Domingo 26º durante el año – Ciclo A

1 de octubre de 2017

Mateo 21, 28-32

 

 

1.- Las obras son la prueba del amor. Sus tradicionales enemigos – escribas y fariseos – son severamente reconvenidos por Jesús. Lo hace sobre la base de una comparación que expone al discernimiento de los mismos: “Un hombre tenía dos hijos y, dirigiéndose al primero, le dijo: Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña. Él respondió: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue. Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y éste le respondió: “Voy, Señor”, pero no fue. ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre? El primero, le respondieron”. (Mateo 21, 28-31). Las obras constituyen las pruebas del amor, no las lindas palabras. Nuestra respuesta a Dios es la obediencia. Nos movemos en un mundo declamador y poco ejecutivo. Es abrumador el estilo de los discursos pronunciados, con motivo de las próximas elecciones. Es difícil prestarles fe. La experiencia del pasado inmediato crea un estado de incredulidad que únicamente podrá ser superado por gobernantes y legisladores honestos.

2.- Jesús nos enseña a ser fieles. Las palabras, sin el aval del testimonio, son escuchadas con desconfianza; digamos lo mismo de proyectos políticos, expuestos a ciudadanos, quizás seducidos por una argumentación aparentemente perfecta. Jesús nos enseña a ser fieles a la voluntad del Padre, excluyendo algunas expresiones verbales, que conducen al engaño y a la desobediencia: “No son los que me dicen: “Señor, Señor”, los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo”. (Mateo 7, 21). Todos los hombres y mujeres necesitamos encontrar el sendero de la fidelidad, sea cual fuere la fe o la ideología que profesemos. Es triste y desafortunado el destino de quienes llegan al fin de sus vidas contrariando la Ley de Dios o el dictamen de su recta conciencia. Desde la fe es urgente que nos esforcemos por hacer llegar a todos el llamado evangélico a la fidelidad. Incluye una humilde orientación existencial a Dios, que será determinante en el momento de la muerte. La prédica de la Iglesia lleva al encuentro con Dios, en Cristo. Trasciende la práctica formal del culto, sin excluirlo como forma eficaz, establecida por el mismo Jesús, para que el abrazo paterno de Dios alcance a quienes luchan por mantener la orientación existencial mencionada. El interés principal de Jesús se manifiesta en el empeño por hacer conocer y obedecer a su Padre. No confunde su misión divina, ni se deja tentar por el intento – de muchos de sus seguidores – de constituirlo en líder político. En diversas ocasiones, lo expresa abiertamente: “No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí”. (Juan 14, 1)

3.- El combate diario por la fidelidad. Nuestra misión temporal, como creyentes, quedaría insatisfecha, si no incluyéramos un llamado insistente a obedecer al Padre. Se esperará de nosotros el testimonio de que Dios es Padre para que el mundo, al conocerlo, logre relacionarse con Él. No hay otra forma. Muchos cristianos desmienten, con su anti testimonio, el mandato recibido de Jesús resucitado el día de la Ascensión. Si no amamos a los hombres, incluso a quienes “nos maldicen y calumnian”, no podremos ser testigos de Dios para ellos. Cuando nos reunimos para proclamar la Palabra, nos exponemos a su dulce requerimiento. Nuestra vida y comportamiento de creyentes son objeto de examen, hasta suavemente querellados por Quien es la Palabra encarnada. Cada domingo nos examinamos y, como miembros de la Iglesia, renovamos – o iniciamos – nuestra conversión, para relanzarnos al combate cotidiano por la fidelidad a Cristo, el Dios que hace suya nuestra humanidad y así se constituye en nuestro Redentor.

4.- Despertar el deseo de ser fieles a la verdad. Existe un cansancio generalizado ente el discurso hueco y las promesas incumplidas. La fe conduce a la práctica de la verdad, no a su simple enunciado. “Hacer la voluntad del Padre” es la sustancia de la exhortación de Jesús a quien quiera escucharlo. Es oportuno trasladar este llamado del Señor a la cotidianidad, aun cuando la fe religiosa no encuentre su lugar en la vida de muchos ciudadanos. El primer esfuerzo evangelizador de la Iglesia, y de cada cristiano, es despertar el deseo de ser fieles a la verdad. No se entiende una “verdad” a la medida de ocasionales inventores. La verdad es don de Dios, hasta identificarse con Él mismo: “Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios”. (Juan 1, 1).