Domingo 30º durante el año – Ciclo A

29 de octubre de 2017

Mateo 22, 34-40

 

 

1.- El primer mandamiento. Existen diferencias personales entre quienes insisten en poner a prueba al humilde Maestro. Algunos son más deshonestos que otros, y el Señor logra distinguirlos e identificarlos: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?” (Mateo 22, 36) La pregunta es inteligente aunque mal intencionada: “para ponerlo a prueba”. La respuesta de Jesús es una prueba de su equilibrio y santidad: “Jesús le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu”. Éste es el más grande y el primer mandamiento”. (Mateo 22, 37-38) Enseña cómo se debe actuar ante una pregunta “políticamente correcta”. Me refiero al reconocimiento simple y llano de la principal y más exigente verdad. Amar a Dios es lo más importante. Si no se logra, toda la ética – o la moral – se vuelve impracticable, y el mundo no deja de ser una peligrosa selva. Es triste observar a la sociedad contemporánea, en muchas de sus expresiones, como un campo de batalla donde los más crueles y fuertes llevan las de ganar.

2.- Respuesta humilde al amor de Dios. Amar a Dios es una respuesta humilde al amor que Él nos profesa. Está inspirado por los signos numerosos, puestos por el Creador en el Universo y llevados a su plena realización en la Encarnación, Muerte y Resurrección de Jesucristo. Es en Cristo que Dios nos revela todo su amor. La devoción de los santos a la Cruz del Señor corresponde a la significación conmovedora que Jesús crucificado es para ellos. Contemplarlo con amor – y silenciosamente – capacita para una respuesta generosa, equiparable a la suya, que es obediencia al Padre, en el amor sin fronteras a los hermanos. Dios nos ama dándonos la vida, pero, más nos manifiesta su amor redimiéndonos. Volvemos a la urgencia de reconocer la presencia redentora de Cristo entre nuestros contemporáneos. Él es toda la iniciativa de Dios, llamándonos a la conversión, y, desde la adopción de nuestra naturaleza humana, se constituye en modelo de nuestra propia respuesta. Para responder con nuestro amor a Su amor, Cristo nos indica cómo, y se constituye en Camino para lograrlo acertadamente.

3.- La Cruz es la prueba definitiva de su amor. Su amor a los hombres, a los más inamables, no tiene límites. La aceptación de su dolorosa Pasión es la prueba definitiva de su amor. Al pensar en Él, y en su doloroso martirio – si el corazón no está demasiado enfermo e insensibilizado – se produce una conmoción interior, un verdadero enternecimiento del ser y la posibilidad de una auténtica conversión. Se han producido esas situaciones, con frecuencia, en la historia del cristianismo. Podemos recordarlas, protagonizadas por hombres y mujeres, como San Pablo Apóstol, San Agustín y el Beato Charles de Foucauld. La estructura espiritual y psicológica de todo ser humano deja abierta la posibilidad de ese saludable “enternecimiento”, a pesar de las aberraciones morales que, en la actualidad, lo deforman y afean. El testimonio de los santos es determinante en la vida de sus entornos familiares y sociales. El Evangelio, como Palabra anunciada y suministrada por el ministerio de la Iglesia, necesita expresarse en las vidas de sus heroicos testigos. La evangelización, para lograr toda su eficacia, requerirá la presencia conmovedora de los santos. El espectáculo de sus vidas “escondidas con Cristo en Dios” (Colosenses 3, 3) dará resonancia humana al Misterio de Cristo crucificado, hasta enternecer los corazones más endurecidos por el pecado.

4.- El segundo es semejante al primero. Jesús, afirmando la centralidad del primer mandamiento, localiza el segundo, absolutamente inseparable del primero: “El segundo es semejante al primero: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas”. (Mateo 22, 39-40) La visión que proyecta la enseñanza del Maestro divino propone una forma de concebir el desarrollo de la historia humana. La violencia, en sus variadas expresiones, se opone abiertamente al Evangelio. El primer mandamiento, así presentado, como perspectiva personal y social, es el mismo núcleo del testimonio cristiano. En él se produce una natural oscilación entre el anuncio y la denuncia. El Evangelio es la Buena Nueva, o la verdad novedosa, que sorprende a un mundo sumido en la desesperanza. El llamado a la conversión y su fundamentación, tema único de la predicación de Jesús: “Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca” (Mateo 3, 2), será también la exhortación formulada por Los Apóstoles y la Iglesia. Lo es hoy.