Domingo 33º durante el año – Ciclo A

19 de noviembre de 2017

Mateo 25, 14-30

 

 

1.- Dios confía “sus bienes” a los hombres. Dios reparte talentos para que sus administradores los multipliquen. En la parábola de la moneda corriente: un talento es mucha plata. En la distribución mencionada el propietario compromete su fortuna: “El Reino de los Cielos es también como un hombre que, al salir de viaje, llamó a sus servidores y les confió sus bienes”. (Mateo 25, 14). No entendemos a un Ser tan perfecto como Dios, confiando “sus bienes” a seres tan frágiles e irresponsables. ¿Qué misteriosa capacidad posee el ser humano para que Dios confíe en él? El pecado sería motivo suficiente para excluirlo definitivamente de su confianza. El hombre, como manufactura de Dios, está dotado – por su mismo Creador – de cualidades apropiadas para convertirse en una obra genial. La libertad, para que su necesaria cooperación logre su cometido, es el secreto de su dignidad e incluye el riesgo del pecado. En suma, el pecado es un mal uso de la libertad. El pecador necesita curar su libertad y usarla bien. Cristo es el Cordero de Dios, que vino para ser efectiva esa sanación: “Es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo(Juan 1, 35).

2.- Formas diversas de administrar los bienes. Los talentos constituyen los bienes del Señor, confiados a la administración de los hombres. Algunos los administran muy bien y, otros, los inmovilizan para no emprender la operación “financiera” debida, aunque riesgosa. Jesús crea un relato para explicar pedagógicamente las responsabilidades que todos los seres humanos deben asumir para llevar a su concreción la obra genial de Dios. La severidad, aplicada por el divino Maestro a los indolentes, no deja margen a la duda. El descuido de los deberes propios – por omisión o comisión – echa un manto de sombras sobre el comportamiento de gran número de ciudadanos y de sus dirigentes. Es sorprendente el rechazo a todo autoexamen por parte de quienes insisten en no dejarse indagar por la verdad y someterse a la justicia. Ante las consecuencias ocasionadas por errores, manifiestos u ocultos, no existe otro remedio que el examen humilde de la propia conciencia y el cambio. Cuando los desaciertos, a veces muy graves, son presentados como aciertos se produce una cerrazón de la conciencia moral y la absoluta imposibilidad de un necesario cambio. Alarmante situación en la que se hallan entrampados muchos responsables de la sociedad.

3.- La fe y la política. El camino de salvación es un sendero penitencial. El Evangelio, constituyéndose en un llamado a la conversión, reclama el arrepentimiento por los errores cometidos y su consecuente eliminación. Al mismo tiempo, es gracia o “poder de Dios”, como auxilio necesario para el cambio, y rectificador del rumbo hacia el bien y la verdad. Desde la fe se identifica a Dios como término final de esa rectificación. Es admirable cómo, el anuncio del Evangelio, interesa a la historia secular. En el mundo de cierta incredulidad activa se pretende impugnar toda expresión religiosa como si fuera incompatible con el compromiso histórico. El creyente es un ciudadano que tiene derecho a confesar que cree, como el no creyente de manifestar que no cree. Es deber de todos respetar el derecho del otro y de manifestar sus convicciones, mientras no intenten imponerse – por presión religiosa, ideológica o política – a quienes no piensen del mismo modo. Escuché de un auto calificado “ateo” una crítica dirigida a un prominente político porque había osado expresar públicamente su fe religiosa. Su argumento, de débil consistencia antropológica, se basaba en la presunta ilegitimidad de “mezclar” la religión y la política. Negar la fe es ocultar la propia identidad; el pensamiento que alienta su compromiso histórico y su auténtica solidaridad con sus conciudadanos.

4.- La universalidad de Cristo. Sin duda el mensaje evangélico es universal, corresponde escucharlo y obrar en consecuencia. El mandato de transmitirlo no habla de circunscribirlo a los amigos y simpatizantes. Nadie debe quedar fuera. La sustancia de su contenido tiene en cuenta a todos los pueblos y sus culturas. También es inmodificable, sea cual fuere la nacionalidad y el talante cultural de quienes lo reciben. Todo lo bueno es adaptable a la legítima búsqueda de Dios, y de la Verdad. Cristo es la transparencia de Dios para todos. Lo importante es no encerrarlo en preconceptos y lograr que todos los pueblos lo identifiquen como su Salvador. En la búsqueda de una metodología adecuada, los Apóstoles no desdeñaban las expresiones de culturas muy diversas, que no se opusieran al precepto máximo de la caridad. ¡Enorme desafío! Parangonado con la magnitud de la tarea administradora de todos los hombres en la Creación.