Domingo 4º durante el año – Ciclo B

28 de enero de 2018

Marcos 1, 21-28

 

 

1.- Enseña con autoridad. Jesús, que se mezcla con los penitentes, para recibir el bautismo de Juan, se revela como Maestro desde los orígenes de su ministerio público. Acude a la Sinagoga de Cafarnaún, para celebrar el sábado con los demás hermanos creyentes. Se distingue, de inmediato, por la calidad inigualable de su enseñanza: “Todos estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas”. (Marcos 1, 22). La distancia entre su magisterio y el de los escribas procede de su condición de Verbo Encarnado. La referencia que Él mismo hace de sí, como Verdad, no necesita la acreditación de sus autoridades religiosas y oyentes. El Padre lo hace – al emerger de las aguas del Jordán – y también lo hará en el Tabor. Su doctrina no se apoya en la Ley y en las tradiciones; se constituye en la auténtica revelación de la Palabra de Dios. Él es la Palabra y la Verdad que todos los hombres necesitan acoger para retomar el camino que conduce a la Vida. Este pensamiento se constituye en el impulso permanente que sostiene su actividad misionera.

2.- Sus testigos acreditados son los humildes. El Señor acompaña su palabra con los gestos y signos distintivos de su mesianidad: cura a los enfermos y anuncia el Evangelio a los pobres. En aquel momento sorprende a sus conciudadanos liberando a un endemoniado. El demonio intenta hacer una declaración pública – como una especie de confesión – acerca del origen divino de Cristo, pero, con inusitada firmeza, el Señor no se lo permite: “¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios. Pero Jesús lo increpó, diciendo: “Cállate y sal de este hombre”. (Marcos 1, 24-25). El comportamiento malo y mendaz del demonio no dispone de acreditación para un tal testimonio. Dios elige a los “pobres de corazón” – o a los humildes – para que el mundo logre percibir la autenticidad de su Mensaje. La humildad es la auténtica pureza del corazón, o la transparencia, con la que Dios cuenta para revelarse a los hombres. ¡Qué humilde era Moisés y cuánto lo eran los Santos Apóstoles! Se vale de ellos para que lo “necesario” prenda y se active en una realidad, tan reaccionaria contra sus tradiciones religiosas, como la nuestra. Aquella comunidad reunida en la Sinagoga de Cafarnaún se sorprende ante las manifestaciones del joven Maestro, pero, no pasa del asombro y no alcanza a formular la cuestión principal: ¿No es acaso éste el Mesías esperado? Están tan habituados a las promesas que – logrado su cumplimiento – prefieren mantenerse cómodamente situados en el pasado, ya superado por la fe, fundada sólidamente en Abraham, padre de todos los creyentes.

3.- La ideología no alcanza para entender la Verdad. Únicamente la fe otorga la capacidad de interpretar los diversos acontecimientos históricos y discernir el comportamiento de sus protagonistas. De otra manera, como ocurre hoy, se dan tantas lecturas como posturas ideológicas. Hemos escuchado o leído opiniones, sobre la personalidad del Papa Francisco, que difieren de una recta visión de su carisma y misión. Responden a preconceptos de carácter político, vertidos en un lenguaje de alto nivel filosófico-literario que, no obstante, no consiguen mantener el equilibrio intelectual que la seriedad del tema requiere. El Papa, como todos los Pastores de la Iglesia, ofrece sus dones – múltiples, por cierto – incluyendo sus naturales limitaciones humanas. De esa manera, como lo hace Dios Padre en la Encarnación de su Hijo, gracias a los contornos claro oscuros de su naturaleza humana, los hombres pueden verlo e identificarlo (entre otros). Hoy, mediante el ministerio y el testimonio de sus discípulos, Cristo se presenta al mundo con el resplandor de la Resurrección, y reclama que la fe, como don del Espíritu, otorgue, a quienes lo deseen, la necesaria convicción para vivir – en el hoy de la historia – el Misterio cristiano. La fe es necesaria para hacer propia la Vida Nueva que procede de la Pascua cristiana.

4.- Al estrenar el año 2018. Estamos estrenando el año 2018. Es conveniente no dejarlo pasar, como uno más. No sabemos si lo concluiremos: “Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora”. (Mateo 25, 13). La verdad aparece, con frecuencia, como aguafiestas en el festín irreflexivo de este mundo. Jesús es la Verdad que llama al autoexamen y a la conversión. Se ha quedado entre nosotros, mediante los signos puestos por los Apóstoles, y su Iglesia (en ellos fundada). Incomoda a quienes viven apoltronados en su egoísmo, avaricia y soberbia. De allí el odio contra quienes testimonian su presencia y sus insistentes reclamos de conversión. No debe sorprendernos la intolerancia de grupos fundamentalistas, de diversas y muy complicadas tinturas. Nuestro mundo evoluciona, providencialmente asistido por la fe cristiana – y sus aproximaciones – hasta llegar a su término natural. Es allí donde se diferencian los valores evangélicos de los que se les oponen (parábola del trigo y la cizaña: Mateo 13, 24-30). Finalmente el amor vence, y se establece definitivamente el Reino de Dios. Cristo es el Amor divino encarnado, vencedor del pecado y de la muerte. Así lo hemos presentado durante el Tiempo del Adviento y de la Navidad. Así lo haremos durante este año.