Domingo 28º durante el año – Ciclo A

15 de octubre de 2017

Mateo 22, 1-14

 

 

 

1.- La vida como banquete de bodas. Como es su hábito, Jesús aplica el lenguaje de las parábolas al misterio de las relaciones de Dios con los hombres. La historia humana – crónica de vida de las personas y de los pueblos – es presentada como banquete de bodas e incluye dos movimientos inseparables: 1) La invitación de Dios, el “Padre de nuestra vida”; 2) nuestra respuesta de acogida o rechazo. El Señor hace una pintura viva, hasta dramática, de la sociedad en la que también nosotros estamos insertos. En aquellas circunstancias sus palabras resonaron como un reproche extremadamente severo. La gentil invitación del rey no es tomada en serio por quienes fueron los primeros en ser convocados. Aquel no es un simple agasajo. La boda del Hijo del Rey es un acontecimiento que interesa existencialmente a los invitados. Es entonces cuando se produce la comunión de vida entre Dios y sus criaturas. Desairarlo es rechazar la vida y optar irresponsablemente por la muerte.

2.- La trascendencia del convite y la gravedad del rechazo. El castigo decidido por el rey expresa la trascendencia del simbólico convite y la malignidad del rechazo: “Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para que acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad”. (Mateo 22, 7). Es desafortunado oír sin atender la enseñanza del Hijo de Dios. La utilización de nuestro lenguaje trae la carga de su verdad indeformable y, por lo mismo, definitiva. No se nos exige inventar y formular lo que Él mismo ya ha formulado. Nos queda aprenderlo con la humildad del niño y del sabio. A éstos no se les ocurre recrear lo que está creado, ni modificar lo que se impone a su mirada sana o a su lenguaje balbuciente. Los responsable de la “cosa pública” – o república – necesitan la ternura del niño y la capacidad discernitiva del sabio. La virtud que caracteriza a ambos es la humildad. Últimamente me ha sorprendido que lo mencionara un joven comentarista político. “Por aquí vamos bien”, me dije. Si los mayores responsables de nuestra sociedad así lo entienden, el camino hacia la solución de los problemas, que hoy nos acucian, hallarán la solución adecuada. Sin duda, el mensaje evangélico, y la forma parabólica escogida por Jesús, reclaman abandonar el encierro litúrgico de nuestros templos y ocupar un sitio en el mundo, entre los hombres y sus vitales enigmas.

3.- La universalización del llamado. En el mismo ambón, donde se anuncia la Palabra, se debe utilizar la lengua de los hombres – como lo hacía el Maestro divino – y responder a los agobiantes interrogantes que, en la actualidad, son formulados por los miembros más sensibles de la comunidad. Es un desafío que, ineludiblemente, el ministerio de la Iglesia debe aceptar. De otra manera su actividad docente aparecerá como extemporánea. En consecuencia no se entenderá su mensaje y, en el mejor de los casos, se le concederá un lugar formal, en la vida social, hasta puramente decorativo. De allí la severa decisión del inflexible rey. En la aceptación o rechazo de la invitación real se juega todo, la misma vida. Corresponde a la situación confusa y necesitada de evangelización de nuestra actual sociedad. La nueva orden del rey apunta a otros convidados, dispuestos a responder a la misma invitación: “El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él. Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren”. (Mateo 22, 8-9). La universalización de la convocatoria comprende un cambio de situación, expresada en la experiencia peculiar de un pueblo humilde y pobre.

4.- La alegoría del traje. En el texto proclamado hoy, el simbolismo de la parábola profundiza el mensaje y lo presenta más cuestionador. La sala del banquete está colmada de los nuevos invitados. Por lo visto necesitaron cambiar y capacitarse para celebrarlo. Jesús utiliza la alegoría del traje adecuado para la fiesta: “Cuando el rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta”. (Mateo 22, 11). Parece que la informalidad ha inutilizado signos que, bien puestos, mantienen la validez de lo significado. La exagerada formalidad degenera en posturas engañosas, pero, la ausencia de signos causa el desconocimiento de los valores esenciales y de su necesaria absorción. Es verdad que “el hábito no hace al monje”, pero que, su total supresión lo torna invisible y extraño. La situación censurable de aquel comensal, sorprendido sin el traje adecuado, indica su grave indisposición para participar del banquete de bodas.