Primer Domingo de Cuaresma

18 febrero de 2018

Marcos 1, 12-15

 

 

1.- Tomar en serio el Tiempo de Cuaresma. Hemos iniciado el tiempo fuerte de Cuaresma. El texto de Marcos es lacónico y expresivo. Jesús estuvo cuarenta días en el desierto: tentado por el demonio, entre las fieras y asistido por los Ángeles: “Enseguida el Espíritu lo llevó al desierto donde estuvo cuarenta días y fue tentado por Satanás. Vivía entre las fieras, y los ángeles lo servían”. (Marcos 1, 12-13). La multisecular tradición de la Iglesia dedica cuarenta días, previos a la Pascua de Resurrección, al silencio de un saludable desierto espiritual, a la escucha obediente de la Palabra, a la oración y a la penitencia combativa contra la frivolidad diabólica que intenta desviar a los cristianos de su fidelidad a Dios. Es preciso tomar en serio este tiempo, como suelen hacerlo los pueblos de mayorías cristianas, y cerrar el Carnaval la víspera del Miércoles de Ceniza. Es triste que, en la católica y mariana Corrientes, los carnavales avancen irrespetuosamente sobre la Cuaresma. Una lamentable excepción a las leyes municipales que no disimula su preocupación exclusivamente mercantil.

2.- El tiempo se ha cumplido. Lo que Jesús manifiesta en esta sorprendente escena constituye la forma, inaugurada por Él, de vivir la fe. Para ello se requiere un cambio profundo, causado por su gracia. Sus primeras incursiones misioneras lo expresan de manera inequívoca: “Después que Juan fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: “El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia”. (Marcos 1, 14-15). La existencia del pecado, que opera perversamente en la sociedad, evidencia la gran necesidad de conversión, como respuesta inmediata a la Buena Noticia de Dios, expuesta por Jesús por mediación de su Iglesia. “El tiempo se ha cumplido “y, el que se mal usa en la actualidad, es de descuento. Al banalizarlo todo se corre el riesgo de agotar lo que resta de ese tiempo. Peligrosa actitud, bastante común entre quienes debieran estar atentos al llamado a la conversión. Jesús, con un realismo estremecedor, advierte que el acontecimiento salvador requiere de un tiempo justo, pero escurridizo como el agua y la arena. El Reino está cerca y su tiempo pasa inexorablemente. Las circunstancias dramáticas, hasta trágicas, que sacuden la vida debieran hacer pensar a quienes habitualmente se niegan a hacerlo. Es dolorosa la muerte inesperada de un ser querida pero, ¡que insensato es atribuirla a una equivocación del Cielo!

3.- La vida: urdimbre de libertades. La vida humana, que es don de Dios, es también responsabilidad atribuible a los hombres. El tejido de libertades, constituido por los seres humanos en sociedad, da lugar a errores y aciertos, a éxitos y fracasos, a gozos y a dolorosas situaciones. Ellos (los hombres) son los causantes de sus consecuencias buenas y malas. Dios está presente, porque ama al hombre, y no suple, en virtud del don otorgado, lo que el ser libre debe decidir. Ilumina su mente, cura sus heridas y perdona – si la persona se manifiesta arrepentida – sus pecados. Dios otorga el don inapreciable de la libertad para que ésta sea bien usada, pero, en virtud del ejercicio de la misma, la persona se responsabiliza del buen uso o del mal uso de su libertad. Atribuir a Dios, o al Cielo, algún desacierto en los errores – culpables o no – de los hombres, constituye un sinsentido. La gente buena, inteligente y linda, está natural y necesariamente complicada en este humano tejido, y experimenta sus vicisitudes. No hay excepción. La vida es para todos una urdimbre misteriosa de libertades que se entrelazan, que están orientadas al amor por su Creador.

4.- El poder de la gracia. Ante la inconciencia, o el desánimo causado por la tentación, Jesús muestra un camino ascético infalible. Me refiero al silencio de la oración y a la adopción de una austeridad de vida que facilite la operación de la gracia divina. Dios da capacidad, mediante su poder misericordioso expresado en Cristo resucitado: “Pero a todos los que la recibieron (a la Palabra), a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios”. (Juan 1, 12). El Evangelio es la exposición de cómo obra la gracia de Dios en los corazones de quienes consienten en la acción santificadora del Espíritu Santo. Es preciso que creamos en Cristo y – en su Nombre – nos mantengamos firmes en su seguimiento.