Domingo 5º durante el año – Ciclo B

4 de febrero de 2018

Marcos 1, 29-39

 

 

1.- “Todos te andan buscando”. Mi reflexión homilética invierte los párrafos del presente texto evangélico. Observando la situación de nuestra sociedad, me inspira pensar que, quizás anónimamente, Cristo es buscado como entonces: “Por la mañana, antes que amaneciera, Jesús se levantó, salió y fue a un lugar desierto; allí estuvo orando. Simón salió a buscarlo con sus compañeros, y cuando lo encontraron le dijeron: “Todos te andan buscando”. (Marcos 1, 35-37). Los discípulos actuales, como entonces el legendario Pedro, deben dirigirse a Jesús con la misma y oportuna información. En los acontecimientos históricos, como páginas garabateadas por sus actuales protagonistas, nos es preciso identificar esa búsqueda irreprimible. Hasta no recibir el anuncio apostólico, no advertirán que detrás de los múltiples reclamos de justicia e intentos de felicidad, se oculta la búsqueda existencial de Quién es el enviado del Padre. Me refiero a Jesucristo, inmolado en aras del amor al hombre y resucitado para la salvación de todos.

2.- La meta martirial de los cristianos. Este pensamiento rige – desde los orígenes – la predicación, la catequesis y la celebración de los Sacramentos. Siempre es Cristo el anunciado y celebrado. Su centralidad es irreemplazable, de tal modo que, descuidada, atrae el infortunio y el peligro de extinción sobre quienes se profesan cristianos. Por ello, los diversos empeños de renovación siempre anteponen ese principal propósito evangelizador: ¡Cristo debe ser predicado! Resuena en los proyectos misioneros de los Apóstoles que, y a causa de ello, deben enfrentar la persecución y la muerte. Es muy ilustrativo recorrer el extenso catálogo de los mártires, muchos de ellos son Pastores de la Iglesia. Iniciando la abultada lista están los Apóstoles, principales discípulos del mayor de los mártires: Jesús. Cuando aquellos hombres se transmiten la noticia de que han encontrado al Mesías, manifiestan la convicción personal de que sus vidas han sido tocadas y transformadas por Él. Estimo que la Iglesia actual, en muchos de sus heroicos miembros, expresa la fidelidad a su Señor, por el martirio. En el último año, se han registrado más de tres mil asesinatos de cristianos, por odio a su fe en Cristo. El martirio es de una actualidad dolorosa pero inocultable. ¿Es acaso preciso que la Iglesia lleve, en todo el recorrido de la historia, la indeleble marca del martirio? Ya el Señor lo pronostica sin paliativos: “Si el mundo los odia, sepan que antes me ha odiado a mí. Si ustedes fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya. Pero como no son del mundo, sino que yo los elegí y los saqué de él, el mundo los odia”. (Juan 15, 18-19).

3.- La derrota de la Cruz es la victoria de Cristo. La práctica heroica de las virtudes cristianas es un incruento martirio. Consiste en la muerte, voluntariamente aceptada, del hombre viejo – del pecado – para dar lugar a la Vida nueva que Cristo ha ganado con su humillante muerte en la Cruz. El martirio es considerado un “combate” en el que vence quien lo padece. ¡Qué contrapuestos son los criterios de Cristo y del mundo! Así son sus resultados. Lo que parece ser una derrota, como la crucifixión de Jesús, se convierte en contundente y definitiva victoria. Por lo contrario, la exhibición de comportamientos, hoy expuesta como espectáculo bochornoso en algunos medios, contraría abiertamente las enseñanzas evangélicas. Falta un cambio cultural que responda más a Pentecostés que al relativismo imperante. Todo el mundo dice lo que quiere, conozca o no el tema que ocupa el centro de la conversación o del panel organizado para su tratamiento. La muy mentada “honestidad intelectual” brilla por su ausencia en algunos círculos exageradamente publicitados por la moderna propaganda.

4.- Que Cristo sea conocido y amado. Es preciso volver al Evangelio para que Cristo sea conocido y amado. Es el propósito de la predicación de la Iglesia que, por lo mismo, exige ser preparada de rodillas. No constituye la exposición formal de una doctrina sino el anuncio profético de la Resurrección del Señor. Su cometido es la conversión a la persona de Cristo y, en consecuencia, la adopción de la moral evangélica como norma fundamental para una nueva conducta personal y social. Es aquí donde se produce el combate de fondo. Ya lo mencionamos, en estas mismas sugerencias, al referirnos al Evangelio redactado por Juan (15, 18-19). Los cristianos deben renunciar a todo respeto humano cuando se trate de confesar públicamente su fe. No es fanatismo o intolerancia, con quienes no profesan la misma creencia, es honestidad.