicos se opone al aborto, como muchos hombres y mujeres que se adhieren a ellos sin profesar religión alguna. Su liderazgo procede de convicciones muy hondas, que trascienden el contenido de su fe, pero que reciben de ella su confirmación e inquebrantable solidez.