Domingo 27º durante el año – Ciclo A

8 de octubre de 2017

Mateo 21, 33-46

Mons. Domingo S. Castagna

Arzobispo emérito de Corrientes

1.- Porque es Amor Dios es fiel. La parábola es un mensaje directo y sin paliativos. Aquel pueblo, a pesar de la predilección que Dios le ha dispensado, presenta una historia dolorosa de desencuentros e infidelidades. Jesús no desaprovecha la ocasión para echárselo en cara. En lo sucesivo, sus discípulos se convertirán en “amigos”, en quienes debe destacarse la fidelidad. Para la visión teológica de Pablo, el Dios-Amor de Juan, es el Dios-Fiel. La fidelidad constituye el gran desafío de los auténticos creyentes. Lo abarca todo, se hace cargo de cada momento y, por lo mismo, inspira el orden personal y social. Por la fidelidad el amor triunfa sobre el odio y construye, en la verdad, el Reino anunciado e iniciado por Jesús. Sin el amor, las potencias nucleares se destruirán mutuamente y aniquilarán nuestro bello planeta. Pero ¿cómo lograr revertir los pasos hacia la destrucción, hoy peligrosamente anunciados?

2.- Cristo es la salvación del mundo. En Cristo Dios sigue interviniendo la historia de los hombres, maltratada por el erróneo uso que ellos hicieron de su libertad. Cristo sigue siendo la Salvación, la única posibilidad que dispone a su favor nuestro mundo, tumbado al borde del camino que conduce a la verdad, con la que debiera ordenar su vida. Cristo es el buen samaritano que se detiene – y compromete – para restaurar todas las cosas en el orden que encarna y anuncia. No lo arredra la ingratitud de estas generaciones incrédulas. Sigue curando heridas, alentando a los débiles y resucitando innumerables muertos. La confusión que prevalece en los intentos de restablecer la verdad y la justicia, indica las enormes necesidades espirituales que padecen hombres y mujeres, nucleados en sus frágiles instituciones. El mal también se extiende en células fundamentales, como la familia. El Magisterio de la Iglesia procura respuestas, bien fundadas en la fe, a través de enseñanzas de gran actualidad, como “Amoris Laetitia”. Es importante, particularmente entre los creyentes, no convertir tales enseñanzas en caldo de cultivo para el conflicto, capaz de desdibujar la unidad de los discípulos de Cristo y su credibilidad ante el mundo.

3.- La criminalidad de los viñadores. El mundo es la viña, cuyo cultivo Dios atiende con esmero, considerando, a los mismos hombres, viñadores confiables para trabajarla a sus órdenes, o conforme a sus directivas. La parábola es una descripción dramática de lo que ha ocurrido – y ocurre – en la mala atención de la viña del Señor. Es lamentable que los viñadores – su pueblo – traicionen al “Señor de la viña” y desoigan a los enviados, agrediéndolos hasta asesinarlos. La infidelidad y codicia de aquellos hombres llegan al extremo cruel de eliminar a su propio Hijo, con la loca ilusión de apoderarse de la viña. La interpretación de la parábola no necesita mayores recursos; sus conciudadanos lo entienden muy bien y se consideran directamente aludidos: “Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír estas parábolas, comprendieron que se refería a ellos. Entonces buscaron el modo de detenerlo, pero temían a la multitud, que lo consideraba un profeta”. (Mateo 21, 45-46). Cada ultraje y supresión de la vida de otro ser humano, desde el seno materno y la eutanasia, hasta la violencia de género y toda agresión física y psicológica, constituyen el asesinato del Hijo del Dueño de la viña.

4.- El cultivo de la viña de Dios. La prédica constante de la Iglesia, intensificada en la enseñanza del Papa Francisco, denuncia el desprecio por la vida humana – y su hábitat – expresado, de manera desaprensiva e irresponsable por la dirigencia de los pueblos. ¿Qué se puede hacer, además de orar? Promover el respeto irrestricto por la vida humana y la ecología, mediante proyectos de asistencia a las madres y de preservación del medio ambiente. La Encíclica “Laudato si” atrajo la adhesión de los más sensibles al tema ecológico que, por fortuna, logra imponerse en algunos sectores de la ciencia de la educación y de la política. De todos modos, el interés suscitado es insuficiente y no ha calado entre los innumerables indiferentes, que aún insisten en mantener muy estrechas las fronteras de la vida. La mezquindad, como ausencia de perspectivas para generaciones futuras, inspira casi un criminal descuido de la creación. Las amenazas norcoreanas y las réplicas de EEUU dejan al descubierto esa mezquindad. ¡Qué oportuna es la Palabra de Dios propuesta lúcidamente por la Iglesia!