La Sagrada familia de Jesús, María y José – Ciclo B

31 de diciembre de 2017

Lucas 2, 22-40

 

 

1.- El cumplimiento de la Ley. En este último domingo del año 2017, la Iglesia actualiza uno de sus mensajes más importantes: me refiero al acatamiento de la ley y a su inmediata aplicación: “Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés…” (Lucas 2, 22). María y José llevan al Niño para presentarlo al Señor. El Señor es presentado al Señor, parece superfluo, pero no lo es. Por la Encarnación del Verbo, Dios se somete a la legislación humana, y afirma la validez – en este caso – de la institución conyugal y familiar. El Hijo confirma, con su presencia, valores no discutibles, aunque sean irresponsablemente desestimados por la sociedad actual. Se da la extralimitación posmoderna de poner en cuestión lo que, hasta el momento, presentaba una solidez garantizada nada menos que por Dios mismo. Somos continuamente sorprendidos por la defensa de verdaderas aberraciones, como los llamados: “matrimonios igualitarios” y la invalidación de instituciones no inventadas por los hombres, ni sujetas a innovaciones que nieguen su naturaleza. Me refiero al matrimonio y a la familia.

2.- La Sagrada Familia de Nazaret. Hoy celebramos a una Familia que es modelo de su original y providencial proyecto. Es Ella de singular y excepcional identidad, capaz de reunir, en estado perfecto, los valores que la constituyen. La santidad de sus miembros abre un panorama humano asequible para quienes desean abordarlo con generosa disponibilidad. Las objeciones, que hoy intentan conculcarla, no convierten a la familia en un imposible. Su garante es el mismo Dios: “porque no hay nada imposible para Dios” (Lucas 1, 37). Lo expresa con claridad el Papa Francisco, hablando de la Sagrada Familia: “recordemos que la familia de Jesús, llena de gracia y de sabiduría, no era vista como una familia “rara”, como un hogar extraño y alejado del pueblo”. (Amoris Laetitia n° 182) Está en línea coherente con el Misterio de la Encarnación. El Hijo de Dios, al encarnarse, aparece como uno más entre los hombres. Sabemos que, aunque verdadero hombre, no es uno más. Es Dios que, para redimirla, hace propia la dañada naturaleza humana. En el catecismo, que hemos aprendido cuando niños, afirmábamos: “Es verdadero Hombre y verdadero Dios”.

3.- Proyecto auténtico de la familia humana. La Familia de Jesús, María y José, expone al mundo toda la verdad sobre la familia. Los cristianos necesitan aprender y realizar esa verdad. Es triste cuando, ellos también, la contradicen: negándola, retorciéndola o relativizándola. El gran desafío actual para la fe cristiana es santificar los vínculos conyugales y las familias en ellos fundadas. La gracia de Cristo está al servicio de ese proyecto original e indeformable. La gracia es eficaz; hace posible que el bien se produzca y que el mal sea extirpado. Es preciso confiar en ella y disponer de su suministro a través de los medios que el mismo Señor ha establecido: la Palabra divina, los sacramentos celebrados por la Iglesia y la práctica de las virtudes cristianas. Grandes convertidos como San Pablo, San Agustín y el Beato Carlos de Foucauld, se constituyen en testigos incontestables de tal eficacia. La santidad es consecuencia de la acción del Espíritu, en naturalezas con frecuencia muy lastimadas. Es sorprendente lo que la gracia produce. El ideal de la familia cristiana – o no cristiana – está revelado en la Sagrada Familia de Nazaret. Ofrece los valores que nuestra sociedad “progre” está vulnerando escandalosamente.

4.- Su estado actual y sus desafíos. La confusión, incluso entre quienes se auto califican cristianos, cunde como reguero de pólvora. En virtud de la misma se promueve el emparejamiento entre los jóvenes – y no tan jóvenes -postergando para más adelante, o para nunca, la celebración del matrimonio. Es un retroceso empobrecedor que hace estragos en la vida contemporánea. La restauración del noviazgo, moral y espiritualmente asistido, implica la práctica tradicional de una responsable preparación para asumir el estado familiar sobre la base necesaria del amor conyugal. La fe en Cristo favorece esa casi abandonada práctica. Exige, como única alternativa, un combate sostenido contra la práctica contraria, que ha promovido como naturales las relaciones sexuales extramatrimoniales y, en consecuencia, la devaluación de la virginidad, el celibato y la misma maternidad. La Sagrada Familia presenta al mundo valores objetivos y universales, con un lenguaje humano incomparable.