Tercer Domingo de Cuaresma – Ciclo B

4 de marzo de 2018

Juan 2, 13-25

 

 

1.- La inusitada severidad del Maestro. Es imposible imaginar al manso Cordero de Dios en un gesto de violencia. El texto de Juan, que hoy proclamamos, necesita una explicación. Jesús se expresa con inusual dureza cuando enfrenta la hipocresía de los fariseos. El clima mercantil introducido en el Templo, donde el interés pecuniario sobrepasa el servicio respetuoso a los piadosos celebrantes del culto, reclama, del Señor, una vigorosa manifestación de condena. Jesús, como entonces recordaron sus discípulos, se enardece ante el sacrilegio: “Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: ‘El celo por tu Casa me consumirá’”. (Juan 2, 17). Cada gesto severo del Señor constituye el efecto de una decisión pensada, preparada y ejecutada desapasionadamente: “Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: ‘Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio’”. (Juan 2, 15-16). La lección debía ser contundente y ejemplarizadora. Así lo entenderían los hombres y mujeres, que habían naturalizado aquellos abusos en el interior del venerado Templo de Jerusalén.

2.- El templo es el hombre, todo hombre. ¿Cuál es el Templo que Cristo quiere purificar y preservar de la corrupción?: el hombre, a quien vino a redimir. El pecado arrebata la belleza original del hombre creado por Dios. Ya no es transparencia de lo divino sino un ser soberbio y enfermo. Lo vemos aparecer en cada momento de nuestra historia y vida cotidiana. Sin desalentarnos, debemos recoger el desafío de salvar lo salvable y reunir el bíblico “resto” para integrarlo a la Nueva Alianza, establecida en Cristo, y constituirlo en fermento para la construcción de un Mundo mejor. Para lograrlo es preciso promover la sabiduría del hombre virtuoso, con el fin de que, su protagonismo, sea el comando responsable de la propia vida. Esos seres personales serán quienes resuelvan las crisis que el mundo actual produce y padece. Otros caminos alternativos manifiestan ser débiles e ineficaces intentos. El Misterio de Cristo es ofrecido a la libre decisión de cada persona. Nadie está obligado, pero, todos están convocados por Dios. La Verdad se impone sin sojuzgar indebidamente a quienes está dirigida. El Mensaje evangélico presenta, con todo su realismo, el Misterio de la encarnación de Dios. Cristo es Dios entre nosotros, – el Emanuel – cargando nuestras debilidades y alentando nuestro regreso a la plena comunión de la Casa paterna.

3.- El siniestro culto al engaño. El comportamiento de Jesús transparenta la voluntad del Padre Dios, que rige toda conducta humana, si ésta se propone responder fielmente a la verdad. El primer paso, previo a emprender el Camino (Cristo) hacia la Verdad (Cristo), consiste en el despojo de toda mentira. Es triste comprobar el manifiesto culto al engaño y a la simulación. Jesús tuvo esa experiencia ante los principales de su pueblo: sacerdotes, sanedritas, fariseos y escribas. Su postura severa responde al propósito de llevarlos a la Verdad, por el único Camino que conduce a ella, y que Él encarna a la perfección. Es innegable que aquel “culto al engaño” mantiene una desoladora vigencia en el siglo XXI. Una dosis mínima de reflexión humilde, permite escuchar y ver, en las exposiciones mediáticas de diversos temas, que la cerrazón del culto idolátrico mencionado aflora descaradamente hoy. En el debate iniciado, hace muchos años, sobre una legislación que tolere el crimen del aborto: se fraguan argumentos que intentan una inválida justificación, se exageran las estadísticas, se promueve cierta manipulación – aparentemente racional – de derechos personales, contrariando los derechos de otras personas – con el fin incalificable de excluirlas de la vida – negándoles su dignidad personal, ya existente “desde su concepción”.

4.- Hacia un diálogo honesto y desapasionado. El Evangelio es la Verdad que supone, en sus receptores, la decisión a ser honestos. A partir de esa actitud se puede acceder a la Verdad, porque se predispone la mente y el corazón para recibirla cómo y de quien venga. San Pablo, extremando su terminología, para dejar nítido el mensaje evangélico, afirma: “En efecto, ya que el mundo, con su sabiduría, no reconoció a Dios en las obras que manifiestan su sabiduría, Dios quiso salvar a los que creen por la locura de la predicación”. (1 Corintios 1, 21). En los debates, ahora muy incentivados, se advierte que quienes se han puesto en campaña para imponer el proyecto del aborto, cerraron sus mentes y corazones a las graves y bien fundadas objeciones que aportan los “pro vida” y, especialmente, la Iglesia Católica. Para llegar a una formulación exacta de la verdad, sobre éste y otros temas, se requiere un diálogo honesto, sin prejuicios ideológicos, que permita examinar todos los argumentos, en forma desapasionada.