Jesucristo Rey del Universo – Ciclo A

26 de noviembre de 2017

Mateo 25, 31-46

 

 

1.- Un interrogatorio original. Hoy llega a su fin el año litúrgico 2017. La acción pedagógica de Jesús hace sentir su fuerza avasalladora. Cristo se presenta como Rey del Universo y como Juez de todos los hombres. El cuestionario original – al que se atiene – da lugar al valor principal, que confrontará la vida de los hombres y mujeres de todos los tiempos. Me refiero al precepto “nuevo” del amor. A veces complicamos nuestro examen de conciencia, pretendiendo una perfección que se diferencia de aquella constituida por la caridad. Y, por atender si hemos cumplido puntillosamente con una multitud de normas y preceptos humanos, olvidamos el “mandamiento” principal. Si bajo esta luz examináramos nuestra vida, advertiríamos qué simple, directo y sustancial es el reclamo de Dios. El texto evangélico que la Iglesia ha escogido hoy, para celebrar la liturgia dominical, es definitorio: “Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones será reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa a las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a su izquierda”. (Mateo 25, 31-33)

2.- Seremos juzgados por el amor. En el atardecer de nuestra vida seremos juzgados por el amor”, afirmaba San Juan de la Cruz. Es un amor que se realiza en la atención a los hermanos más necesitados y, de esa manera, al mismo Dios, en la persona de Jesús: “Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino…”, y de inmediato: “porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver…” “Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo”. (Mateo 25, 34-40) La misma escena, pero a la inversa, se repite con los que están a la izquierda. Jesús no crea “cuentitos” para entretener a sus oyentes. En su estilo literario dice toda la verdad, descarnada y precisa. Si tuviéramos más en cuenta el inexorable juicio universal, cuidaríamos con más esmero nuestro comportamiento cotidiano. El maltrato, que padecen los marginados y excluidos, constituye un escándalo contemporáneo inexplicable. El egoísmo insensibiliza y se erige en causa de todo tipo de discriminación. La soberbia que incluye, impide el verdadero amor o lo desnaturaliza.

3.- Se aborda poco el tema de la muerte. Seremos juzgados por la Verdad, y nada escapará a su percepción. Nuestro pueblo sencillo, burlado por los injustos, echa mano a una expresión espontánea, cuando padece a causa del desacierto de quienes tienen que administrar la justicia. Sabe que Dios es justo, y las injusticias de los poderosos serán resueltas finalmente por Él, sin dilaciones. Como la muerte parece estar lejos, pocos piensan en ella como conclusión inevitable de la vida terrena. Se predica poco sobre ella, cediendo a una inconciencia generalizada. La gente muere, a toda edad. Los más frágiles: por edad avanzada, enfermedad o circunstancias de grave riesgo, experimentan esa cercanía temible. La descripción del juicio final es dramática: para los de la derecha… consoladora; para los de la izquierda… terrible. ¡Qué oportuno es examinarse con frecuencia, guiados por sus términos! Un antiquísimo adagio espiritual recitaba: “Acuérdate de tus postrimerías y no pecarás jamás”. Estamos rodeados de familiares, amigos y vecino que han cerrado – o cierran – el ciclo de sus vidas temporales. Simplemente se nos adelantan, a veces con mucha anterioridad. Es preciso aprender, de ese acontecimiento -ineludible y cercano – para obtener la sabiduría que precisamos para comportarnos correctamente con Dios y con nuestros semejantes.

4.- Frenemos a tiempo. Al observar las irresponsabilidades que invaden las relaciones entre las personas, avizoramos el peligro de la sentencia condenatoria, formulada por Jesús. Si no logramos pasar satisfactoriamente el examen del Juez Supremo, nuestra vida temporal, aunque aparezca como exitosa, se convierte en un fracaso irreparable. Podremos ocupar enormes espacios en las enciclopedias, dar nuestro nombre a calles y monumentos; si nuestros verdaderos nombres no están escritos en el “Libro de la Vida”, de nada servirá. Si nos detuviéramos a pensar con más seriedad, escogeríamos, resueltamente, la derecha del Divino Rey y Juez, mediante la observancia de su mandamiento principal. La predicación apostólica, que la Iglesia actualiza, debe despertar el mayor interés en la sociedad, confundida y enmarañada a causa de sus innumerables devaneos. La escucha reflexiva de la Palabra es el sendero, trazado por el mismo Dios, para reorientar, a tiempo, la vida personal y social de todos los ciudadanos. Es preciso y urgente escucharla y obedecerla.