Primer Domingo de Adviento – Ciclo B

3 de diciembre de 2017

Marcos 13, 33-37

 

 

1.- Que el Señor no los encuentre dormidos. Nuestro mundo parece muy despabilado, y lo es, en muchos aspectos de sus espectaculares manifestaciones. Sin embargo, existe una gran insatisfacción, que invade los espíritus de muchos de sus actuales habitantes. Responde a interrogantes de fondo no resueltos o eludidos irreflexivamente. Entre ellos, los que se refieren a la vida, a la muerte y a la eternidad. Los cristianos encuentran – en el Evangelio – el enfoque orientador para una respuesta adecuada. Para lograrla se requiere mantener despierto el entendimiento a la dimensión propia de la fe. Es decir: será preciso que no se excluya “a priori” su validez. Es impactante la frase resaltada en este breve texto del evangelista Marcos: “Estén prevenidos…” “No sea que llegue de improviso (el Señor) y los encuentre dormidos. Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos: ¡Estén prevenidos!(Marcos 13, 35-36-37). Coincide con el primer Domingo de Adviento, constituido en el inicio formal de este nuevo año litúrgico. Durante el mismo se celebrarán los principales momentos del Misterio Cristiano.

2.- El justo vive por la fe. En él, hallaremos todo el contenido de la fe, y tendremos la oportunidad de celebrarlo como corresponde. Su piadosa memoria trasciende lo puramente litúrgico para constituirse en la manera práctica de identificarse con él. San Pablo menciona el texto de Habacuc: “En el Evangelio se revela la justicia de Dios, por la fe y para la fe, conforme a lo que dice la Escritura: El justo vivirá por la fe”. (Romanos 1, 17) Durante todo el año, desde la Navidad hasta Cristo Rey, se despliega la riqueza insondable del Misterio Cristiano. En su transcurso podremos internarnos en sus momentos principales, hasta llegar a su cumbre: la Pascua de Resurrección. Inseparables instancias del mismo e indestructible Misterio revelado. Hoy, conducidos pedagógicamente por la Iglesia, prestaremos nuestra atención al Misterio de la Encarnación. Lo haremos orientados por la Palabra, en sus pasajes más bellos, predisponiéndonos con la oración y la penitencia. Es preciso que devolvamos el sentido original a nuestras celebraciones litúrgicas.

3.- Adviento, como práctica virtuosa. El cuidado que pone la Iglesia en las diversas preparaciones – Adviento y Cuaresma – apunta a predisponer los ánimos para hacer, de cada celebración, un acontecimiento inédito de gracia. Es allí donde se debe intensificar la lectura piadosa de la Sagrada Escritura – lectio divina – y el propósito de aplicarla en la vida personal y en el compromiso social. Al iniciar el Adviento, será oportuno constituirlo en una práctica virtuosa que lo tome todo. María, al ocupar un sitio privilegiado en el Tiempo mencionado, se constituye en modelo imitable de silencio contemplativo, de obediencia a Dios y de disponibilidad para el servicio. De esta manera se destaca en cada celebración litúrgica del Misterio divino que se inició en ella. Hemos mencionado la virtud de la humildad como clave para interpretar el acontecimiento que el Adviento prepara y celebra. La humildad del Verbo, que se hace hombre; la de su Madre y de José; la de Juan Bautista. Es la Verdad expresada – en quienes la encarnan – para un mundo que debe hacer la experiencia de un verdadero cambio interior, si desea poseerla. La predicación y la catequesis deben orientar esta práctica virtuosa, alejando toda teorización desgajada de la vida.

4.- La síntesis esperada. Este comienzo de año supone la confección de una síntesis del año anterior: aflicciones y esperanzas, penas muy hondas y desencuentros insuperados, corrupción y una justicia debilitada a causa de poderes hegemónicos y tentativas de permanencia en exhibición, ante un pueblo lastimado y desconfiado. Parece que todo ha caído en una especie de descrédito, maliciosamente promovido, con el oculto propósito de crear el caos y desalentar toda posibilidad de auténtica renovación. Sin embargo, debajo de las cenizas está encendido el fuego de la esperanza, y las reservas espirituales se conservan depositadas en tantos hombres y mujeres de buena voluntad. El primer Domingo de Adviento recuerda que, al iniciar el año litúrgico, se abre un registro nuevo, para que se acopien otras experiencias, donde la fidelidad de los cristianos logre esa renovación, más de acuerdo con las leyes del Reino y con la voluntad del Padre. Necesitamos que los creyentes se identifiquen como tales, sea respetada su libertad y concretado su compromiso social.