Domingo 6º durante el año – Ciclo B

11 de febrero de 2018

Marcos 1, 40-45

 

 

1.- La misión de Jesús es reconciliar a los hombres con Dios. La lepra es una enfermedad temible por su grado de peligrosidad. Al leproso se lo excluye del contacto con la comunidad y causa, en el espíritu del enfermo, una tristeza indisimulable. Recordemos el gesto heroico del Santo Cura Brochero que, por acompañar y asistir a aquel pobre hombre, sumido en la desesperación, contrajo la misma enfermedad y murió a causa de ella. Toda enfermedad se constituye en signo del mal supremo: el pecado. Jesús cura a todos los enfermos. En ese evangélico gesto, profetizado por Isaías, se revela su principal misión reconciliadora. En alguna ocasión, ante la acusación de blasfemia por haber perdonado los pecados a un paralítico, afirma: “Para que ustedes sepan que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados – dijo al paralítico – yo te lo mando, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa. Él se levantó en seguida, tomó su camilla y salió a la vista de todos”. (Marcos 2, 10-12). La intención de su ministerio mesiánico es reconciliar a los hombres con Dios. No acepta lecturas extrañas a su auténtica misión, más aún, sufre la humillación de que se lo considere un falso Mesías, fracasado, digno de morir en la cruz y destinado al olvido.

2.- La verdad sobrevive al error. Lo que es de Dios sobrevive a toda agresión, por más poderosa que aparezca en las situaciones de mayor conflicto. El sacrificio ofrecido por amor, hasta el don de la vida, desemboca necesariamente en la resurrección. La verdad, por más negada que se encuentre, se impone y gana la partida. No hay error – y sus intrigas – que le pueda a la verdad. Con frecuencia pecamos de impacientes en la espera activa de la aplicación de la verdad y de la justicia. Sin dejar de trabajar empeñosamente por lograrlas es preciso que se practique la paciencia, hija del amor y madre de la mansedumbre. Jesús, “manso y humilde”, se convierte inexorablemente en vencedor del pecado, introducido en el hombre como carcoma destructiva. La mentira disimula, bajo una máscara elegante y bonachona, su verdadera intención. Por algo Jesús rechaza la hipocresía con un énfasis particularmente severo. Es preciso recordar los epítetos con que describe a los escribas y fariseos: “¡Hay de ustedes. Escribas y fariseos hipócritas!” (Mateo 23). Jesús cura el alma más que el cuerpo. Busca hacerlo, atravesando los males físicos y espirituales, hasta eliminar el mal causante de todos los males. Vino para los pecadores, como un médico viene para los enfermos. Sus escandalizables vecinos se empeñan en mantener una lectura, inspirada en las innumerables tradiciones humanas, en detrimento de los mandamientos divinos.

3.- Pérdida del sentido de lo trascendente. ¡Qué urgente es volver a las enseñanzas que aprendieron y aprenden los santos! De ese aprendizaje depende llevar a buen término toda actividad referida al bien común. La desacralización de toda gestión temporal, que no sea estrictamente cultual, constituye un fenómeno actual de inocultable gravedad. Al excluir a Dios del acontecer histórico, introducimos un germen disociante de particular peligrosidad. Lo comprobamos al padecer sus nocivas consecuencias. Nadie tiene en sus manos una solución satisfactoria a las cuestiones que la crisis evidencia en los diversos estados de la vida contemporánea. Al faltar Dios, como pensamiento y referencia esencial, se falsea el eje para el equilibrio de la vida personal y social. Jesús viene a restablecer el equilibrio y a ordenar la vida. Es preciso que se le preste atención. El menosprecio a que son sometidos los creyentes de toda confesión religiosa, revela hasta qué punto el mundo ha perdido la sana sensibilidad de lo trascendente. La fe parece no llevarse bien con la ciencia, y oponerse al progreso tecnológico. Por fortuna algunos de los grandes hombres y mujeres de la ciencia y de la técnica, son creyentes. Lo mismo digamos del arte y de la política. Muchos de ellos están encaminados a la beatificación y canonización de la Iglesia.

4.- El poder de la fe. Suscitar la fe es poner al mundo enfermo ante su auténtico Sanador. El leproso cree en Cristo y, por esa fe, es milagrosamente curado. Pero, para que la fe sea eficaz, es preciso que el leproso sea consciente de su lepra. Que, al mismo tiempo, sea consciente de que Cristo es el único que puede curarlo. Es lo que falta al mundo actual: cobrar conciencia de su estado de pecado, de la gravedad mortal que lo amenaza y de acudir a Cristo para que lo libere. Anunciarlo y celebrarlo es la misión que los Apóstoles reciben de su Maestro glorificado y que a su vez, continúan en la Iglesia, de la que son fundamento.