Domingo 32º durante el año – Ciclo A

12 de noviembre de 2017

Mateo 25, 1-13

 

 

1.- Estar prevenidos y vigilantes. La advertencia de mantenerse vigilantes, en la espera de Dios, abre un registro argumental que, con mucha frecuencia, el Maestro adopta para exponer su enseñanza. Parábolas y puntuales precisiones aparecen sin interrupción. Recordamos hoy la parábola de las diez jóvenes y, podemos agregar, la súplica angustiosa dirigida por Jesús a los Apóstoles, en la noche previa a su Pasión. La conclusión de la parábola mencionada expresa la intención exhortativa del Señor: “Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora”. (Mateo 25, 13). Se necesita estar siempre a la espera de Dios, porque siempre está llegando, sin anunciarse. Me impresionan las muertes súbitas. Se teme pensar en la muerte, más aún en la propia. Los Santos no eluden hacerlo, aceptando el inevitable ingrediente del temor causado por su inminencia o cercanía. La referencia a Dios presente – Jesucristo resucitado – causa un cambio de orientación que da un nuevo sentido a la vida temporal.

2.- Recibir el llamado y obedecerlo. En la parábola se dan dos actitudes contrapuestas: la de las jóvenes prudentes y precavidas; y la de las descuidadas y necias. La responsabilidad de ambas trasciende el hecho trivial y de poco alcance. El esposo representa a Dios, que se hará presente sin previo aviso, para sorprender a quienes deben esperarlo en una actitud de vida, muy diversa del protocolo habitual en este tipo de eventos. No podemos vivir en la inconciencia. Para ello será preciso recibir la Palabra con un corazón dispuesto a obedecerla. La superficie de los acontecimientos deja de manifiesto la cerrazón de las mentes al llamado de Cristo a la conversión. Despertar la conciencia de la vida trascendente posibilita un encuentro personal con Dios. Para ello será oportuno atender los testimonios de quienes ya han hecho una opción de fe. Son los creyentes que, alertados por la resonancia inconfundible de la Palabra encarnada, no dejan de “estar en el mundo, si ser parte de él”. De esa manera, el contenido de la fe cristiana se hace audible. Es la voz que otorga corporeidad a la Palabra y se eleva entre otras voces. La gracia actúa de inmediato, hasta revelar la eficacia y autenticidad de la fe.

3.- El premio y el castigo. La réplica de una y otra actitud atrae su premio o su castigo. Observamos a diario el fin de la vida de muchos contemporáneos, a veces muy sorpresivo, otras veces como término de una breve o prolongada enfermedad. Nadie parece prepararse para el inevitable tránsito y, en el momento que ocurre, muchos se encuentran con sus vidas – sus lámparas – absolutamente vacías. La Escritura Santa recuerda la responsabilidad contraída por los creyentes, en la transmisión del llamado a los hermanos, en ocasiones muy distraídos de su destino trascendente. Como miembros de la Iglesia de Cristo deben asumir la misión de evangelizar. Consiste precisamente en darle voz actual al Evangelio, con la necesaria inclusión del propio testimonio de santidad: “El mundo actual espera de los cristianos el testimonio de la santidad”. (San Juan Pablo II) La parábola, que aplicamos para iluminar nuestra situación, posee un innegable tono dramático. Quienes no están preparados, se quedan – de improviso – sin tiempo para un oportuno y saludable cambio: “Mientras tanto, llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta. Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: “Señor, señor, ábrenos”, pero él respondió: “Les aseguro que no las conozco”. (Mateo 25, 10-12)

4.- Nuestras lámparas ¿están llenas o vacías? El tiempo es la espera misericordiosa de Dios. Es intransferible e irrepetible. Lo perdemos lastimosamente cuando no llenamos nuestras “lámparas” en el cumplimiento continuo de nuestras responsabilidades; cuando creemos que nadie nos pedirá cuentas de lo que hacemos y pensamos; cuando nos consideramos mezquinos solitarios, sin poner nuestras vidas al servicio de quienes decimos amar, pero, que no amamos de verdad. Es el momento de escuchar atentamente el Evangelio que la Iglesia nos propone, para celebrarlo en la cotidianidad escurridiza e ineludible de nuestro tránsito temporal. Es un fracaso existencial amargo y evitable, descuidar nuestras vidas – nuestras lámparas – vaciándolas del “aceite” de la fidelidad a Quien nos ha mostrado la Suya, hasta la muerte conmovedora de su Hijo Jesucristo.